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lunes, 1 de julio de 2013

Fernanda Kubbs: “No he llegado a la perfección del cuento dentro del cuento”

Cristina Fernández Cubas, ahora con un falso seudónimo tras el que no esconde su identidad, Fernanda Kubbs, publica la novela La puerta entreabierta, un libro que se adentra en el mismo mundo maravilloso pero visto con otra mirada; un libro, también, en el que ya no busca un equilibrio entre lo cotidiano y lo desconocido, sino en el que abre de par en par esa puerta entreabierta hasta ahora en su obra anterior.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

La autora, sin embargo, no abandona su línea anterior, sino que crea otra paralela; es decir, Cristina y Fernanda buscarán lectores comunes y otros propios. De hecho, no sabe si su próximo título será novela o serán cuentos. Solo sabe que, por primera vez en su vida, tiene un doble plan y una vida paralela. Eso sí, sin abandonar la literatura.

—Cristina Fernández Cubas ahora es Fernanda Kubbs, un falso seudónimo que no encubre su personalidad. ¿Qué nos aporta Fernanda que no tenía Cristina?

—En realidad, Fernanda y Cristina, y perdón que hable en tercera persona, que me parece horroroso, es el mismo mundo, y por eso decidí llamarme Fernanda Kubbs, para no despistar a mis lectores. Es el mismo mundo pero lo que es distinto es la mirada y el registro.

Es decir, hasta ahora, firmando con mi verdadero nombre, Cristina Fernández Cubas, siempre yo buscaba un equilibrio entre el mundo de la cotidianeidad y lo desconocido, que se filtraba a través de una grieta. Pero ahora es que ya he decidido, por lo menos en esta línea paralela que me he inventado, atravesar esta puerta entreabierta, o sea, abrirla del todo. Por eso he querido llamarme Fernanda Kubbs, que es muy parecido.

—Tomó esta decisión cuando atravesaba un mal momento y “escribir le inducía a la tristeza”. ¿Es terapéutica esta decisión de desdoblarse?

—Pues, bueno, yo no lo hice con idea de terapia, ni mucho menos, pero en el fondo lo ha sido. Es decir, de alguna manera, de repente encontré un tema y una historia que me devolvían las ganas de escribir. Pues entonces, ateniéndonos a los resultados, pues sí, ha resultado terapéutico, pero no era mi idea curarme por la escritura, ni mucho menos.

—Con esta novela se lo ha pasado en grande y además contiene registros muy distintos a sus obras anteriores.

—Digamos que el mundo se parece, pero se da este salto entre lo cotidiano y lo desconocido de alguna manera como sucede en los sueños, que de repente estamos en un lugar en que todo es distinto pero seguimos reaccionando con nuestra lógica. Pues es un poco lo que ocurre aquí. En efecto, tienes toda la razón, me lo he pasado en grande. No sé si se nota. Espero que sí.

—Este mundo de sueños que describe en su novela lo califica como una escritura mucho “más fresca y más adolescente”. Incluso recupera canciones e historias de la niñez.

—Sí. Vamos a ver. Desde ya un estado adulto, no me hago niña, pero sí recupero lo que tenían de maravilloso aquellas leyendas, aquellos juegos de corros, de ruedas, aquellos cantos tan misteriosos, que muchos de ellos parecían como fórmulas mágicas, o sea, aquellas canciones de corro que no querían decir nada pero que rimaban. Pues sí, todo esto, ese extraño mundo desde el estado adulto, intento recuperar o lo he recuperado. Y me lo he pasado bien. Repitámoslo.

—¿No ha temido que en algún momento un lector despistado piense o diga: “¿Qué le ha pasado a esta mujer?”.

—Bueno, pues que se ha reinventado, y que además no abandono mi línea anterior, hago una línea paralela. Los lectores pueden decir lo que quieran. El lector es libre. Esto para empezar. Yo creo que Fernanda Kubbs puede ganarse sus lectores. Y también me gustaría que los míos de toda la vida probasen la aventura de Fernanda Kubbs. Que coincidan o no, el lector ya es libre para pensar.

—El título La puerta entreabierta se remonta a una conferencia sobre literatura fantástica de hace unos años, cuyo contenido se lo ha saltado ahora.

—No. Porque, claro, La puerta entreabierta fue la inauguración de unos cursos de un seminario sobre literatura fantástica que a mí se me encargó inaugurarlo, digamos. Entonces, yo hablaba de lo que consideraba que era literatura fantástica o de incursiones en lo fantástico, y la titulé La puerta entreabierta, pero realmente yo hablaba de lo que había escrito entonces, ese estado fronterizo entre lo cotidiano y lo extraordinario y lo que desconocemos.

Y aquí me he saltado todas las reglas a la torera. Bueno, no eran reglas, pero todo lo que dije a la torera, me sigue pareciendo que es la puerta entreabierta. Y sigo hablando de fronteras, aunque las fronteras aquí tienen un significado más profundo.

—Crucigramista aficionada, a mitad del relato fue inventando una falsa sopa de letras. Las palabras son vitales en su novela.

—Claro. La palabra es, en el fondo, la protagonista de mi novela. La palabra en el justo centro de la novela gracias a la novela, gracias a este enigma contenido en una falsa sopa de letras, son las abracadabra que obran el prodigio, digamos. Hay un cuento que se llama El dueño de las palabras, que también lo explica. Están los anagramas. Mi amor a la palabra y la importancia que le doy a las palabras creo que queda clarísima en este libro, pero no quiero decir más. Tampoco quiero que el lector ya lo sepa todo.

—El juego de palabras y el traspasar a otra realidad paralela nos remite directamente a Lewis Carroll. ¿Es algo buscado?

—Francamente, yo no lo pensaba para nada. Y si hay alguien en el que yo pensaba, que además queda clarísimo porque queda citado ahí, es el flautista de Hamelín, cuando hago un Hamelín en vez de ratas con palabras, pero no.

De todas maneras, siempre lo digo, todos estos cuentos, aunque forman parte de nuestro bagaje cultural, era un poco la idea de recuperar ese mundo, pero yo no pensé de una forma explícita en Carroll ni muchísimo menos. Que esté o no esté, también puedo decir que pude haber pensado en Pulgarcito, por ejemplo, o en Gulliver.

—El libro es también una novela llena de cuentos, en clara referencia a Las mil y una noches y Manuscrito encontrado en Zaragoza.

—Me encantan.

—Pero no lo son exactamente. Estos son como cajas chinas. Su libro es diferente.

—Es diferente. No he llegado a esa perfección del cuento dentro del cuento. Ni tampoco lo he pretendido. Aunque es una historia en la que sí hay un hilo y el hilo de esta historia, los personajes, que son todos muy habladores, pues van contando historias reales y otras que no tienen que ver con lo que ahí se trata.

No son historias que no vengan a cuento. Tienen que ver. Sin ser esta especie de caja china. No lo es. Van contando historias que quizás enriquezcan o interrumpan la trama principal, pero no están dentro. Ni era esa mi intención.

—A la protagonista, Isa, la volveremos a encontrar en otra aventura. Tiene pensado escribir una serie, sabe dónde ocurrirá, pero poco más.

—Tengo la idea de que quiero volver a ella y tengo el escenario de donde creo que va a suceder, pero no solamente ella. Hay algunos personajes de esta novela que me han caído muy bien, y de convivir con ellos les tengo cariño y los quiero rescatar también.

—Su próximo libro, sin embargo, no será novela, sino cuentos. Vuelve Cristina Fernández Cubas.

—Eso es lo que dije, pero no estoy segura. En estos momentos, no estoy nada segura. Será en todo caso una línea paralela. Y además no lo sé. Ya se verá. Pero sí que, por primera vez en mi vida, tengo un plan doble, digamos.

—Le gusta el libro como objeto. Nunca se ha bajado nada en internet y no comparte la filosofía del todo gratis. ¿Fernanda aquí sí opina igual que Cristina?

—Bueno, Fernanda es una recién nacida. No sabemos mucho de Fernanda. Pero yo supongo que sí. En el fondo, las dos son muy parecidas y simplemente se parecen tanto, y me molesta hablar en tercera persona, pero es una línea. Todo es para no despistar al lector y no despistarme a mí misma, que yo cuando me he puesto a escribir La puerta entreabierta, yo sabía que dejaría volar mi imaginación.

Publicado en el diario Córdoba el 15 de junio de 2013

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viernes, 14 de junio de 2013

Alfonso Guerra: “No creo que Felipe González pudiera pensar que yo le hiciera sombra”

Alfonso Guerra, diputado socialista y presidente de la Fundación Pablo Iglesias, publica Una página difícil de arrancar, tercer tomo de memorias que complementa a los dos títulos anteriores: Cuando el tiempo nos alcanza y Dejando atrás los vientos. Con este libro no busca un ajuste de cuentas, sino desnudar el alma. Pero cuando apunta con la pluma, acierta a dar.

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Acusa a Garzón de querer cobrar dinero negro, incluso de pretender eclipsar a Felipe González. No cree que Aznar vuelva a gobernar o “deseo no creérmelo”. Cuenta que en 1991, cuando era vicepresidente del Gobierno, Felipe González le engañó, aunque le ha unido a él una mistad intensa.

Y es crítico con el Gobierno de Mariano Rajoy, de quien dice que está dando marcha atrás en todo y va a dejar a España desolada. No sabe con certeza si hay dentro del PSOE una corriente que se pueda denominar guerrismo, pero advierte: “Ahora, parece que guerristas hay”. Y duda que José Bono y él hayan militado en la misma fuerza política, porque “yo no milité en el partido cardenalicio”.

—¿Escribió este libro porque hay páginas que no se pueden arrancar de una vida o en toda memoria siempre hay la necesidad de hacer un ajuste de cuentas, un reajuste del propio perfil, incluso la necesidad sincera de desnudar el alma?

—Ajuste de cuentas, no. Desnudar el alma, sí. Buscar la hondura del alma descendiendo unos escalones en el infierno, sí. Yo quería contar la verdad porque muchos me lo han pedido y he estado cinco años dudando de hacerlo. Al final, decidí hacerlo, las escribí en dos años y ha quedado el relato de mi vida de los últimos 20 años contados de una manera veraz.

—Le operaron de cáncer de próstata y no nos enteramos. ¿Ha dejado de ser noticia o todavía le gustar preservar su intimidad?

—Yo respeto lo que hacen los demás, pero no entiendo que se pueda dar una rueda de prensa para hablar de un cáncer. No lo entiendo. Y como yo no lo entiendo, no lo hago. Yo lo hice lo más prudentemente posible. Además, yo creo que, cuando uno está en el hospital, yo no quiero recibir visitas. Lo bueno me gusta compartirlo. Lo malo no me gusta compartirlo.

—¿Siempre le gustó ir a contracorriente o la vida no le dejó otra opción?

—A mí no me gusta colocarme en la ola donde se pone todo el mundo. Me gusta meterme por debajo de la ola y analizarlo, distanciarme. Más que contracorriente, es no con la corriente.

—Como usted dice, la derecha se refundó en 1989 y se refunda cada quince años para que los bancos les borren las cuentas. Con la crisis financiera que atravesamos, ¿también el PSOE es rehén de los bancos?

—No. El PSOE tiene deudas pero las paga religiosamente, cosa que no es exactamente igual en otros partidos, pero siempre las paga y las pagará. Y no es prisionero de nadie.

—Usted no es enemigo de la religión. Partidario, tampoco. ¿No le parece un retroceso que los estudiantes tengan que volver a examinarse de Religión?

—Me parece verdaderamente un retroceso tan grave que replantea muchas cosas, porque el acuerdo que logramos en el artículo 27 de la Constitución está siendo violado por el Gobierno del señor Mariano Rajoy en beneficio del señor Rouco.

—¿Hasta dónde alcanza el poder de la Iglesia que ni siquiera cuando usted era vicepresidente pudieron derogar el Concordato o acuerdos posteriores con la Santa Sede?

—Bueno, no hay Concordato con la Santa Sede. Lo que hay son tres acuerdos que se firmaron en el año 79 por el gobierno de UCD, y nosotros, cuando llegamos al Gobierno, teníamos tal cantidad de cosas y perentoriedad a que acudir que no hubiéramos sido razonables si no hubiéramos entrado en eso. Pero las relaciones fueron unas relaciones correctas y exigentes.

Yo era el presidente de la Comisión Iglesia-Estado y, desde el primer día, dije: “Si ustedes necesitan ayuda económica para monjas que no tienen Seguridad Social, te lo firmo ya. Si necesitan ayuda para altares en los aeropuertos, en los hospitales, no hay dinero”. Y nos entendíamos porque hablábamos con claridad.

—He leído estos días que ya no quiere imponer sus ideas a nadie, pero en otros años tenía fama de actuar con mano de hierro.

—Yo nunca impuse mis ideas a nadie. Yo soy un relativista. Yo tengo convicciones, pero no las quiero imponer a nadie. Cada uno tiene libertad, la clase de libertad que encuentre, y hace bien. Siempre digo que el tesoro más importante que tenemos es la libertad interior, el criterio propio. Y si yo quiero tener criterio, por qué le voy a negar tener criterio propio a los demás.

—Se ve poco con Felipe. A él igual no le gusta su libro.

—¿Por qué? Si a lo mejor no lo ha leído (ríe).

—¿Tan poco quedó de la amistad de aquellos años?

—En la amistad, desde mi punto de vista, todo. Yo no sé por qué la política tiene que arruinar la amistad. Yo nunca negaré la amistad a Felipe González. Ha sido y es un amigo muy íntimo, muy intenso.

—Viéndolo ahora con perspectiva, nadie hubiera pensado que aquel tándem perfecto acabara como el rosario de la aurora. ¿Tenía Felipe celos de que su sombra fuera tan alargada?

—No creo. No lo creo. Felipe González era una personalidad muy fuerte. El mejor presidente que ha tenido España en la democracia. No creo que pudiera pensar que yo le hiciera sombra a él. Hombre, tan brillante que no creo que tuviera problema de celos con nadie. Yo nunca tuve aspiraciones de ser el número uno.

—Felipe vive a todo tren y rodeado de millonarios. Usted dice: “A mí el abrazo del dinero no me va a coger”. Alguna fisura tendrá.

—Hombre, yo tengo un defecto que no va bien para la vida política, pero que es bueno. Tengo un cierto orgullo, es decir, que yo no voy adonde no me quieren. Yo no hago hipocresía. Entonces, ese orgullo en política es malo. Es contraproducente para el que quiere escalar puestos, pero a mí me da igual.

—¿Al final, quienes se autodenominaban “renovadores” se apoderaron del partido?

—De una parte importante, sí.

—¿Detrás del guerrismo había un hombre o también una corriente, una manera de entender el socialismo?

—El otro día dije que no había guerrismo, que no había guerritas, y he tenido una avalancha de gente llamándome, diciendo: “Sí, yo soy guerrista”. Entonces, me cuesta ahora trabajo decir que no hay guerristas. Digamos que no hay guerrismo, no ha habido una corriente nunca. Ahora, parece que guerristas hay.

—Muchas veces el responsable no tiene que ser quien se llama Guerra. Uno crea una escuela sin proponérselo.

—Claro, claro. A veces dejas huérfanos sin ser padre de ellos.

—Almunia, Maravall, Leguina, Solchaga, precipitaron su caída. ¿Era solo una visión distinta de la política o la ambición de controlar el poder en el partido?

—Bueno, aquello que llamaron ellos renovadores tenía cualquier cosa menos renovación. Era más quítate tú que me quiero poner yo, sin duda. Ese era el principio que los movía.

—Le recuerdo como el mejor mitinero que ha tenido este país.

—La gente piensa así, pero hay una persona a la que no le gustan mis mítines. Soy yo (ríe).

—Bueno, está bien. ¿Dónde aprendió a enardecer a las gentes?

—Yo tenía una ventaja sobre el resto de los políticos y es que yo había sido profesor y, sobre todo, había sido animador de cineclubs. Yo presentaba las películas todos los sábados y luego hacía un coloquio con la gente. Eso me daba una soltura que, cuando llega el momento de la democracia, yo puedo hablar con una soltura que los demás se ponen nerviosos, y yo, no me pongo nervioso. Y además había hecho teatro. Y todo eso te ayudaba a moverte en las tablas. Las tablas te sirven para eso y para un mitin.

—González, Aznar, Zapatero sufrieron el “síndrome de hybris”, no querían oír lo que no les resultaba grato. Dígame por qué buena parte de los políticos se presentan con un programa que saben que no van a cumplir. ¿Comienza ya ahí este síndrome a manifestarse?

—Bueno, hay políticos que, desde luego, tienen conciencia de eso. Pero otros, no. El caso más espectacular es el de Rajoy, que llega a decir que él no cumple con su programa porque él cumple con su deber. Cuando, en realidad, todo demócrata que sabe que el deber de un político es cumplir con su programa. No es otro. Pero en otros no se da eso.

—Garzón sale muy mal parado en su libro. Lo acusa de querer cobrar dinero negro, incluso de pretender eclipsar a Felipe González.

—Yo no le acuso. Yo cuento algo que él sabe que es verdad y que me he quedado corto.

—Dice también que su pretensión de vengarse de Rafael Vera le llevó a recuperar el expediente del caso GAL. ¿Por qué el Gobierno socialista entonces no fue más claro en la lucha contra ETA?

—El PSOE ha sido en la etapa de González y después en la etapa de Zapatero quien ha terminado con la violencia de ETA. Puede tener ese orgullo. El PSOE fue claro. Lo que pasa que, desde mi punto de vista, del terrorismo hay que hablar poco y actuar mucho.

—Aznar tampoco sale muy bien parado en sus memorias. Afirma que estuvo afectado por una “depresión política” que le paralizó en los primeros meses de su mandato. ¿Complejo ante Felipe?

—Puede ser. Eso es lo que yo cuento.

—Aznar dice que vuelve. ¿Usted se lo cree?

(Ríe). No me lo creo. Deseo no creérmelo. Las plagas de Egipto ya sucedieron. Fueron muy perjudiciales.

—Es solo una impresión, pero leo lo que escribe de Zapatero y me da la impresión que pertenecen a dos partidos diferentes.

—Pues no sé muy bien cómo lo conjuga, pero yo de Zapatero hablo de una primera legislatura muy bien y no hablo muy bien de una segunda legislatura.

—Tiene las memorias de José Bono en un cajón, sin mucha intención de leerlas.

—Sin ninguna.

—Les veo tan diferentes que me gustaría plantearle una pregunta absurda. ¿Militaron alguna vez en el mismo partido?

—Desde luego, yo no milité en el partido cardenalicio.

—Respecto a las autonomías, ¿por qué el PSOE nunca se ha definido con un proyecto claro más allá de esa España grande y unida y aquella otra corriente que opta por el independentismo?

—El PSOE fue muy claro hasta los años 90 donde hay la aparición de este socialismo nacionalista, que yo no lo entiendo. Para mí es incompatible socialismo nacionalista. En el año 90 es cuando aparece en Cataluña este principio que yo no comparto.

—Felipe le engañó por primera vez en el año 1991 cuando pactó con él la composición del nuevo Gobierno. ¿Le dolió o adivinó que aquello ya se acababa?

—No había ninguna necesidad de que me comprometiera a mí a formalizar un gobierno. Ninguna. No tenía por qué hacerlo. Pero una vez que lo hace, para qué lo hace si después hace otra cosa. Me pareció absurdo.

—Adolfo Suárez lo colma de elogios en su libro. Pero en aquel momento fueron muy duros con él.

—No, no. La historia que ha quedado en la prensa es que fue el PSOE que derrumbó a Suárez. A Suárez lo derriban sus barones.

—Como usted dice, con esta crisis “hemos pasado del siglo XXI al XVIII”. ¿No le asustan estos tiempos que vienen?

—Hombre, sí, lo que está pasando en el mundo es bastante grave para las generaciones futuras. Algo va a pasar, porque esto no se puede mantener eternamente. Cuando yo era joven, el abanico salarial de una empresa era de 1 a 25, máximo de 1 a 50. Ahora es de uno a mil. Estas injusticias algún día van a explotar por algún lado.

—Tardó dos años en escribir este libro y otros cinco estuvo “dando vueltas” si convenía publicarlo o no. ¿Tanto molesta en España la opinión ajena y la sinceridad?

—En España, el género de memorias no está apreciado. En Inglaterra es el género estrella. Aquí no está apreciado. La gente en seguida interpreta que esto es un ajuste de cuentas, que esto es para ponerse él bien. No. Las memorias es un género en el que uno cuenta la vida cómo la ha vivido. Y luego el historiador compara lo que cuenta uno con lo que cuenta el otro y saca sus conclusiones.

—Cuando usted llegó al Gobierno, dijo: “A España no la va a reconocer ni la madre que la parió”. Cuando Rajoy abandone el poder, ¿reconoceremos a la España que nos deje?

—Cuando yo dije aquello, después, efectivamente, España era muy diferente cuando el socialismo deja el poder. Ahora, con la llegada de Rajoy, está dando marcha atrás en todo y no la vamos a conocer, porque la van dejar desolada.

—Veo al PSOE despistado en estos tiempos de crisis. ¿Es una impresión o es que su partido no acaba de enterarse?

—Bueno, yo no represento hoy al partido. Soy diputado socialista, pero no estoy en la dirección, y no estoy en los debates que ellos tienen. Tendrán aciertos y desaciertos, pero no podría juzgar.

—Cuestiona los recortes que la Unión Europea impuso a Zapatero en mayo de 2010. ¿Usted hubiera dimitido y convocado elecciones?

—Sí. Yo lo hubiera hecho. Sí. Yo hubiera dicho: “Esto es lo que pide Europa y yo tengo otro proyecto. Decidan ustedes”.

—Se opone a las elecciones primarias y no le gustan las listas abiertas. ¿Pero las listas cerradas siguen siendo la solución?

—Mire, la sociedad camina en las dos direcciones. De primarias y de listas abiertas. Y lo harán. Y ya he abandonado cualquier lucha por defender otra cosa, porque lo van a hacer.

—Usted siempre amó la literatura. ¿Veremos cualquier día un libro suyo que no hable de política?

—Pues no lo creo, porque todo el mundo lo miraría con gafas políticas. Entonces, publicar un libro de poesía para que lo miren desde la política, no me parece interesante.

Publicado en el diario Córdoba el 9 de junio de 2013

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lunes, 10 de junio de 2013

Juan Cruz: “Sin los periodistas la realidad estaría mal contada y sin los editores los libros estarían mal hechos”

El periodista y escritor Juan Cruz Ruiz publica Especies en extinción. Memorias de un periodista que fue editor (Tusquets, 2013), un libro que iba a titularse Platos chinos pero que al final sucumbió al maleficio de la realidad. Es su libro más personal, donde narra cómo ha vivido estos últimos ocho años la crisis de estos dos oficios. La obra es también, más que unas memorias, una descarga de conciencia.

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Pese a estos tiempos de desencanto, piensa que los editores y los periodistas seguirán siendo necesarios. Por una razón evidente: “Sin los periodistas la realidad estaría mal contada y sin los editores los libros estarían mal hechos”. Cuando ya era director de la editorial Alfaguara, también pensaba en regresar un día a El País. Y lo hizo ya con 55 años.

Todo lo cuenta en este libro, un libro que narra, con el estilo de un periodista que lo hace con precisión y sentimiento, un tiempo que ha hemos pasado y vivido. Un tiempo mejor que el futuro que se adivina.

—Iba a titular el libro Platos chinos, por consejo de Pérez-Reverte y de Vicent, pero al final optó por Especies en extinción. ¿Le pareció un título más certero para hablar de un periodista que fue editor?

—Bueno, lo cierto es que el libro, en un principio, iba a ser sobre autores y mis relaciones con ellos. Entonces, Platos chinos, en función de lo que decía Vicent y Pérez-Reverte, era adecuado. Pero al ampliarse un poco al ámbito del periodismo y al ámbito editorial teniendo en cuenta las circunstancias que viven ambos oficios en este momento, hablando con el editor, con Juan Cerezo, yo le dije: “En realidad, estoy escribiendo acerca de especies en peligro de extinción”. Y él me dijo: “Ese podría ser el título. Especies en peligro de extinción”. Pero luego en la composición de la portada se quedaba un poco largo y se redujo a Especies en extinción.

—Me da la impresión de que este es su libro más intimista, más personal.

—Este es el libro más personal y más preocupado que yo he escrito. Un libro en el que he volcado, no sólo mis recuerdos, sino mi conciencia, mi estado de ánimo, cómo he vivido yo en estos últimos ocho años la crisis de los dos oficios, cómo he vivido también mi relación con los otros, no solo con los escritores, sino también con periodistas.

Y es más una descarga de conciencia que una memoria. De hecho, seguramente hay recuerdos que no son exactamente como ocurrieron, porque no he pretendido hacer un acta notarial. De hecho, esta mañana me llamó alguien que cito aquí, Manuel Rodríguez Rivero, para decirme que no es cierto que él hubiera querido ser director de Alfaguara cuando yo me fui. Si hubiera otra edición diría su versión. Ojalá la haya. Pero sí aprovecho esta conversación contigo para dejarlo dicho. Que es probable que no sólo este dato, sino otros, no respondan enteramente a lo que ocurrió, pero sí responden a lo que dentro de mi conciencia fue ocurriendo.

—Es cierto que el periodismo y el mundo editorial están en peligro, pero parece muy arriesgado, hoy por hoy, pensar que ambos mundos desaparecerán. Más lógico es pensar que cambiarán de piel.

—Yo creo que no van a desaparecer en absoluto. Primero, el editor será fundamental en los nuevos tiempos, a pesar de que ahora existe, digamos, la idea de que los autores sean sus propios editores. Yo creo que los editores seguirán siendo necesarios y, por supuesto, los periodistas. Sin los periodistas la realidad estaría mal contada y sin los editores los libros estarían mal hechos.

—¿Se llega a volcar la misma pasión en la edición que en el periodismo?

—Yo creo que son equivalentes. La pasión del periodismo dura lo que dura la historia que estás escribiendo, luego pasas a otra cosa. El editor tiene que tener una pasión más paciente, una pasión de largo plazo, porque el libro le viene y lo termina publicando otro después.

—Dice usted que se implicó demasiado, como editor, con los autores, y que hay que mantener cierta distancia entre autor y editor.

—Sí. Yo creo que es lógico que yo me haya implicado muy personalmente porque esa es mi manera de ser. Es imposible que yo me ocupe de algo sin que sea muy personalmente. Eso es, digamos, desde un punto de vista personal, adecuado. Desde el punto de vista del editor, yo creo que uno debe distanciarse más del trabajo que hace. Creo que uno de mis grandes defectos como editor es implicarme demasiado personalmente en la historia que estaba viviendo.

—Ha dicho usted que este libro está escrito también para mostrar sus arrepentimientos.

—Sí. Bueno, en el libro cuento algunos errores que cometí en el anterior. Igual que haría en el próximo si hubiera oportunidad, o si fuera preciso. Yo me crié en la cultura de El País, que nos obligaba a rectificar cada vez que cometiéramos un error, y yo creo también que personalmente uno debe pedir perdón cada vez que dice algo inadecuado.

—Cebrián le propuso ser editor y se fue a Alfaguara. Pero le costó abandonar la profesión. Eduardo San Martín le dijo: “También hay vida fuera de El País”. ¿La encontró? ¿O vivió pensando siempre en el regreso?

—Viví siempre pensando en el regreso. Eso es cierto. Nunca dejé de pensar que El País era mi sitio. Y de hecho, yo he contado alguna vez que yo nunca en ese tiempo dejé un solo día, por una razón u otra, de tener contacto directo con el periódico. Yo me sentía melancólicamente ligado a El País. Cometí, creo, un error garrafal, que fue querer volver al periódico cuando ya tenía 55 años, que es la edad en la que la mayor parte de la gente están pensando o en dejar el periódico o en dejar cualquier oficio, en esta época donde la gente es retirada tan pronto. Pero yo no me daba cuenta que tenía esa edad. Me di cuenta algún tiempo después.

—Lo que más le aturde sobre los vaticinios del periodismo son los estados de ánimo de los periodistas. Tal vez nunca muera, pero el oficio ya nunca será lo que fue.

—Yo creo que el oficio es imposible que regrese a ser lo que fue, en el sentido de que ahora es problemático ganar dinero con los periódicos. Muy problemático. También es problemático que las empresas inviertan en periodismo, con lo cual tendrá que aflorar una manera distinta de periodismo. Tendrá que haber un periodismo más equilibrado, digamos, entre internet y papel. Terminará ganando internet pero no desaparecerá el papel.

Especies en extinción le ha salido tremendamente realista porque es “un libro sobre el tiempo”.

—Sí. Es un libro sobre el tiempo que hemos pasado que, con claroscuros, parece inevitablemente mejor que el tiempo que viene. Probablemente esta es una visión distorsionada del tiempo. Porque, claro, el tiempo que viene, viene para mi nieto, viene para tus hijos, viene para mucha gente que seguramente verá el tiempo distinto que yo, con lo cual es una visión personal del tiempo.

Creo que mi tiempo de futuro es mucho más corto que mi tiempo de pasado. Este es un mundo delicado para nuestro oficio, sobre todo delicado para la gente que viva con nosotros. Vamos dejando un porvenir más oscuro que el que nosotros tuvimos.

—Ser editor era para usted cuidar de los escritores. “Me convertí en un intervencionista de sus ánimos”, ha dicho. ¿Tan frágiles se les ve de cerca?

—Bueno, a lo mejor no son frágiles, sino que yo los veía frágiles. A mí me apetecía ayudarles, estar con ellos habitualmente, darles buenas noticias. Yo creo que el editor es un hombre que da buenas noticias.

—La cultura española no gira en torno a la música, ni a los libros, ni al cine. ¿En torno a qué gira?

—Ahora mismo la cultura española tiene puesto el freno y la marcha atrás. Los gobiernos sucesivos han estado demasiado ocupados en otras cosas, han descuidado no solo la cultura sino la educación. Y la educación es la esencia de la cultura. Lamentablemente esto parece que tiene mal arreglo, porque la derecha siempre ha tenido una relación esquiva con la cultura, y en los últimos tiempos lo ha demostrado de manera demasiado fehaciente.

—Regresó a El País en 2005 a los 55 años. El periódico que encontró no fue el que dejó doce años atrás. ¿Se vislumbraba ya un futuro incierto, un ERE doloroso?

—No. Yo, cuando llegué al periódico, primero, se estaba eligiendo un nuevo director, había muchos proyectos. De hecho, hubo un rediseño. El director del periódico, que es un periodista muy capaz, tenía y tiene muchos proyectos de futuro. De pronto, la crisis económica y el hecho incontrovertible de que el papel ya no renta, por la publicidad y porque no se puede cobrar en internet de momento, crearon un enorme vacío para la prensa en general. Entonces, todo se ha tenido que reconducir, y el episodio del ERE fue quizás el más doloroso aviso de que estamos en otro tiempo muy difícil.

—¿La rapidez ha contribuido a matar el periodismo? En Latinoamérica se escriben ahora algunas crónicas de inmersión con unos resultados fantásticos. ¿Pasa todo por volver a hacer un periodismo más reposado?

—Yo creo que sí. Yo creo que el periodismo será en gran parte como se está haciendo en The Guardian, Le Monde, y en gran parte de El País. Mucho más de acontecimientos reposados, de crónicas reposadas, que de noticias inmediatas, que se quedarán en el ámbito de las webs.

—Publica ahora también Viaje a las Islas Canarias, un homenaje a su tierra.

—No solo es un homenaje. Es una declaración de amor a mi tierra. Cada vez que uno se va separando de ella, la quiere más. Desde lejos, no le ves ni los defectos.

Publicado en el diario Córdoba el 8 de junio de 2013

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sábado, 25 de mayo de 2013

Eugenio Fuentes: “Yo creo que es más fácil contar la guerra que pintarla”

Eugenio Fuentes (Montehermoso, Cáceres, 1958) publica Si mañana muero, su novela más ambiciosa, ambientada en los albores de la guerra civil española. En cualquier caso, a su autor no le gusta que se la etiquete como novela histórica o de guerra. Es, sobre todo, una historia de amor enmarcada en este conflicto bélico. El estallido de la guerra, como consecuencia, condicionará la actitud de los personajes.

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Durante más de veinte años, Fuentes ha estado dándole vueltas a la obra hasta encontrar las piezas que necesitaba para que la historia no se desmembrara. Y ha conseguido un relato bien escrito y bien construido. Este mismo año publica también el ensayo Literatura del dolor, poética de la bondad. En su próxima novela, en la que ya anda metido, volverá al género negro para rescatar a Ricardo Cupido, ese detective a quien tanto debe.

—¿Si mañana muero es su novela más ambiciosa?

—Sí. Es una novela en la que he estado metido, pensando en ella, durante más de veinte años, aunque la escritura se puede reducir al último año, en la que luego ya salió todo lo que había madurado durante tanto tiempo, pero es mi novela más ambiciosa.

—Como decía, llevaba veinte años dándole vueltas a esta historia. ¿Qué le inquietaba o qué piezas le faltaban para que no acometiera tal empresa hasta ahora?

—Pues que no solo sean posiblemente literarias, en el sentido de que no solo sean recursos estilísticos o de dominio del lenguaje, que puede que también. Si estás viendo que es un proyecto muy ambicioso, no quieres estropearlo por no saber utilizar bien las herramientas empleadas.

Posiblemente, también la edad. Yo creo que hay novelas que las he escrito con 30 años y las podría haber escrito con 45 o 50, o alguna novela de 50 la podría haber escrito también con 30. Pero yo creo que esta novela necesitaba un cierto reposo, una cierta madurez y una mínima sabiduría, si se me permite decirlo, para escribirla.

—En Si mañana muero da un giro significativo respecto a algunas novelas anteriores y abandona el género negro. ¿Necesitaba cambiar de registro, explorar nuevos territorios?

—No es tan brusco el cambio, porque las novelas policiacas del ciclo Cupido son las que más eco mediático han tenido, pero nunca he dejado de escribir otras obras. No es la primera obra narrativa, es la cuarta, que no trata el ciclo de Cupido. Por más que me lo planteo no hago distingos, por lo menos en cuanto a la escritura.

Me esfuerzo tanto para unas novelas como para otras. No desdeño nada que guarde para esta novela, no desprecio nada que tenga que utilizar en la otra, una sintaxis más simple o menos elaborada. No hago distingos. He escrito lo que en cada momento iba sintiendo, el deseo y la necesidad de escribir.

—La historia narrada en Si mañana muero se desarrolla en los albores de la guerra civil, pero no le gusta que califiquen su obra como novela histórica o novela de guerra.

—Es que yo creo que no es una novela filtrada, aunque sí hay una parte que sí describe algunas batallas, no es una novela que dictamine culpas, no es una novela sobre la guerra civil, no es un acta judicial que diga estos son los buenos y estos son los malos, y esto es lo que pasó. Yo no escribo desde la historia. No me atrevo a tanto.

Yo escribo desde la ficción, desde la libertad de la fábula. Entonces, es una historia de amor, pero sobre todo centrada en el personaje femenino, una mujer que logra sobrevivir con dignidad en unos tiempos horribles. Pero el marco no creo que sea lo más importante de esta novela.

—Pero el marco sí condiciona la actitud de los personajes.

—Sin ese marco bélico, no hubiera ocurrido nada de lo que hay aquí. Aquí se relata un doble pasmo. La primera extrañeza de los personajes, que de repente se ven metidos en una guerra. Y la segunda, la extrañeza de ver que eso no termina en una semana o dos, sino que se está convirtiendo en una contienda muy sangrienta y muy sucia. Y ese pasmo de muchos españoles de 1936 que descubrieron que con veinte años era normal morir siendo jóvenes. Y eso es lo que he intentado contar.

—Alguien dirá: “Otra novela sobre la guerra civil”. Como usted advierte, de alguna manera somos lo que fuimos.

—Pues sí. Es que lo de la guerra civil está ahí. Ojalá este país pudiera decir no ha existido nunca la guerra civil. Ojalá pudiéramos decir eso. Pero tenemos que cargar con ello. Y además está en e núcleo, en el corazón del siglo XX. La guerra civil es una charca dentro de la historia. Y podemos rodearla, podemos decir no ha ocurrido nada y ahí no hay nada. Pero hay momentos en los que tienes que pasar por el medio y ensuciarte los pies y mancharte con un poco de barro. Es inevitable. No se puede ocultar que la guerra civil está pendiente en los recuerdos familiares de varias generaciones que todavía convivimos con ese periodo histórico.

—Dice Rubén, su protagonista de la novela: “Es más fácil pintar la guerra que contarla”. ¿Usted también lo piensa?

—No. Yo creo que es más fácil contar la guerra que pintarla. Lo que pasa es que Rubén lo mira desde la perspectiva de los grandes maestros. La historia de la pintura está llena de cuadros bélicos. Hay muchos más pinturas dedicadas a batallas que a escenas de paz. Hay muchos más cuadros dedicados a tormentos de ángeles, santos y de mártires que a escenas campestres. Entonces, en ese sentido, él lo dice desde la pintura. Pero a mí me parece más difícil pintar la guerra que describirla.

—Los autores suelen incluir en sus novelas en los últimos años algunos elementos gráficos. Usted también lo ha hecho en esta obra. ¿Añade algún valor al texto?

—Está muy de moda lo gráfico, pero aquí no había otra manera, otra posibilidad de contarlo. El dibujo forma parte de una narración. Y no hay otra manera de contarlo que poniendo el dibujo.

Si mañana muero es una novela coral. Usted siempre ha prestado mucha atención a la definición de los personajes, incluso de los secundarios. Una preocupación que tampoco abandona aquí.

—Es que yo creo que una historia se le puede ocurrir a todo el mundo. Todo el mundo tenemos historias que contar, pero si no hay detrás unos personajes consistentes que sostengan esas anécdotas prodigiosas, yo creo que se derrumba todo. Mi gran esfuerzo es construir personajes, no solo contar una historia. Es un objetivo que nunca pierdo de vista.

—Un lenguaje muy cuidado y una estructura bien construida siguen siendo, después de todo, los pilares fundamentales de su obra.

—Sí. Igual que te decía lo de los personajes, el segundo elemento es el lenguaje. Sin lenguaje y sin cuidado por la palabra, lo que distingue un buen libro de otro es la precisión, la sintaxis, ese equilibrio tan difícil de conseguir que es la claridad expositiva con la complejidad sintáctica. La complejidad sintáctica te da pie a que no se te escapen matices que con otros recursos estilísticos más sencillos a lo mejor quedaban en el camino y conseguir el equilibrio entre ambas cualidades no resulta fácil.

—Este año ha publicado también el ensayo Literatura del dolor, poética de la bondad.

—Después de muchos años escribiendo y reflexionando sobre las relaciones entre los géneros literarios, lo que es la novela negra, si hay jerarquía de géneros o no, o de dónde surge la necesidad de escribir, desde el principio de los textos escritos, de la Biblia, pues inevitablemente iban surgiendo reflexiones que vas anotando entre cuadernos y sentí también necesidad de organizar todas esas ideas en un corpus teórico. Y ese es el ensayo.

Y distinguir las dos corrientes que nutren la literatura, que es la corriente poderosísima del dolor, y luego ese riachuelo que va en paralelo de caudal muy breve que es la literatura de la bondad. Si falta una de las dos, estaría incompleto el retrato del hombre que propone la literatura.

—¿Trabaja ya en su próxima novela?

—Sí. Estoy ya avanzando, estoy desbrozando el rostro de los personajes de una nueva novela de Cupido, que hacía ya algún tiempo que no estaba con él. Un personaje a quien le debo tanto.

Publicado en el diario Córdoba el 13 de mayo de 2013

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lunes, 20 de mayo de 2013

Rosa Regàs: “Soy más radical ahora que cuando tenía veinte años”

Hija de republicanos españoles, Arcadia vuelve a Barcelona en 1949, acompañada por su tía Inés, una viola y una maleta llena de recuerdos. Así comienza la novela que ahora publica Rosa Regàs (Barcelona, 1933), Música de cámara, con la que obtuvo el Premio Biblioteca Breve. La obra es una crítica a la posguerra y a la Transición y es asimismo la novela que menos le ha costado escribir.

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Está convencida de que vivimos una época trágica que, además, no tiene ningún respeto por el pasado. Por eso tal vez se considera una mujer comprometida: “Intento ser y soy más radical ahora que cuando tenía veinte años”. Dedica el libro a Carlos Barral, de quien dice que, si hubiese nacido en Inglaterra, “sería considerado uno de los grandes editores de todos los tiempos”. En 1994 publicó Azul, novela por la que recibió el Premio Nadal y en 2001, con La canción de Dorotea, obtuvo el Premio Planeta.

—Le hubiera gustado ganar el Premio Biblioteca Breve en un momento menos trágico. ¿A una historia de amor tan poderosa como la de esta novela no le sienta bien la realidad que vivimos?

—Me parece que una novela tiene autonomía sobre la realidad. Y yo quiero creer que no importa. Una novela es una novela. Tiene una realidad, que es la realidad física de las cosas que conocemos a nuestro alrededor, pero tiene una realidad literaria que está al margen de todo. Y en cuanto a la situación que le ha tocado vivir, la literatura tiene que vivir caiga donde caiga.

—Parte de su relato transcurre en plena transición, un periodo en el que, según usted, solo tiramos arena sobre las cenizas. Y no es la única escritora que lo dice. ¿Ha llegado el momento de revisar nuestra historia más reciente?

—En mi novela, de la transición hablan dos personajes, que son los dos protagonistas. Y la ven, podríamos decir, casi como la ven la mayoría de los españoles. Uno cree que no es perfecta, pero que es lo único que se pudo hacer, dados los poderes fácticos que había. Y el otro personaje cree que fue una ley de punto final, y que de repente dejó en la vía muerta a la república, que no fue más que una transición de la voluntad de Franco. Yo creo que la transición la tengo ya muy pensada. Y sé muy bien lo que creo. Pero en mi relato hay estas dos grandes maneras de verla.

—Comenzó a pergeñar esta novela en 2006, y dice que es la novela que menos le ha costado. ¿También es la más conseguida?

—Bueno, cuando escribimos, queremos que la novela que estamos escribiendo, que aprovecha toda la experiencia de lo que hemos escrito anteriormente, nos lleve un poco más allá de lo que pensábamos. Yo no sé si es la más conseguida, pero creo que hay algunas cosas que en otras novelas me habían costado y en cambio aquí he logrado sacarlas. La verdad es que no lo sé.

—Dedica el libro a Carlos Barral, a quien usted tanto ama, y de quien dice que fue “una víctima de cómo el poder lucha contra la memoria y la inteligencia”.

—Estoy convencida de que vivimos en una época trágica por muchas razones y por otras menores, pero que no tiene ningún respeto al pasado, ninguno. Los niños de hoy no saben quiénes eran los escritores, los músicos, de la república o de la dictadura de Primo de Rivera. Carlos Barral, si hubiese nacido en Inglaterra, sería considerado uno de los grandes editores de todos los tiempos.

—Para usted, la militancia del intelectual en tiempos convulsos es necesaria. ¿Aprendió de esos compromisos con Barral, García Hortelano, Gil de Biedma?

—Por supuesto. Lo aprendí de ellos y de muchos más. Lo aprendí, incluso, y no soy católica, de un sacerdote de mi escuela, que no se trataba entonces de compromiso político sino de compromiso social. Por ejemplo, una de las cosas que nos decía es que no hay libertad sin libertad económica. Que para unas chicas que vivíamos en un colegio en aquel momento era muy extraño. Nadie hablaba de esta manera.

También me enseñó a ser comprometida socialmente. Y luego aprendí a ser comprometida políticamente. Y con los años mi compromiso se ha hecho cada vez más fuerte. Intento ser y soy más radical ahora que cuando tenía veinte años.

—En 2006 dimitió como directora de la Biblioteca Nacional por estar harta de algún personaje público y no tanto de la gestión. ¿No piensa que los intelectuales deberían acceder a esos cargos que en ocasiones los ocupan técnicos que tal vez no están a la altura?

—Bueno, en primer lugar, yo no tuve ningún encontronazo con el ministro. Hubo unos robos. Él me hizo responsable de estos robos. Y yo no creo que fuera responsable. Los robos suceden en todas las bibliotecas del mundo, en todos los bancos del mundo, y en todas partes. Y nadie ha hecho nunca responsables a los directores. Pero estábamos en desacuerdo profundamente no solo en esto, sino que me obligó a dar la noticia a la prensa. Entonces yo dije que la noticia no la daba a la prensa porque el ladrón huiría. Sabíamos muy bien quién era el ladrón. Se trataba de cogerlo in fraganti. Y dimití. No pasó nada más.

Entonces, yo creo que incluso los técnicos pueden estar comprometidos. La persona, sea técnico o no sea bibliotecario, lo que tiene que hacer es abrir la biblioteca para que todo el mundo entre. Este es el tipo de compromiso que se pide. Esto va implícito en el compromiso profesional de saber qué es lo que tenemos que regir. Yo creo que un técnico puede ser tan comprometido como un profesional.

—Los pueblos que han sufrido, como el nuestro, el paso de una dictadura militar, necesitan cien años para cerrar sus heridas. ¿Tanto tiempo nos queda todavía para que el dolor de nuestra historia no nos pese tanto?

—Kapuscinski decía que un país que ha estado en dictadura necesita cien años para volver a la realidad. Si esto es así, nosotros necesitamos mucho más. Porque nosotros hemos estado en dictadura desde siempre. Hemos tenido monarquías absolutas desde siempre. Esto no es Inglaterra, que tiene democracia desde el siglo XIII. Ni es Francia, que la tiene desde el siglo XVIII. Nosotros, no. Hemos tenido un año con la primera república, cinco años con la segunda república, y treinta años ahora. Si lo que dice Kapuscinski es verdad, entonces nos queda muchísimo más.

—Volviendo a la novela, su directora editorial, Elena Ramírez, dice de ella que tiene una arquitectura literaria compleja y que el ritmo está muy bien llevado. ¿La estructura y el lenguaje son elementos suficientes en una novela?

—Yo creo que el estilo, la voz, el argumento, la situación, la manera de explicarlo. Todo esto se une. Entonces estructura la novela. Todo importa. Una novela con un estilo perfecto pero que no te cuente nada no te interesa.

—“Arcadia no soy yo”. La novela no es autobiográfica, pero creo que ha dejado en sus páginas demasiado de usted.

—Yo he hecho esta novela con lo que cada escritor hace una novela, que es con la experiencia y con la memoria. Y no tengo nada más. Entonces, a partir a ahí, mi imaginación y mi fantasía han manipulado todos estos datos. Los ha manipulado hasta convertir esta historia en una historia autónoma e independiente de la realidad en la que se basa. Yo creo que el escritor pone todo lo que es dentro de una novela, pero recibe mucho a cambio.

—La suya es una poderosa historia de amor y desamor. ¿Cómo cree que es el amor en tiempos de crisis?

—Con una dificultad añadida, pero nada más. Yo creo que el tiempo de crisis o el tiempo de bonanza ayudan o desayudan al amor. Porque el amor depende de muchas cosas. Depende de la educación que hemos recibido, del ambiente en que vivimos, de la situación económica que tenemos, de lo ambiciosos que somos, etcétera. A todo esto en tiempo de crisis se le añade una dificultad más. Pero nada más.

Publicado en el diario Córdoba el 13 de mayo de 2013

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martes, 14 de mayo de 2013

Betina González: “No existe la posibilidad de romper para construir algo”

Betina González (Buenos Aires, 1972) publica Las poseídas, novela con la que obtuvo el VIII Premio Tusquets, donde desentraña el choque entre el mundo de los jóvenes y de los adultos, y como telón de fondo la sensación de pérdida que envuelve el aire después de una dictadura militar. La autora ha escritora la novela que un día quiso leer, donde plasma “lo maravilloso y lo terrible que es ser una chica de 16 años”.

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Las poseídas es una novela hiperbólica, envuelta en un ambiente sombrío, una historia bien cerrada y bien escrita que apunta hacia donde quiere ir su autora en sus próximos libros. Ahora reescribe su tesis doctoral, La conspiración de la forma, que publicará próximamente con otro título y que acerca al lector a textos menores del siglo XIX latinoamericano.

Betina González es doctora en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburg y es profesora en la Universidad de Buenos Aires. Su primera novela se titula Arte menor, con la que obtuvo en 2006 el Premio Clarín.

—Es usted la primera mujer que gana el Premio Tusquets de novela. ¿Ya está bien de tanto hombre?

(Ríe). La verdad, yo no me había dado cuenta que era la primera mujer. No era lo que había mirado. Después me lo hicieron notar. Sí, es notable, pero también es un premio que solo tienen ocho ganadores. Podría haber sido yo o podría haber sido otra. Podría haber ocurrido antes.

—Como dijo Beatriz de Moura, su libro es la recreación del despertar sexual de la adolescencia pero también la actitud desafiante ante la herencia de los adultos. Y usted ha dicho: “El mundo de los adultos es el mundo de la decepción”.

—¿He dicho eso? No me acuerdo. En la novela es doble la decepción. Como en cualquier novela de iniciación, está este choque entre el joven y el adulto, ese momento en que descubrimos que el mundo del adulto es una farsa porque siempre gana el mal. Pero aquí se junta con el trasfondo político. Entonces, la decepción es doble.

Porque es un momento, la transición entre la dictadura y la democracia, pero también, verdaderamente, para estas chicas, de hacerse conscientes de que no hay mucha esperanza por la lucha o por un cambio. Querrían oponerse a eso pero tienen la conciencia de que todos fueron diezmados, los jóvenes de los 70 que eran los que tenían un proyecto colectivo.

—He leído que la suya era una novela sobre la dictadura pero, después de haberla leído, creo que no lo es. Sí hay un ambiente sombrío, oscuro, que delata que proviene de ahí.

—Me gusta que resaltes eso, porque no es una novela de la dictadura. Y eso también tiene que ver con mi camino como escritora. Me di cuenta de que funcionaba mejor, era más potente, conservarlo en el fondo de la novela y componer como uno o dos detalles significativos de la época, que narrar eso con fechas, nombres, como ya se hizo. Se hizo mucho. Le daba a la novela un espesor y una oscuridad muy propios que conectaban con otras oscuridades de la novela.

—Y con esa oscuridad de fondo, usted describe el mundo de dos amigas atormentadas, extraviadas, en un colegio religioso de Buenos Aires.

—Sí, bueno. Qué puedo decir de eso. ¿Atormentadas? Sí, una más que otra. La narradora, no tanto. Las dos extraviadas, sí. En distinta forma de construcción son personajes en los que quise plasmar lo maravilloso y lo terrible que es ser una chica de 16 años. Porque en esa época de la vida todo te pasa con todo.

Las emociones son muy fuertes y todo parece definitivo y melodramático. Por algo empieza con lo del suicidio. Pero los dos personajes están trabajados con esta idea del desdoblamiento del adolescente. Una que se siente poseída y la otra con el juego entre la primera y la tercera persona con esto de interiorizar la mirada de los otros, que es lo que pasa mucho en la adolescencia.

—La novela mezcla el género gótico y el policial, está escrita en primera persona y con un realismo “desenfocado”.

—Sí. ¿Qué quise decir con eso? Tiene que ver con el camino que yo hice como escritora. Mi primer libro, Arte menor, era una novela bastante clásica, convencional, muy realista, a mi juicio, ahora, demasiado. Y con el tiempo me fui dando cuenta que esa no es la estética que yo quería trabajar. Tenía que saber cómo escribir una novela así porque hay que saberlo para ponerse a otra cosa. Pero el problema es el realismo, que es un realismo que puede caer fácilmente en lo local, y eso no es una ganancia, es una pérdida.

Entonces, deliberadamente, Las poseídas tiene una estética, en el lenguaje, muy despojada, y lo que remite a lo local es poco. Las chicas hablan y hablan de manera despojada también, no producen la oralidad etnográfica de estos personajes deliberadamente. En ese sentido, no es una novela que uno pueda leer en clave realista, que está esperando que el lector crea exactamente que todo ocurrió así, en clave realista. Sí, de hecho, la novela es hiperbólica. Los procedimientos que usa están tomados del gótico. Es la exageración.

—Esta es la novela que hubiera querido leer a los 16 años. Escasean las novelas sobre adolescentes en la literatura en español. ¿Por qué?

—Es un tema descuidado. Hay más novelas de adolescentes varones. Los cuentos de Rodolfo Walsh, La ciudad y los perros de Vargas Llosa, aunque no es adolescencia, es un poquito después. Me parece que el mundo masculino ha sido más contado. No recuerdo ningún relato que específicamente ocurra en ese ámbito, en el ámbito de la escuela para chicas. Debe haber. Tal vez haya. No conozco todo.

Claro, se ha narrado lo femenino desde otros lugares pero, como novela de iniciación y de este modo, me parece que no lo había. Como lectura, de alguna forma, tenía siempre esta novela en la cabeza, pero cuando terminé de darme cuenta de esto, de que no había tantos relatos de ese mundo, decidí que igual me daba por escribirlo.

—Un intento de suicidio recorre todas las páginas del libro. Escribe usted: “Tener 16 años en aquella época era tener un corazón de piedra, había que salir a romperlo todo”.

—Bueno, se te endurece el corazón. Si tú convives con el horror todos los días, te levantas y hay noticias nuevas sobre los crímenes que cometieron en la dictadura, y estás todo el tiempo recibiendo esa realidad, no te queda otra, una sensación de bronca porque ya pasó y no pudiste hacer nada. La bronca pero también la posibilidad de frustración porque no existe, como te decía antes, la posibilidad de romper para construir algo, sino que parece que fuera imposible construir.

—Usted ha negado que la novela sea autobiográfica, pero yo pienso que no la hubiera escrito si no hubiese estado en un colegio católico y no hubiese dejado tanta huella personal en ella. No en los datos concretos, sino en esa sensación de angustia que envuelve el libro.

—Desde ese punto de vista hay una conexión con lo personal. Conocí ese mundo muy de adentro, lo podía narrar por eso. Pero también todas las instituciones católicas tienen cierta universalidad. En Estados Unidos yo estudié en una universidad un tiempo y es lo mismo. No es lo autobiográfico. Es la percepción de ese mundo. Yo creo que para ser escritor hay que tener un mundo y una mirada del mundo. Eso no se puede enseñar.

—Lo que más me gusta de su novela es el lenguaje, muy bien manejado, y una estructura bien cerrada.

—Es fundamental. Para que yo pueda disfrutar como lectora de un libro, tiene que haber trabajo con el lenguaje. Ese es mi problema con cierto realismo. Es decir, si tú apuestas a tener una novela donde tu narrador es primera persona pero lo estás haciendo de manera tan realista, tan casi etnográfica, que tienes al personaje como hablando durante páginas, te perdiste toda la posibilidad de trabajar con el lenguaje.

A no ser que sea un personaje muy refinado y entonces podrás hablar en metáforas o podrás citar a Nietszche o lo que sea, pero eso no va a ocurrir en general. Me aburre mucho ese tipo de libro. Y, como te digo, eso fue un camino. Esta novela está más cerca de la escritora que yo quiero ser. O sea, los próximos libros posiblemente sigan con esa estética despojada. El lenguaje es importantísimo, pero sin estructura no hay novela.

—Habla de influencias de Cortázar o García Márquez.

—Como lectora. Yo tenía 16 años y estaba leyendo a esos escritores y, digamos, eran el modelo del escritor latinoamericano, lo que yo tenía en la cabeza al leer a Cortázar o a García Márquez. Entonces, era más como una imagen de qué era ser escritor en América Latina y que era posible ser escritor en América Latina y ser reconocido y ser un escritor universal. Pero no son modelos concretos. Más la literatura norteamericana.

—¿No le interesa Sergio Olguín, también argentino y premio Tusquets?

—Bueno, solo leí esa novela, Oscura monótona sangre. Te la comes. Tiene una gran virtud, que te la quieres terminar. Desde el punto de vista de la estética, tiene ese realismo muy etnográfico, que es una estética que no comparto. Es de otra generación.

—Pronto publicará La conspiración de la forma, un estudio sobre textos menores del siglo XIX latinoamericano.

—Cambiará el título. Fue mi tesis. Cuando deje de viajar, tengo que volver a revisar ese manuscrito porque me están esperando los editores para que lo haga. ¿De qué se trataba? El siglo XIX latinoamericano es importantísimo pero siempre se estudió la novela. A mí me encanta el siglo XIX de todas partes. Trabajé con que sería como una literatura moral: el teatro y la fábula. Más que la fábula, los textos que trabajan con el animal parlante. Trabajé en México, Argentina y Brasil, y me lo pasé muy bien leyendo a Machado de Asís, que es el mejor escritor latinoamericano del siglo XIX.

Publicado en el diario Córdoba el 9 de mayo de 2013

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domingo, 3 de febrero de 2013

Manuel Rivas: “El mejor momento de la escritura es cuando escuchas los murmullos de las voces que se acercan”

Manuel Rivas publica Las voces bajas, su novela más personal. Es además un libro autobiográfico y, como tal, es un cántico a la vida, pero también contiene su lado doloroso. Es un homenaje a su hermana María y a la gente corriente, a las voces bajas de la calle. En cierto, es el libro en el que más se ha mojado. Su novela anterior, Todo es silencio, pronto estará en cartelera, y no duda de que esa relación promiscua entre cine y novela ha dado resultados excelentes. Él mismo lo dice así: “La literatura ha sido acunada por el cine”. Autor, entre otras obras, de El lápiz del carpintero (1998) y Los libros arden mal (2006). Ha publicado sus cuentos reunidos bajo el título Lo más extraño.

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—Esta es su novela más personal, más íntima. ¿Por qué ahora este libro, en un mundo que, como escribe Juan Cruz, el sentimiento es un objeto envuelto en papel de plata que se arroja a la basura?

—Yo lo escribí cuando tenía que escribirlo. Uno lleva distintas cosas en la cabeza, distintos pájaros en la cabeza. Y el libro está muy sobrevolado por pájaros, por cierto. Pero yo no respondo, por lo menos en lo que es cronológicamente, a una especie de estrategia como escritor. Me ha pasado muchas veces estar trabajando en una novela y meterse un libro de poemas ahí, poemas que incluso iba escribiendo a veces cuando estaba escribiendo la novela. Me arrastran los poemas. Aquí llega un momento en el que, como la fermentación, aflora y tenía que escribirla. Pero, por otra parte, te vienen ideas después de que el libro existe, que a priori no había reflexionado.

¿Y por qué este libro ahora? Puede haber motivos de fermentación personal. Uno va ya más allá de la mitad de la vida. Ritmos internos y necesidades también, incluso curativas a veces. Pero también tiene que ver con los tiempos que vivimos. Es un libro que tiene que ver mucho con el mundo de Las espigadoras de Millet, gente que está recogiendo lo esencial, digamos. Ahora lo pienso.

Viví como un proceso de reciclaje en el libro. La memoria depositada en la playa. Vas por el litoral y todos los días vas a ver qué echó el mar. Porque el mar además es un productor de signos. Aquí un poco lo que hice fue andar espigando, después de tener una sensación como de exceso y de despilfarro del lenguaje, de vivir una época de mucha grasa. Este es un libro de reciclaje, de la memoria en este tiempo, una respuesta de las cosas que uno ha visto. Les da la condición de necesarias en la vida. Porque al final aquí lo más necesario que hay son las historias, los cuentos.

Todos somos protagonistas, en cierta forma, de las Mil y una noches. Necesitamos cuentos. Este es un tiempo de lucha contra la maquinaria pesada de la Historia, un periodo en que está muy presente todavía el tiempo totalitario. Pero las voces bajas no solo responden a eso, sino que a veces dicen: “Hala, la Historia, déjala ir”. Y se quedan con sus cuentos, con sus zapatos de la infancia.

—También es un libro autobiográfico, que tiene su parte de cántico a la vida pero también su lado doloroso.

—Yo pienso, por ejemplo, en el primer recuerdo que aparece, que es un recuerdo de imágenes, pero también un recuerdo en el que solo hay una frase. El primer recuerdo es el primer miedo y mi madre conjura ese miedo con una frase: “Pero, tontos, teníais miedo a los gigantes y cabezudos. Eran los Reyes Católicos”.

Esa frase a mí me parece que es una síntesis beckettiana, elaboradísima, cada vez que la pienso. De urdido, de urdimbre, del dolor, del miedo, viene la puntada de la ironía. El libro todo lleva esa urdimbre, pero gracias a esa frase. Esa frase es como un embrión, como una célula madre, como germinal.

—Cuando escribía este libro, tuvo la sensación de ser un niño que descubre la vida y a los otros. ¿Siempre se vuelve a la infancia para reinventar el presente?

—Lo que pasa que, para mí, es vuelta a la infancia en parte. Es como un doble viaje, como un encuentro. Porque, por una parte, lo que se produce, en eso que llamaríamos nuestra cámara oscura, llámalo alma, memoria, esa zona secreta que tenemos, como la caja negra del avión, porque la memoria no está intacta, si no la reactivamos, si no la rescatas, se desvanece, se metamorfosea. ¿Qué pasa? ¿Quién escribe este libro? Un niño que se pone a andar y va despertando los sentimientos y los va descubriendo. Pero también alguien que viene de aquí.

Entonces, ese que soy yo ahora, la mirada de este otro que se encuentra con el niño, yo creo que, entre esas miradas, lo que forman es como una tercera persona, que es la que escribe el libro. Incluso, para ser más específico, hay una idea de Lawrence Ferlinghetti, que habla de la cuarta persona, que es el puente entre os pronombres personales singulares y plurales. Sería el yo y el nosotros. Hay una conexión. Y creo que hay alguien que escribe este libro y es quien establece esa conexión, que habla del yo a través de los otros.

—Su madre le aconsejó que buscara un trabajo donde no se mojase. Pero un periodista, que se hace en la calle, se moja con la lluvia, y se mancha con la tinta cuando se compromete. ¿Lo entendería su madre hoy?

—Sí. Bueno, ella vivió periodos así en que me descubrió mojado, incluso enfangado, y creo que se dio cuenta que estaba haciendo lo que tenía que hacer.

—El olor a tinta, a plomo. ¿No le puede la nostalgia ante todos estos síntomas claros que anuncian la agonía de una profesión centenaria como es el periodismo?

—Efectivamente. Yo no sublimo. No idealizo esos recuerdos. Igual que Proust tenía su magdalena, mi magdalena es ese olor a leche mezclada con plomo y con tinta. No lo idealizo pero también pienso que estamos creando un vacío que se va a llenar de cosas malas.

—Su novela anterior, Todo es silencio, pronto estará en cartelera. ¿Qué sensación tiene cuando otros manosean sus historias para llevarlas a la pantalla?

—Por una parte, me interesa y me gusta mucho el contrabando de géneros y de medios, y sobre todo el proceso de trasmigración que se da. Entonces, es verdad que a veces la relación cine-literatura puede ser empobrecedora, pero también es verdad que, a veces, en general, es muy enriquecedora y que se nutren mutuamente. La literatura también ha sido acunada por el cine.

—Su novela es también la intrahistoria de la gente corriente, de las voces bajas de la calle durante la dictadura. Pero es, además, un homenaje a su hermana María.

—Sí. Ella es verdad que aparece y desaparece. Es un personaje anfibio en la novela, pero es la que me lleva de la mano y realmente creo que yo sentí al escribirla una extraña obligación, aparte de que uno siente todo tipo de caídas, y se levanta y se cae al escribir. Pero, en el caso de María, sí que ella me llevó de la mano. Yo tenía como necesidad de sentir esa mano otra vez.

—La historia está narrada en primera persona, pero en algún momento pensó en optar por la tercera para poder situarse entre “lo individual y lo colectivo”.

—El yo a veces es demasiado pesado. Y hay momentos en que, cuando se pone un poco pesado el ego hay el peligro de que el ego deprede la historia. Entonces, yo creo que está bien que aparezca esa tercera persona que mantiene una distancia.

—“Este es el libro en el que más me mojé”, ha dicho. Por dentro. Por fuera ya ha sufrido varios chaparrones. ¿Con cuál se ha mojado más, o embarrado?

—Hombre, yo tengo una sensación de una cierta continuidad en las cosas, pero realmente, por tiempo, por pasión, por repercusión también y a veces por sobre exposición, fue el tema de Nunca mais y el Prestige. Porque además anteriormente existió la lucha contra el cementerio de residuos radiactivos que había en el Atlántico, que por suerte conseguimos cerrar. De alguna forma, para mí fue el preámbulo de la reacción cívica, psicológica, que hubo contra la catástrofe del Prestige.

—¿Y ahora qué escribirá?

—Bueno, estoy respirando, estoy escribiendo. Estoy con un libro de poemas en el que hablan las cosas, las cosas recuerdan las historias. Y con novelas. Porque, ahora mismo, me levanto y, depende del día, voy por un camino u otro. Estoy esperando a alguien que me lleve de la mano. Un personaje suficientemente persuasivo para que me decida por un camino. Uno de los mejores momentos de la escritura es cuando estás escuchando los murmullos de las voces que se acercan.

Publicado en el diario Córdoba el 26 de enero de 2013
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domingo, 20 de enero de 2013

Andrés Neuman: “El amor no se agarra: nos agarra”

Andrés Neuman publica Hablar solos (Alfaguara, 2012), una novela de monólogos que representan las tres formas del habla: la mental, la oral y la escrita, donde el autor viaja de la infancia al duelo, de la familia a la perversión. “Y el duelo”, dice, “sería una especie de posguerra íntima”. La historia presenta tres aventuras paralelas entrelazadas entre sí más allá de la propia estructura de la narración.

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A Neuman le gusta indagar en la escritura, porque le aburriría escribir siempre el mismo libro. Y entiende la sencillez como un esfuerzo que se intenta disimular. Obtuvo el Premio Alfaguara de Novela 2009 y el Premio de la Crítica 2010 por El viajero del siglo. Traducido a once idiomas, fue seleccionado por la revista británica Granta como uno de los 22 mejores narradores jóvenes en español.

—Un escritor que reflexiona sobre el placer y el dolor, el sentimiento de culpa, la enfermedad o el sexo, ¿cuánto pone de sí mismo en el texto?

—¡Todo, menos el sexo! Una vez un amigo poeta me dijo: «Las escenas sexuales en tus libros son muy buenas. Debes de ser pésimo en la cama».

—Una novela de monólogos que representan tres formas del habla: la mental, la oral y la escrita. ¿Tal vez por los temas tratados le interesaba más la voz interior de los personajes?

—En una historia de intimidades fuertes, como era el caso de Hablar solos, me daba no sé qué imponerles mi voz a los personajes. Creo que los verdaderos conflictos siempre tienen más de un punto de vista.

—¿Esas voces interiores son el lugar donde mejor nos confesamos, donde desnudos nos sentimos más a gusto?

—A gusto desnudo se sentirá usted, ¡yo tengo más autocrítica! Hablando en serio, me interesa mucho la idea de cómo a veces, hablando con nosotros mismos, nos confesamos cosas que jamás le diríamos a nadie. Quizá leer y escribir perfeccionen ese mismo proceso.

—Dice usted que el monólogo de Lito es el que más le costó escribir. ¿Vamos dejando atrás al niño que fuimos?

—Todo lo contrario: seguimos persiguiéndolo, y esperamos alcanzarlo algún día. La ficción tiene algo de infancia que resiste. Se trata de seguir creyendo en lo imaginado, y en que lo imaginado nos explica la realidad.

—Las confesiones de Elena nos revelan el lado oscuro de las madres y de las esposas. ¿Es ella el personaje mejor logrado?

—Ella diría que sí, que por supuesto. Y yo probablemente estaría de acuerdo. Se trata del personaje que más espacio abarca en la novela, y también el más conflictivo. Y un buen personaje es, creo, la suma de sus conflictos.

—También narra el lado oscuro de los cuidadores. Usted fue cuidador. ¿Quién cuida al cuidador?

—Generalmente, nadie. El Estado no lo hace. Pero ni siquiera el propio cuidador se permite pensar en sus debilidades. El cuidador literalmente se desvive: pierde su propia vida, la atención a sí mismo. Por eso después, cuando todo ha pasado, le cuesta tanto recuperar el derecho a ser feliz. Hacia ahí se dirige la novela.

—¿El superviviente siempre se siente culpable de seguir vivo?

—Creo que es una patología casi inevitable en esa situación. Después de un bombardeo, los supervivientes sienten una mezcla de gratitud y perplejidad, de alivio por seguir ahí y de culpa por no haber muerto con los suyos. Y el duelo, para mí, sería una especie de posguerra íntima.

—Me cuesta ubicar los paisajes por los que transita Pedro, el camión en que viajan Mario y Lito. Usted los sitúa en la frontera imposible entre Latinoamérica y España.

—Me alegra que le cueste. Esa era la idea: que esos paisajes resultaran familiares y a la vez extraños. Que pudieran estar en cualquier parte y no estuvieran en ninguna. El cambión en el que viajan padre e hijo va por unas carreteras secundarias que a mí me encantaría que existieran: las que unirían las dos orillas.

—¿No le parece que Elena busca el amor en el amante más inoportuno? ¿O es que el amor hay que agarrarlo donde surja?

—Es, por supuesto, el amante más inoportuno. Y, por eso mismo, el más inevitable. El amor no se agarra: nos agarra.

—Dice usted que cada libro es una oportunidad para aprender a escribir de nuevo. ¿Le gusta indagar en la escritura o le aburre escribir siempre el mismo libro?

—Me gusta indagar en la escritura porque me aburriría escribir siempre el mismo libro. Si el estilo consiste en encontrar una fórmula y repetirla, entonces preferiría vivir sin encontrarla.

—Le gusta que la lectura de sus libros sea fácil, que el lector no se tropiece con las bambalinas de la escritura.

—Fácil, no: fluida. Lo fácil no necesita ser releído. Lo sencillo, en cambio, nos invita a regresar. Y la sencillez, usted lo sabe, es fruto de un esfuerzo que se disimula.

—Dice usted: “Los hospitales han tecnificado tanto la muerte que nos han dejado indefensos para afrontar la muerte porque la hemos echado de casa”.

—Todos agradecemos que la medicina haya progresado y salve vidas. Pero tengo la sensación de que, en el camino, no sólo hemos puesto nuestras enfermedades en manos de los expertos; sino que, sin querer, hemos terminado delegando también en ellos nuestra capacidad de afrontarlas íntimamente.

—“Vivir es una celebración, pero también un duelo”. Cara y cruz de la misma moneda.

—Y esa moneda, ay, es lo único que tenemos. Una pequeña, inmensa riqueza.

—“El duelo es morir un poco y luego resucitar al otro en la memoria”. Usted perdió a su madre no hace demasiado. ¿Logró recuperarse de aquella pérdida?

—Recuperarme, no. Aceptarla, quizá. Ahora, cuando hablo solo, converso con ella. En ese sentido, ha vuelto. La palabra genera pequeñas resurrecciones.

Publicado en el diario Córdoba el 12 de enero de 2013
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domingo, 30 de diciembre de 2012

Joaquín Berges: “El humor es ese prisma que uno se pone como unas gafas”

Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) publica su tercera novela, Un estado del malestar (Tusquets, 2012), una obra que él define como un cuento de hadas para adultos. Le resulta imposible prescindir del humor en sus textos. Podría escribir una tragicomedia, pero no “un drama dramón”. “La cabra tira al monte”, se justifica.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

La familia es de nuevo el escenario más pintoresco para situar la acción, y en su seno la lucha de poder entre hombre y mujer. Una productora ha comprado los derechos de autor de su anterior novela, Vive como puedas. Además, tiene en cartera dos proyectos de futuro. El primero, escribir una novela “muy gamberra”. “Venderme al humor por el humor”, dice. El segundo, una novela más seria, confiesa muy serio. Después, reinventarse de nuevo.

—Define su novela como un cuento de hadas moderno. ¿Necesitamos este tipo de historias en estos tiempos que nos ha tocado vivir?

—Pues seguro que en estos tiempos más que en ninguno porque, de alguna manera, estos tiempos tan oscuros nos han quitado un poco la ilusión. Y la ilusión era aquella cosa que teníamos cuando éramos niños y nos contaban cuentos. Entonces, de alguna manera esto es un cuento para adultos. A ver si nos animamos.

—El asunto que trata en la novela es muy serio, pero salpicado de momentos muy divertidos. ¿Todo se puede contar con humor?

—Casi todo. Todo, todo, no. Casi todo. El humor es ese prisma que uno se pone como unas gafas. De pronto, no se ve bien cuando uno se hace mayor, tiene presbicia, y de pronto se pone uno unas gafas y ve las cosas de otra manera. Pues es un poco eso. Hay que ponerse unas gafas para ver las cosas de otra manera porque hemos mirado demasiado tiempo desde un solo prisma y hay más formas de mirar. Y el humor es una de ellas.

—A usted le sería muy difícil prescindir del humor. ¿Nunca ha intentado escribir algo serio?

—Sí. Lo he intentado y cien por cien serio soy incapaz. La cabra tira al monte. Tengo un proyecto de una novela más seria, pero me sale un personaje que ya voy viendo que va a ser el bufón de la trama. Digamos que, como mucho, puedo llegar a escribir una tragicomedia, pero no un drama dramón.

—La familia es también en esta novela el escenario principal en el que desarrollan su vida los protagonistas. ¿Tan absurda y pintoresca le parece la institución familiar?

(Ríe). Pero, bueno, es que todos vivimos en una familia. Por eso mis personajes también viven en una familia. Porque la fuente de inspiración cuando te preguntan dónde te inspiras, yo digo que me inspiro en el día a día y en el día a día yo lo que veo son familias. Yo vivo en una familia, mis amigos viven en una familia y todo el mundo vive en una familia. Entonces, es el escenario natural de mis personajes. Es la familia, donde todo el mundo vive. Lo que pasa es que la familia se ha modernizado y ahora las familias pues no son solamente lo que eran antes: el papá, la mamá y la abuela. Ahora hay primera mujer, segunda mujer, niño de primera mujer, de segunda, niños adoptados. Bueno, las cosas han cambiado pero la familia es el escenario donde vivimos todos.

—Pero le resulta un escenario muy pintoresco.

—Yo hago que sea pintoresco. Yo no podría escribir sobre una familia normal a la que no le pasa nada. Yo necesito que mis familias sean pintorescas para que potencialmente den lugar a una trama que se desarrolle con comicidad y con hilaridad. O sea, mis puntos de partida tienen que ser familias muy pintorescas para poder desarrollar a partir de ahí una trama con humor.

—Su protagonista, Ricardo, es 12 años mayor que usted. Le costó meterse en su piel porque la edad vuelve a uno más sarcástico. ¿Le va ocurriendo también a usted?

(Ríe). Sí, sí. Simplemente tuve que hacer una proyección, recordar como yo era hace 12 años y cómo soy ahora, y trasladarlo 12 años después. Sí, yo creo que la vida te va haciendo más sarcástico, vas teniendo peor humor, más mala leche; o sea, el humor se va volviendo más agrio. Y yo creo que eso es lo que le pasa a mi personaje. Y el humor que tiene mi personaje Ricardo es 12 años más ácido que el que tenía mi personaje Luis de Vive como puedas, mi anterior novela. Y me tuve que disfrazar de él, hacer un poco ese ejercicio de traslación, por decirlo así.

—Las relaciones de sus personajes con las mujeres también ocupan un lugar destacado en su obra. A Ricardo, por ejemplo, le atrajo el físico de su mujer. Pero ella también envejece.

—Bueno, es un caso extremo. Es como lo de la familia pintoresca. Esto es un caso extremo. Pero también pasa. En este caso, él dice que le gustaba su mujer antes cuando su piel era tersa y sus vestidos tenían arrugas. Ahora sus vestidos están perfectamente planchados, pero su piel tiene arrugas, y entonces ya no le gusta. Es un caos un poco extremo, pero es verdad que la guerra doméstica entre hombres y mujeres está presente en mis novelas, pero porque también está presente en las familias, al menos en las que yo conozco. Hay como una especie de lucha de poder dentro del hogar entre el hombre y la mujer. Y eso es lo que yo reflejo también en mis novelas.

—Los hijos también aparecen en sus libros. ¿Es más fácil comunicarse con los hijos por WhatsApp que hablar con ellos directamente?

(Ríe). Sin duda. Lo que hay que hacer es mandarles un whatsap. Exacto. Tú ves a tu hijo adolescente que está en el sofá de al lado viendo el mismo programa que tú y tu única opción de comunicarte con él es mandarle un whatsapp, que se integre junto con los whatsapp que está recibiendo de sus amigos, así por lo menos te va a hacer caso. Si le hablas, es inútil, porque él está conectado a su matrix particular.

—A su protagonista la prejubilación, en el estado del bienestar, le produce malestar. ¿Se contagia de la realidad?

—Lo que le pasa a mi personaje es que se prejubila porque le obligan a prejubilarse y a todos nos han contado que la prejubilación es el estado ideal de la vida pero a mi personaje no le parece así porque es un luchador. Él dice que el que no tiene nada por lo que luchar no está vivo, no se siente vivo. Y si a él lo prejubilan, no tendrá nada por lo que luchar, tendrá todo, se lo darán todo el estado del bienestar. Y esa situación, de encontrárselo todo hecho, le producirá un profundo malestar personal.

—Una productora española ha comprado los derechos cinematográficos de Vive como puedas. ¿Sabemos algo más?

Vive como puedas es una novela que puede ser llevada al cine para ser una película muy sabrosa, y los productores y nosotros hemos estado hablando de una feel good movie, como se dice ahora en inglés, que es una película que cuando el espectador salga de ver el cine se va a sentir muy bien. O sea, mis lectores, que han leído Vive como puedas, me han informado y escrito para decirme lo bien que se han sentido después de terminar la novela. Pues los productores querían trasladar esa misma euforia al cine, que la gente cuando salga de ver la película pueda sentirse feliz. Yo creo que es una novela muy cinematográfica.

—¿Por dónde va a seguir ahora después de Un estado del malestar?

—Tengo dos proyectos que son, casi te diría, diametralmente opuestos. Uno es escribir una novela muy, muy gamberra, con muchísima guasa y sin darle tregua a la emotividad. Venderme al humor por el humor. Ese es uno de los proyectos. Y el otro es hacer una novela un poquito más seria e incluso profundizar un poco más. Y luego me reinventaré nuevamente.

Publicado en el diario Córdoba el 1 de diciembre de 2012
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martes, 11 de diciembre de 2012

Andrés Trapiello: “Ni una sola persona ha reconocido haber matado en la guerra civil”

Un niño presencia el asesinato a sangre fría de su padre en los primeros días de la guerra civil. Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) parte de este hecho real, porque “la guerra nos da muchísimos ejemplos de barbarie”, para ficcionar la historia de su última novela: Ayer no más (Destino, 2012). Una historia narrada a través de los monólogos de sus personajes, un método idóneo para dejar que el lector saque sus propias conclusiones.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

La obra, en la que están representadas con voz propia las tres Españas, es una tragedia en clave griega, como Antígona, en un país que dejó 600.000 muertos en los frentes de retaguardia y que nadie ha reconocido haber matado a ninguno. Es autor de ocho novelas, ensayista, poeta y autor de un diario titulado Salón de pasos perdidos, del que se han publicado diecisiete entregas.

—Un niño presencia el asesinato a sangre fría de su padre en los primeros días de la guerra civil. Su novela es ficción, pero parte de un hecho real.

—Por desgracia, la guerra civil nos da muchísimos ejemplos de barbarie, de injusticia, de crímenes que no pueden competir con la ficción, porque la ficción siempre se quedará corta con esa realidad. Por tanto, ni siquiera me molesté en ficcionar algo que la realidad española tiene sobreabundatemente.

—Pestaña renuncia a escribir un libro de Historia y transforma sus apuntes en una novela. Pero los lectores creen encontrar en la ficción las claves de un relato histórico. ¿A veces no sirve la Historia y hay que acudir a la novela para contar la verdad? No sé si ese es su caso.

—Está muy bien formulada la pregunta y no es mi caso. Es decir, yo quería hacer una novela desde el primer momento, porque tenemos la paradoja de que la ficción de la novela a menudo nos ayuda a desmontar la ficción de la historia, o la Historia como ficción, que es básicamente lo que ocurre en la guerra civil española, donde hay dos ficciones contrapuestas, históricas.

La ficción bolchevique y la ficción revolucionaria nacionalsocialista, que creen que la Historia es una especie de inmenso tapiz o de inmensa alfombra que se despliega llevándose por delante a millones de víctimas inocentes, necesarias, para construir ese final feliz en Roma, en Moscú. Esa mentira, que es una mentira también que se da en los nacionalismos, por ejemplo, y en otras concepciones de las naciones, etc., queda desvelada por la novela, porque a diferencia de la Historia donde los hechos suceden uno detrás de otro, la novela nos presenta hechos que suceden unos como consecuencia de los otros. Y este sentido que tiene la novela y no tiene la Historia es el que afortunadamente el lector agradece; es decir, que le da un argumento a lo que no lo tiene, y ese argumento que la vida no tiene le ayuda a comprender el no sentido de la historia.

—La novela está narrada con monólogos de distintos personajes, al estilo Faulkner. ¿Es el mejor método para dejar a todos los personajes que hablen y que el lector saque sus propias conclusiones?

—Me han preguntado cuál es mi personaje favorito en esta novela y he dicho que yo, porque soy el único que no está en la novela. Escribir una novela de la guerra civil que agrupa a las dos partes es muy difícil porque la realidad histórica lo impidió. La guerra civil fue una fractura del país en dos mitades que no tenían ninguna relación. Por tanto, hacer una novela de las dos Españas estas es prácticamente imposible, porque es inverosímil. No existió unos personajes que vivieran al mismo tiempo las dos Españas. Como mi novela sucede ahora, en 2006, en esta novela están representadas no solamente las dos Españas, sino las tres Españas posibles. Y tienen voz propia. Y era obligatorio darles esa voz propia que nunca han tenido al mismo tiempo, y hacerlo además con sus mejores galas intelectuales.

Es decir, que cada uno de los personajes hable como mejor sepa. Hubiera sido desleal por mi parte como escritor darles más inteligencia a uno u otro para que el lector se incline hacia uno u otro. Y el que es realmente protagonista en mi novela es el lector, que es un lector omnisciente que sabe en todo momento, oyendo las distintas voces, quién miente, quién engaña, quién no quiere contar la verdad, las razones por las que no puede contar la verdad, los conflictos de cada cual. Cosa que los personajes no saben todos de todos, ni mucho menos. Porque entre ellos se engañan y se mienten.

—Félix de Azúa dijo que su novela no trata de la guerra civil, sino de una tragedia que admite una sociedad como la nuestra.

—La novela es casi una tragedia en clave griega, una tragedia irresoluble, como la de Antígona; es decir, el protagonista se va a debatir entre su obligación como ciudadano entre denunciar a su padre y su obligación como hijo de defender a su padre. Es decir, oír la voz de la ley u oír la voz de la sangre. Y eso no tiene solución posible. Esa es la tragedia.

—¿Es diferente este país porque, como usted dice, nadie en España reconoce haber matado?

—La naturaleza de esta novela parte de este hecho peculiar, que no ocurre en ninguna otra parte. Ha habido en España 600.000 muertos en los frentes de la retaguardia y ni una sola persona ha reconocido que haya matado a ninguno de esos 600.000. Luego quiere decir que alguien miente o nadie cuenta toda la verdad. Por tanto, Pepe Pestaña, como hombre ilustrado que es, parte de esta idea. Es decir, no se cree lo primero que le han contado ni en la familia ni en los amigos. No se cree lo primero que le cuentan, pero tampoco quiere ser el último en contarlo.

—¿En su casa se hablaba de la guerra?

—Probablemente, si la pregunta se la hiciera a mi padre, diría que no. Si se me hiciera a mí, yo diría que no se hizo otra cosa que hablar de la guerra. Porque ellos creen seguramente que no han hablado de la guerra porque no nos han hablado a los hijos de la guerra. Pero entre ellos no hicieron otra cosa que hablar de la guerra.

—75 años después de que Chaves Nogales o Clara Campoamor descubrieran el engaño de los dos bandos, se ha escrito que la tercera España ya tiene por fin su novela: la suya.

—Me encantaría que fuera así, porque ese ha sido un poco el propósito. Yo, como sabes, estoy un poco en el origen de la recuperación de Chaves Nogales y de Clara Campoamor, y me encanta identificarme con personas que tan pronto se dieron cuenta de que la España a la que la inmensa mayoría de los españoles hubiera querido pertenecer, que es la tercera España, fue la primera que sucumbió.

El 19 de julio, España dejó la España democrática y liberal por la que habían luchado Chaves y Campoamor. Prácticamente, esa España democrática desaparece y por eso se van. Yo creo que esa España es la que tenemos ahora. Las dos Españas son más minoritarias que nunca y en cambio hay una inmensa España que es una tercera España real.

—La ley de Memoria Histórica fue necesaria pero insuficiente. ¿No se debió abordar este tema en plena Transición? Dicho de otra manera: ¿No piensa que la izquierda de este país cedió demasiado?

—No lo comparto enteramente. Porque lo que hemos visto es que hemos vivido el periodo más largo de la historia en democracia. Por tanto, no se debieron hacer del todo mal las cosas. Y de hecho, estamos hablando del pasado sin el traumatismo que hubiera significado hacerlo en el 75. Lo que sí es verdad que la ley de Memoria Histórica es una pequeña oportunidad perdida, porque era un arranque noble y necesario –la reparación de injusticias-, pero lo que se hizo mal es que es que fue ambigua la ley porque se reparó a muchos pero se agravó al mismo tiempo a otros tantos innecesariamente. Las víctimas son de todos.

—Pero sí es cierto que una España fue más culpable que otra.

—No es que haya sido más culpable. Es que ha sido responsable, una de las dos Españas, del golpe de estado contra un régimen legítimo. Por tanto, es un golpe ilegítimo. Esto es fundamental. Mientras no se admita este mínimo, no avanzamos nada. Pero no podemos quedarnos aquí, que es lo que ha hecho en parte la izquierda.

El problema de la izquierda es que tiene que admitir que la República que defendía los principios de la Ilustración hasta el 18 de julio, en buena medida dejó de hacerlo a partir del 18 de julio. Es decir, que la República es responsable, al menos en parte, de la violencia que se generó en la zona republicana. Y eso la izquierda todavía no acaba de reconocerlo. Es verdad que la derecha tiene toda la responsabilidad en el golpe de estado.

—¿Algún día el Congreso condenará ese golpe de estado?

—Debería hacerlo cuanto antes, pero al mismo tiempo, como ha propuesto algún diputado de derechas, no estaría de más que el mismo día se pusiera una placa en el Congreso con el nombre de todos los diputados asesinados durante la guerra, cosa que cierta izquierda no quiere porque la mayor parte de los asesinados son de derechas.

Publicado en el diario Córdoba el 8 de diciembre de 2012
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