viernes, 10 de agosto de 2012

Mario Vaquerizo: “No quiero jamás volver a ser un niño gordo”

Periodista, marido de Alaska, vocalista del grupo Nancys Rubias, manager de Elsa Pataky y agente de prensa de Leonor Watling, publica el libro Haciendo majaradas. Diciendo tonterías, título basado en el verso de una canción que compuso Nacho Canut. Una autoentrevista, artículos periodísticos que abordan distintos aspectos biográficos y preguntas a sus amigos describen cómo es el autor de esta obra.

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN
FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

—Como Oriana Fallaci o Truman Capote, también practica la autoentrevista, según usted uno de los géneros periodísticos más difíciles. ¿Tanto le cuesta preguntarle a su otro yo?

—La entrevista es el género periodístico más manipulador. Me pregunto lo que quiero y contesto lo que quiero.

—Le propusieron escribir ficción, pero ni se considera escritor ni quiere serlo. ¿Encontró en la autobiografía un género donde mejor documentarse y mejor nadar?

—Esta colección de artículos periodísticos, que es lo que sé hacer, se ha convertido en mi autobiografía, pero no es una autobiografía 100%, porque mi vida tiene muchas más cosas que contar.

—Cuando estudiaba Periodismo era un empollón, hasta que un día se dio cuenta de que en esta profesión la experiencia vale más que los sobresalientes.

—En la calle y en el contacto del tú a tú, es donde encuentras la salvación a todo y el conocimiento.

—La primera entrevista que publicó fue con Alaska. ¿Cómo se enamoró de usted con lo mala que fue aquella incursión en el género?

—Alaska se enamoró de mí cuando realmente se conoció, que fue dos años más tarde. Lo mismo que me pasó a mí con ella.

—Hace un balance de su vida y observa que no ha hecho otra cosa que invertir en usted mismo. Tal como está la economía, ¿le ha salido rentable?

—Muy rentable. Quien siembra, recoge. No hay que quejarse tanto. El miedo es paralizante.

—Es un frívolo empedernido, aunque a veces acaba siendo un tanto profundo. Lo cierto es que la intensidad le da alergia.

—Sí, pero también me da alergia la frivolidad por la frivolidad. Soy aristotélico y creo que la virtud está en el justo medio.

—Le obsesionan o le gustan los “puticlubs”, los bares de carreteras, las tiendas de “todo a 100”, los calendarios de fulanas y las figuritas de la Virgen de Lourdes que brillan en la oscuridad. ¿No le ha pedido ningún milagro?

—Me lo ha concedido. Soy devoto de la Virgen de Lourdes por experiencia propia.

—Dice en su libro que nació un 5 de julio de 1974 en Madrid. Wikipedia dice que nació en Lora del Río, Sevilla.

—Mentira. Odio la Wikipedia. Eso no es una enciclopedia. Es un patio de porteras. Quien quiera saber de mí que me pregunte cara a cara. La que es de Lora es mi madre.

—Le atrae la delgadez extrema. Un día de 2003 se hizo liposucción de tripa, extracción de las bolas de Bichat y reducción de papada. ¿Qué se dijo cuando se vio en el espejo?

—Por fin estoy camino de ser el chico que quiero ser.

—Ahora solo se permite la cerveza y un atraco al Buger King cada dos meses.

—Sí. Por sentido común. No quiero jamás volver a ser un niño gordo. Eso me producía inseguridad.

—Es vocalista de Nancys Rubias, un grupo de pop electrónico que no sabe tocar instrumentos ni quiere aprender. Y después se enfada si no les toman en serio.

—Claro. Porque estoy en contra de los fundamentalismos. Estamos en el siglo XXI. Tocar lo puede hacer cualquiera. Yo no quiero perder el tiempo en aprender a tocar un instrumento.

—Le gustaría ser gay. Reconoce tener pluma. Se confiesa bisexual teórico y estético y lleva casado con Alaska doce años. ¿Qué es lo que no entiendo?

—Es tu problema.

—No ha ido a La isla de los famosos porque el sol le dañaría la piel. ¿En verano también evita las playas?

—Evito siempre las playas. El sol no sienta bien a mi piel. La piel tiene memoria.

—“Yo no me follo a un mito, ¿eh? Yo me follo a mi mujer”. ¿Y ella qué dice?

—Está encantada de la vida de que así sea.

—Manager de Elsa Pataky. Agente de prensa de Leonor Walting. ¿Y después me dice que Fabio McNamara es “la obra de arte humana más perfecta que existe?

—Por supuesto. Fabio es dios.

—Yo, como usted, siempre he visto la entrevista como el mejor ejercicio terapéutico para el entrevistado. ¿Cómo se siente ahora que hemos terminado?

—Pues muy contento. Me encanta que me hagan entrevistas. Siempre descubro algo en mí a partir de preguntas de terceros.

Publicada en el diario Córdoba el 26 de mayo de 2012
leer más

miércoles, 8 de agosto de 2012

Un día cualquiera todo se va

Ella lo esperaba cada tarde a la salida del trabajo. En invierno era noche cerrada, pero a partir de marzo las tardes se prolongaban sin medida, y la sensación de libertad y de días eternos le recordaba otros años que con insistencia siempre pretendió olvidar. No porque hubiesen sido un tiempo perdido sino, muy al contrario, porque la nostalgia la transportaba a esos momentos que nunca vuelven y que siempre anidan debajo de la almohada o anotados en cualquier papel, entre los versos indescifrables de cualquier poema leído entonces o extraviados en los estribillos de otras canciones que fueron toda su vida. En fin, nada que reprochase, se decía siempre.

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

Había agotado los años al por mayor con hombres a quienes nunca amó ni jamás se lo propuso, viajó de este a los otros continentes buscando, más que aventuras, aquella sensación primera y única que no la dejaba tranquila por las noches.

Se veían cada tarde, nunca a solas, sino rodeados de amigos comunes y con la severa aspiración de embaucarlo en el menor descuido y proponerle una cita irrenunciable. Se conocían desde muchos años atrás, y comenzó a amarlo sin ser consciente de que el amor era también eso, o acaso eso nada más.

Y cuando llegaba a tan profunda convicción, bebía de modo impulsivo y esa actitud a él le gustaba porque le atraían sobremanera las mujeres que bebían hasta perder el control de sí mismas, aunque sin más intención que identificar en ellas su corazón extraviado.

Podemos contar las horas, pensaba ella, pero el tiempo es una bola enorme de límites imprecisos, probablemente sin principio y sin fin, que rueda sobre el eje de nuestra existencia sin que podamos desviar su rumbo ni detener su invariable carrera.

Los años, sin embargo, no habían logrado mancillar en ella ni un ápice su mirada de mujer siempre entregada, su corazón convulso ni su ternura inquisidora. Es más, los años la habían dotado de artes amatorias que pocas mujeres de su entorno supieron manejar con tal dedicación y pericia.

Le gustaba practicar el juego de la seducción con la precisión de quien siempre apuesta a caballo ganador. Los hombres se rendían ante sus encantos conscientes de que solo por una noche gozarían de sus favores de paloma desplumada.

A ella no le importaba iniciar su periplo nocturno delante de él. Es más, cualquiera podría pensar que lo hacía adrede. Aunque ahora ya, bien poco importa. Se dejaba abrazar por cualquier hombre, se tornaba lánguida y vulnerable y acababa sucumbiendo al abrazo más osado o al moscón más constante, que generalmente es quien obtiene el trofeo por cansancio hasta el derribo.

Estos encuentros fortuitos con final feliz eran frecuentes en su vida de cazadora legitimada y eficiente. El la veía ir y venir de un hombre a otro sin otra variante que los días y las circunstancias concretas.

Tal vez por su dedicación de mujer nómada en estos avatares del placer, él nunca se atrevió a proponerle una vida en común y fiel como la de algunos pájaros. Por supuesto, también disfrutó su cuerpo alguna noche cálida con exceso de alcohol, cuando el amanecer rompe de repente la magia quebradiza de los amores enconados.

Él, por el contrario, vivía con una discreción sin fisuras sus trienios de galán pasivo. Ellas advertían en su mirada tierna y madura las técnicas más depuradas del amor bien hecho, y ninguna se resistía a vivir por siempre sin haber probado el elixir del delirio.

Como en todo, la leyenda también ayuda a construir el perfil y a divulgar una maestría sin paliativos que nunca fue tal. Ella, en cualquier caso, no lograba olvidarlo, y cada día más se sumía en una historia inventada que ella creía real pero que el tiempo fue desdibujando sin misericordia.

Un día cualquiera, ella lo vio salir del local abrazado a una muchacha. A ella se le adivinaba en la mirada una admiración incipiente y una atracción incontrolada y contundente, y un candor que la embellecía por momentos. Él la escuchaba con una ternura que ella no advirtió hasta entonces, y esa turbación nueva sintió que no le gustaba nada.

Él se fue, como siempre, calle abajo, discreto y ensimismado en sus sensaciones de hombre cansado, sin que nadie se percatara de su ausencia. Ella lo vio salir, lo vio cruzar la esquina que conduce al bulevar, con la chaqueta al hombro y las mangas de la camisa remangadas hasta el codo. Abrazaba a la muchacha y ella lo cogía de la cintura y dejaba caer el rostro en su hombro.

La tarde había agotado su luz y la noche se internaba en las calles con una presencia tan poderosa que lo inundaba todo. Ella miró la calle vacía y pidió un whisky sin saber bien por qué. Lo esperó durante muchas tardes con sus noches, con sus veranos y sus inviernos, aunque ella intuía ya que el tiempo de la espera y de la esperanza había tocado a su fin.
leer más

domingo, 5 de agosto de 2012

Fernando Savater: “Hay 200.000 vascos que los han forzado a irse de su tierra”

Después de haber dedicado 40 años a la filosofía y al ensayo, Fernando Savater regresa definitivamente a la novela con Los invitados de la princesa, una historia donde aborda buena parte de sus filias y de sus fobias: la gastronomía, los congresos, la hípica, el terrorismo, la política o las bicicletas urbanas que tanto le molestan. Concluido este periodo docente e investigador, no solo se centrará ahora en la narración, que siempre fue su auténtica vocación. Tampoco descarta hacer sus pinitos en el teatro.

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN
FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

Con esta obra, en la que el humor es pieza fundamental, Savater ha obtenido el Premio Primavera de Novela 2012. El libro alterna la narración principal, que es la crónica de la estancia de Xabier Mendia en Santa Clara –una isla tan parecida al País Vasco- con siete relatos cortos en los que cada uno adquiere su propio tono: satírico, onírico o simbólico.

De padre granadino, este filósofo vasco confiesa que tiene “bastante raigambre andaluza”. Es crítico con la alta gastronomía, de la que asegura que su disfrute implica derroche y cursilería, pero no pensamiento. Tampoco en esta obra abandona el mundo del caballo, que es el mundo que más ama, porque hay, dice, una épica de la hípica.

Le molestan las bicicletas en las ciudades, porque “todo lo que tiene ruedas es enemigo de lo que tiene piernas”. Y mientras esconde su mirada tras unas gruesas lentes con montura de pasta, nunca abandona la risa ni el buen humor, y mucho menos su devoción por el fino de esta tierra.

Mantiene la esperanza de que ETA abandone definitivamente el uso de las armas, aunque duda que la situación actual sea definitiva. En pocos años, 200.000 vascos abandonaron su tierra, y esto implica, para este escritor, que se “ha falseado la configuración del propio País Vasco”, ya que ahora parece mucho más nacionalista de lo que es en realidad.

Amenazado por la banda terrorista, ve complicado que algún día ETA admita “el ridículo de su propia existencia”, aunque advierte también que “de ridiculizarlos ya nos encargaremos los demás”. Le han decepcionado las elecciones andaluzas porque UPyD, la opción política que él apoyó, no obtuvo ningún escaño, porque fue “una disputa claramente a cara de perro entre socialistas y populares”.

Autor de La tarea del héroe (Premio Nacional de Ensayo, 1982) y de novelas como El jardín de las dudas (finalista del Premio Planeta, 1993) y La hermandad de la buena suerte (Premio Planeta, 2008), ahora publica también Tirar de la cuerda, una colección de aforismos espigados de entre sus libros por Andrés Neuman, quien, asegura, “ha logrado hacerme aforista sin serlo”.

—Dicen que su novela es una parodia, pero tal vez solo sea un reflejo de la propia realidad tratado con humor.

—Nunca parodio nada porque es un género que no me gusta. A veces, bueno, cuando lo hace Eduardo Mendoza, me divierte. Parodia, no. Yo no utilizo la parodia porque no soy nada paródico (ríe).

—Sea como sea, lo cierto es que en este libro aborda buena parte de sus filias y sus fobias.

—Supongo que es inevitable que uno escriba de lo que conoce un poco mejor y de lo que le gusta. No soy nada objetivo en eso. Soy muy subjetivo. Sí, hombre. Son los temas de los que uno ha hablado, ha discutido. Lo que pasa es que, con esto de tener varios personajes, pones cosas que crees y lo contrario de lo que lees. Y eso me divierte más.

—Ha elegido una estructura para su novela en la que alterna la narración principal con relatos. ¿Por qué?

—Bueno, primero, a mí me aburre mucho como escritor, como lector las leo y las soporto, la estructura de la novela tradicional; es decir, esa estructura que tiene muchos capítulos que son pura transición entre una cosa y otra. Meter esas transiciones me aburre mucho. Entonces, yo quiero que cada cosa tenga una vida propia. La única forma es hacerlo así como lo he hecho. Cada capítulo tiene su sentido por separado incluso.

—En el relato titulado Purasangre escribe: “Ahora me encuentro en el Hipódromo Central. Nada tiene de raro, porque es uno de los lugares favoritos de mi corazón…”. Pura autobiografía.

—Sí. Yo siempre meto una historia un poco relacionada con el mundo de los caballos. Primero, porque es mi mundo y es lo que me gusta más. Y luego, porque además se presta mucho, es un mundo muy novelesco, muy literario. Hay una épica de la hípica. Entonces, eso realmente se presta y siempre hay algún relato. Y en este caso, ese.

—La narración central de su novela gira en torno a la celebración de un congreso, ese micro mundo que usted conoce tan bien y en el que “todo el mundo mea para marcar su territorio”.

—Efectivamente. Yo creo que incluso en los congresos que no están sometidos a un volcán, como el de mi novela, siempre se crea una burbuja de mundos independientes, hay sus pequeñas rencillas, sus enfrentamientos, sus narcisismos heridos, que a lo mejor vienen ya del congreso anterior y que se purgan en ese. Es un mundo en el que he estado tanto tiempo y conozco muy bien. Por eso también me era fácil hablar de él, porque es un mundo al que he estado yo condenado, digamos, durante toda mi vida y también tiene sus aspectos curiosos.

—En su libro no deja títere con cabeza.

—Los títeres suelen tener poca cabeza (ríe).

—Por ejemplo. De la alta gastronomía dice que es “el arte actual perfecto para las entendederas de los snobs” y que “su disfrute implica derroche y cursilería, pero no exige pensamiento”. No le van a dejar entrar a ningún restaurante del País Vasco.

—Ya. Ya tenía yo dificultades. Salvo algún cocinero, van a tener ahora una coartada. Pero, vamos, la moda esta de la gastronomía, que en el fondo no tienen la culpa los cocineros, la culpa la tienen los que inventan el asunto y los que creen eso como si fuera un arte sublime.

—En fin, que para usted la cocina es un arte de usar y cagar.

—Bueno, claro. Es que la cocina no es un arte. El arte es complacencia, es estética, gozo de la vida, pero también desasosiego, inquietud, tiene un elemento siempre crítico. La gastronomía, no. La gastronomía es una cosa puramente placentera cuando está bien hecha. A mí que me gusta mucho comer. Decir que la comida es un arte, no la alza sino que la degrada. La comida es otra cosa y a lo mejor más importante que el arte, pero otra cosa distinta. Pero no es un arte.

—También le molestan las bicicletas en las ciudades porque “todo lo que tiene ruedas es enemigo de lo que tiene piernas”.

—Evidente. Sobre todo cuando se empeñan en pasear por las aceras. En fin, son supersticiones modernas. En la novela hay varias supersticiones de esas. Unas viales, otras más serias.

—Después de 40 años de profesor y de escribir ensayos, da por cerrada su faceta filosófica para dedicarse de lleno a la ficción. ¿Qué tiene la literatura que no le da ya la filosofía?

—Yo soy mucho más lector de literatura que de filosofía. Toda mi vida he leído más libros de literatura que de filosofía. A mí lo que me llevó a las letras, por decirlo así, fue la narración, la ficción, las historias maravillosas o terribles. Cuando yo empecé a hacer la carrera de filosofía ya en tiempos jurásicos, no existía la carrera de literatura. Hoy la hay.

Había filologías, que era una cosa mucho más tecnológica, gramatical, que no me gustaba tanto. Si hubiera habido literatura, yo habría hecho literatura. Pero como no la había, elegí Filosofía. No me voy a arrepentir ni mucho menos, pero ahora me gustaría retomar mi verdadera afición, mi placer. Alguna vez en broma he dicho que la filosofía es mi mujer pero la literatura es mi amante. Entonces, ahora voy a dedicarme a mi amante, fíjate tú, ya a esta edad a la amante (ríe).

—La isla de Santa Clara, donde se desarrolla su novela, es famosa por su gastronomía y está amenazada por una banda terrorista. ¿No le encuentra demasiado parecido con el País Vasco?

—Bueno, sí que algunas cosillas pasan, pero tú ya sabes que en el mundo hay similitudes (ríe).

—Después de que ETA haya abandonado las armas. ¿cómo ve la situación en el País Vasco?

—ETA ha abandonado las armas pero no ha abandonado ETA. Ellos siguen estando ahí. Bueno, han abandonado el uso de las armas. Las armas las siguen teniendo. Cabe la pregunta de, en fin, si eso es definitivo o es solo en espera de a ver si se les concede lo que ellos quieren. Siguen dando la lata con sus presos, siempre dando la lata con sus reivindicaciones, como si el mundo tuviera que pararse para darles gusto. Y lo malo es que encuentran a veces políticos, incluso políticos en campos no nacionalistas, para hacerles caso.

Hablan de hoja de ruta. La hoja de ruta para qué, si yo no me voy a ir a ninguna parte. Al contrario, lo que estoy es muy contento de que por fin puedan estar en la España democrática y plural, en vez de estar acompañando a alguien en una hoja de ruta en compañía de Batasuna. Imagínate. Entonces, bueno, vamos a ver si salimos de ahí, pero todavía no podemos echar las campanas al vuelo y, desde luego, no podemos hacerles caso ni empezar a hacerles concesiones.

—En fin, sí parece que se va a iniciar el proceso para que vuelvan al País Vasco aquellas personas que tuvieron que salir por amenazas.

—Estaría muy bien. En unos pocos años salieron más de 200.000 personas. Sería bueno recordar que hay muchos vascos que por no estar de acuerdo con los demás los han forzado a irse de su tierra. Hombre, a muchos los han obligado a ir a otros sitios donde tienen hijos, trabajo, pero tampoco todos podemos estar cambiando de lugar, de vida, de un día para otro, para dar gusto a los políticos.

Ahora, hace falta recordar que ese éxodo de gente del País Vasco ha falseado la configuración del propio País Vasco. Ahora parece que es mucho más nacionalista de lo que es en realidad, porque los que no lo eran se han tenido que ir. Entonces, no estaría mal permitir y dar facilidades para que volviera gente.

—¿Admitirá algún día ETA, como usted mismo dice, “el ridículo de su propia existencia”?

—Pues eso lo veo complicado, para qué te voy a decir otra cosa. Yo lo veo complicado. Yo creo que ellos viven demasiado en su auto glorificación y siempre tienen a un palmero que les acompaña. Lo veo difícil. Pero, en fin, yo ya a estas alturas me conformaba con que realmente se disolviera o realmente abandonara las armas y, bueno, de ridiculizarlos a lo largo de los años ya nos encargaremos los demás (ríe).

—Cuando nos hayamos recuperado económicamente…

—Espero que lo veamos. Tú que eres más joven a lo mejor lo ves. Yo no sé. Yo ya ni lo veré.

—… ¿recuperaremos también los derechos hasta ahora conseguidos y que empiezan a negarnos?

—Esa realmente es la pregunta del millón. O sea, a mí no me gustan nada los recortes que Rajoy está haciendo pero, en fin, tampoco le gusta que le hagan a uno un agujero en la tripa para sacarte el apéndice, pero si no hay más remedio, tienen que hacértelo. Ahora, el problema es, efectivamente, si todas esas cosas que hoy nos están recortando, esas garantías laborales que estamos perdiendo, esos derechos que están disminuyendo, si todo eso, en el momento que las cosas vayan bien, nos los van a devolver.

Si los mismos bancos que ahora están pidiendo dinero para salir del hoyo, el día que vuelvan otra vez a ganar, revertirán en la sociedad esos créditos en ayudas, en reparto de beneficios, lo que hoy están ganando. Esa es la pregunta verdaderamente importante, y no tengo la respuesta.

—¿Cómo valora los resultados de las últimas elecciones andaluzas, con unos resultados que nadie esperaba y donde UPyD precisamente no obtuvo ningún escaño?

—Hombre, ha sido una decepción, porque nosotros creíamos que aquí había una posibilidad de que la UPyD tuviera representación, porque además teníamos gente buena. El problema es que, bueno, quizá precisamente se polarizó tanto, fue una disputa tan claramente a cara de perro y estrecha entre socialistas y populares que eso absorbió un poco todo lo demás. IU todavía se benefició de ello.

Las elecciones no se hacen para entrar en discusión sino para salir de ellas. Los ciudadanos quisieron eso, pues eso es lo que hay. Eso es lo que han querido. Es verdad que las elecciones indican quién va a gobernar para intentar resolver los problemas, pero la elección no resuelve los problemas en sí mismos, y Andalucía, como el resto de España, tiene problemas. Y eso a ver cómo se resuelve.

—Decía Eduardo Mendoza que “con la crisis hemos recuperado algo que no debimos olvidar, que éste es un país pobre y cutre”.

—Bueno, es que durante un tiempo, a pesar de que se eche la culpa a los políticos, a los banqueros, los ciudadanos no admiten que todo el mundo estaba viviendo en esa especie de sueño de que éramos un país de cucaña, en el que todo se conseguía extendiendo la mano, la gente pedía créditos para la segunda vivienda, el segundo coche, y no le importaba tener 50 hipotecas.

Claro, los banqueros facilitaban todo eso, porque ese es su negocio pero, claro, los que tenían que haber tenido mejor criterio eran los ciudadanos y no lo tuvieron. Hoy volvemos un poco a la realidad. Nos despertaron con la resaca de la tarde de fiesta.

—También Vargas Llosa decía que hablar de cocina y de moda es mucho más importante hoy que hablar de filosofía o música y que eso es “una deformación peligrosa y una manifestación de frivolidad terrible”.

—A mí me parece normal que se hable de cocina, que se hable de moda, porque son temas mucho más accesibles a la gente que la filosofía o que la literatura, pero lo peligroso es que eso se quiere presentar como artes superiores incluso a las otras cosas como son la metafísica o la literatura. Va a ser siempre más popular el fútbol que las obras de Ortega y Gasset. Lo grave es el día que ya traten de vendernos que el fútbol no solamente es más popular que Ortega, sino mucho más importante y mucho más intelectualmente elevado que las obras de Ortega. Hoy estamos un poco en esa especie de hipertrofia de la cocina completamente ridícula.

—Ahora publica también Tirar de la cuerda, una colección de aforismos involuntarios, porque los ha espigado de entre sus libros Andrés Neuman.

—Exactamente. Es un empeño de una colección que edita normalmente obras sobre aforismos. Andrés Neuman se empeñó. El mérito del libro es suyo. Yo creo que él ha logrado hacerme aforista sin serlo.

—Como decía Schopenhauer, ¿en nuestro mundo llega un momento en que hay que elegir entre la soledad y la ordinariez?

—Esa es la opinión de Schopenhauer que era un poco misógino y misántropo, pero algo hay. Por lo menos es verdad que el exceso de frotarse con los demás a veces nos hace perder cualidades que tenemos importantes porque, cuando estamos en grupo, a veces nos ponemos a la altura del peor, no del mejor, y eso es una pérdida.

Publicado en el diario Córdoba el 13 de mayo de 2012
leer más

domingo, 29 de julio de 2012

Vila-Matas: “Con la crisis se ha extendido un desánimo que cada día va más en aumento”

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ha publicado estos días su novela más novelesca de los últimos años, con la pretensión de desmarcarse de su obra anterior, Dublinesca. Aire de Dylan nace de un cuento de Antonio Tabucchi recogido en el libro Pequeños equívocos sin importancia. Como el escritor italiano, investiga en la realidad para crear otra realidad paralela, lamenta su pérdida y le interesa de su obra, sobre todo, esa mezcla de poesía y reflexión, y su sensibilidad siempre fuente de inspiración.

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN
FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

Es un hombre alto y educado, que camina lentamente y habla con un timbre de voz bajo, como si temiera que las palabras ordenasen las frases por sí solas. A medio metro del periodista, Vila-Matas se desprende de ese aire de autosuficiencia o pedantería que le otorgan algunas fotografías, y sorprende su cercanía y amabilidad.

Está dotado de un humor inteligente que sabe administrar con justicia y sabiduría. Ha sido muchos escritores y uno solo al mismo tiempo. Le gusta cambiar de registros, mezclar ensayo y novela, arriesgarse por el simple placer de degustar el sabor del riesgo. Es capaz de darle mil vueltas a una frase hasta encontrarle el envés que a los demás nos pasa desapercibido.

Piensa que esta crisis ha extendido en la sociedad un cierto desánimo que cada día más va en aumento y que incluso teme que vaya a sancionar a la alegría. No le gusta que lo califiquen como escritor vanguardista, sino más bien moderno. Moderno sencillamente. No le gusta escribir para llorar o sufrir. Le parece un tópico.

Prefiere indagar y divertirse innovando. Le gustaría escribir un libro para el que ya tiene título, un título perfecto, y algunos párrafos: Archivo General del Fracaso. Mientras tanto, avanza esta novela, que no es poco, y que tal vez solo sea un anticipo.

—Su novela parte de un cuento de Tabucchi en el que la viuda de un escritor se queda sola y arroja su último manuscrito al fuego.

—Sí. Pero no estoy seguro. Es decir, existe el cuento y es cierto que hay una viuda en un cuento que no pasa casi nada, y al final no sé si lo tira al fuego o simplemente –lo que sí me quedó grabado- es que ella dice: “Pobre hombre”. Cuando se queda sola después del funeral. Claro, es un cuento que se presta a muchas interpretaciones y está en el libro Pequeños equívocos sin importancia. Hasta ahí todo. Lo del fuego ya tendría que volver a haber leído esto para asegurarlo.

—Habrá sentido su fallecimiento, porque usted se siente deudor y admirador de su obra. De hecho, 'La dama de Porto Pim', que usted califica como un Moby Dick en miniatura, fue su libro de cabecera.

—Sí. Bueno, La dama de Porto Pim, pero también toda su obra en general. Lo he seguido desde el principio. Era una persona que, de ser amigo suyo, se le quería mucho. Es curioso porque hoy en el avión he estado leyendo el libro de viajes que ha publicado ahora Anagrama, que lo he comprado en el aeropuerto, y me he dado cuenta de que la primera vez que lo leías, estando él con vida, y como después cabía la posibilidad de seguir leyéndolo.

Y otra cosa. El apellido Lancastre de la novela es el apellido de su mujer, María José de Lancastre. Lo digo porque se ha sabido ahora cuando ha aparecido el nombre de la mujer en la prensa. Ella hizo una biofotografía de Pessoa. Y entonces quería que el personaje de Lancastre remitiera a Bob Dylan por sus muchas personalidades, como a Pessoa.

—Admira de Tabucchi su imaginación y su capacidad para investigar en la realidad y llegar a una realidad paralela. ¿De algún modo le ha ocurrido o le ocurre a usted también?

—Siento que sí, que en este sentido es el punto común que teníamos y por eso escribí estas líneas. Pensaba que era un mundo común el nuestro, era nuestra forma de presentarnos ante el texto. Y en cuanto a la admiración, se lo escribí en un e-mail que le envié sabiendo que estaba enfermo, le expresé toda mi admiración por él, aparte de toda mi amistad y cariño.

Quería que supiera mi incondicional admiración hacia lo que ha hecho. Su obra me interesó siempre por esta mezcla de poesía con lo reflexivo, esa sensibilidad muy especial con la que yo conectaba y ha sido siempre fuente de inspiración. Siempre que entro en contacto con textos de Tabucchi, quizás entro en contacto con el descubrimiento que hice de este autor en su momento. Me devuelven vibraciones muy importantes en mi obra.

—En esta novela quería desmarcarse de 'Dublinesca' y, antes que seguir mezclando narrativa y ensayo, ha preferido jugar sobre todo a una carta. 'Aire de Dylan' es la más novelesca de sus novelas de los últimos años.

—Claro, porque es donde no mezclo narrativa con ensayo, sino que realmente juego esta carta a la narrativa que, bueno, no es una carta extraña para mí porque, en definitiva, tantos libros de los años 80 y 90, como Hijos sin hijos o Suicidios ejemplares, son libros en los que intervenía más la carta exclusivamente narrativa. Por lo tanto, no he hecho nada más que volver a una actividad que ya había hecho.

Me he querido desmarcar de Dublinesca, pero no significa que me desmarque del todo. Creo que escribo una obra en la que todo está conectado, lo que no significa que, claro, he tratado de desmarcarme sobre todo de las connotaciones muy culturales que tenía Dublinesca. Y aquí las connotaciones culturales son más suaves.

—Vilnius, su protagonista, se dedica a la búsqueda de una cita de Scott Fitzgerald y a completar su 'Archivo General del Fracaso'. Como dice en el libro, ¿es la muerte el fracaso humano por excelencia?

—Lo digo casi como un chiste, como una cosa irónica. Se me ocurrió mientras escribía sobre el fracaso, que si hay un fracaso máximo siempre es este.

—Dice usted que ha sido bastantes escritores diferentes, pero en su novela escribe también que haber logrado una voz de muchas variantes, pero inconfundible, como Kubrick en el cine, acota la libertad, pero uno termina por tener miedo cada vez que ensaya cosas nuevas.

—Sí. Se trata de poner por delante también la idea de la valentía, el no conformarse con lo realizado, intentar ser dueño de la técnica más que en mis comienzos, como es lógico, intentar ir por el camino salvaje, por atreverme por otros caminos y, en definitiva, es una idea de valentía. Una forma de introducir un poco la sombra del cuerno, que decía alguien, en la literatura. Jugármela un poco. Por el riesgo también y por el atractivo del riesgo. En definitiva, por divertirse también, porque también si hay miedo, también uno está muy entretenido.

—“Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”, esa frase atribuida a Scott Fitzgerald en la película 'Tres camaradas', funciona a modo de estribillo en un texto que tal vez fue canción o cuento en su origen pero que acabó convertida en novela. La frase obsesiona a Vilnius, pero me da la impresión que también a Vila-Matas.

—Sí. La frase durante años pensé que era mía. Primero, de Scott Fitzgerald. Después me acostumbré a ella. A veces, la citaba o a veces la pensaba cuando llegaba el crepúsculo, y al final alguien me preguntó si era mía o de Scott Fitzgerald en una entrevista colectiva en internet. Entonces, claro, yo sabía que era de Scott Fitzgerald, y me pregunté: “¿Estoy tan seguro de que sea de Scott Fitzgerald? Tendría que indagar más a la hora de contestar”.

Y entonces me di cuenta de que era muy difícil y inicié una investigación sobre el origen de quién pudo escribir realmente esa frase. Nada más iniciada, me di cuenta de que lo más obvio no era tan obvio y que no era tan claro que hubiera sido Scott sino que había ocho guionistas en esta película que querían intervenir, y luego de la imposibilidad de llegar a acceder a la verdad. Abrí una investigación pero la investigación se presentaba como difícil, ardua. Buscaba el origen de la frase, en definitiva.

Me remontaba al origen del significado de esa frase. Quién debió ser el primero. Ni siquiera debió ser el primero el guionista de Hollywood del año 33, sino que viene de lejos. Entonces, esto podría haber sido perfectamente solo el tema de una novela, la indagación de una verdad que no se alcanza. Si me hubiera presentado en Hollywood a investigar esto, no hubiera averiguado seguramente nada pero, suponiendo que alguien me dijera que alguien le había contado algo de aquel despacho de guionistas que en el año 33 acuñó la frase, tampoco podría estar muy seguro de que debería seguir la investigación.

—El tono ensayístico de otras novelas da paso aquí al género negro y rinde homenaje al drama shakespereano. Dice que se dejó llevar y que solo sabía que iba a parecerse a Hamlet.

—Solamente sabía esto porque creía que era necesario, trabajando como trabajaba en la oscuridad, avanzando cada día, dejando que aflorara lo que tuviera que salir, pero al mismo tiempo prefería tener como un faro que me iluminara en esta especie de noche de la creación a que fuera Hamlet, sabía que la historia que iba a contar tendría siempre puntos paralelos. No necesariamente muchos puntos paralelos.

También sabía que la obra de teatro no iba a imitar a la historia que yo contaba o al revés, mi historia no iba a imitar a Hamlet, sino posiblemente la que iba a contar, que era una historia sucedida en la historia real, acabaría no imitando a Shakespeare, más bien la vida no imita a ningún actor teatral por muy famoso que sea sino que va por otro lado. Y en esta novela también va por otro lado.

—En literatura, como en la vida, acepta todas las tendencias, salvo las totalitarias. ¿No le da la impresión de que cada vez más estamos abocados al pensamiento único?

—Bueno, sí. Sorprende la falta de humor, también el que nadie sea capaz de escuchar opiniones estéticas de otra persona para no conformarse con su propio gusto. Da la impresión además de que con la crisis se haya extendido un poco, cierto desánimo que cada día va más en aumento. Se contagia un desánimo general, y alguien que quiera emprender algo, una aventura interesante en la vida cotidiana, parece que va a ser mal mirado, porque no es tiempo para alguien que tenga entusiasmo por hacer algo. Este contagio es muy peligroso, porque llegará un momento que parece incluso que va a ser sancionada la alegría.

—Dice usted que no hay nada menos autobiográfico que una autobiografía.

—Sí. Una autobiografía es una impostura., porque hay otra voz. Hay siempre otra voz que innecesariamente deforma la vida real.

—¿Es su novela más verdadera que una autobiografía real? De hecho, se identifica con Lancastre, el escritor muerto. Pero admite que también hay algo de su adolescencia en ese juego de tensiones entre Vilnius y Lancastre.

—Bueno, es la propuesta de una biografía lateral de un personaje. Si haces una autobiografía lateral de alguien, puede llegar a decir más la verdad que en una autobiografía central sobre él. Una mirada esquinada puede dar más datos reales que una hecha desde el punto de vista central.

—Vilnius tiene aire de Bob Dylan. Julie Bennnett decía que “la gran fuerza de Dylan ha sido no estar nunca donde se le esperaba”. ¿Le ocurre a usted igual? ¿Ha logrado ser una persona y muchas al mismo tiempo?

—Sí. Y al mismo tiempo lo critico en Lancastre, dentro de la novela, que es como una forma de satirizar también mi personaje y mi trayectoria. Al mismo tiempo, alguien me ha preguntado además quién era Julie Bennett. Tiene razón, porque yo leí la frase pero no sé quién es tampoco Julie Bennett. La frase es muy apropiada para este tipo de propuesta que hago yo porque es una imitación también de no estar donde se me espera, si se me espera en algo muy dublinesco y metaliterario, para decir repite e insiste. Ha sido siempre así como he actuado en general en mi obra.

Piglia decía que, cuando se publica un libro mío, tiene interés por saber qué he hecho, porque sabe que habrá una propuesta nueva de algún tipo, qué es lo que se le ha ocurrido ahora. Esa es un poco la gracia de lo que hago, que por lo general todavía no estoy apoltronado que yo sepa, sino que todavía estoy en movimiento.

—Como dice, comenzó el libro a ciegas. Cambiaba de registros por el puro placer de hacerlo, pero sin embargo está muy bien cerrado. Usted mismo dice que es “de los libros más aéreos y a la vez más compactos que he hecho”.

—Está muy bien cerrado porque del borrador hubo varias versiones y eso me permitió ir ajustando todos los capítulos hasta llegar a una pieza. Es decir, una cosa es que se escribiera dejando que saliera lo que tuviera que salir y la otra es que después he ajustado todo lo que tenía. Según un consejo de una cosa que decía Lobo Antúnez, que cuando tienes el borrador, no busques más porque ya todo está en el borrador.

Bueno, está bien como idea. Es decir, una vez que uno ha terminado el borrador de la novela, no hace falta que piense que le falta algo, sino que allí ya tiene todo el material, porque para algo ha estado escribiendo un año aquello. Si en un año no sale lo que había ahí, tiene material pero a partir de ahí se ha de trabajar. Entonces, lo que hice fue establecer los capítulos en orden de cómo se desarrolla la historia, que es lenta en su despliegue, porque se trata de alguien que no quiere volver a escribir. Está arrepentido de haber escrito.

Lo que pasa es que las cosas que va presenciando y los acontecimientos le llevan a tener que contar aquello, ya que estaba previsto que lo contaran los jóvenes protagonistas, que sería la biografía del padre de uno de ellos. Pero ya que no lo van a hacer ellos, finalmente se ve obligado a hacerlo él.

—Siempre se dice que es usted un vanguardista. Pero no sé si le gusta ese calificativo.

—Hombre, me gustan mucho las vanguardias históricas. Y me encuentro cómodo cuando me siento libre en la narración. Yo creo, por lo que voy hablando con algunos críticos, que, en realidad, soy moderno. Sería previo al posmodernismo. Moderno simplemente.

—Lo cierto es que le gusta innovar y divertirse mientras lo hace.

—Sí. No tengo reparos en decirlo. Es decir, se escribe también para, de alguna forma, uno pasarlo bien en el trabajo, en lo que hace. No se escribe para llorar o para sufrir. Si me lo puedo ahorrar… A veces me han preguntado: “¿Usted necesita sufrir para escribir algo?”. Me parece un tópico.

—Porque al final, son suyas las palabras, “la inspiración literaria es una cuestión de codos y puños en el escritorio”.

—Desde luego, no soy el primero que lo dice esto. Es una cuestión de momentos de inspiración que son gloriosos pero que al cabo de un año más que muy pocas veces he tenido suerte. De modo que todo el resto son momentos que van de relleno pero que consisten en trabajar el texto para que tenga condiciones mínimas para presentarlo.

—Borges escribió un libro con un título genial: 'Historia universal de la infamia'. ¿No le gustaría escribir uno titulado 'Archivo General del Fracaso'. También es genial y encuentro similitud entre ambos.

—Yo creo que se me pasó por la cabeza. Era una idea que tenía de hacer un libro con este título. Sí. Creo que sí. Lo que ocurre es que era muy difícil el hacer un Archivo General porque se trata de coger caso por caso. Hay fragmentos de la novela que escribí que no aparecen en el libro que son fragmentos en los que Vilnius se dedica, en Barcelona, por la tarde, a cazar caso por caso en la calle para incluirlos en el Archivo.

Y lo que ocurre es que esto no iba muy bien para el ritmo de la historia, porque traba demasiado la historia. Entonces me daba demasiado espacio el Archivo. Pero están escritos los que él se dedica a archivar. Transeúntes, personas a las que incluso les imagina la historia, pero que él va archivando con datos en un café. Sí. Es verdad que es un título magnífico.

—¿Pero la idea ya la ha descartado definitivamente?

—Creo que no. Seguramente no.

—En otros momentos de crisis, como el actual, los intelectuales se hacían oír, alzaban su voz contra las injusticias colectivas. Parece como si hoy ese compromiso se hubiese diluido en nuestra sociedad.

—Hay un poco la idea de que la aparición de intelectuales en la prensa no necesariamente va a transformar nada ni cambiar nada. No da la impresión de que esto sea decisivo ni que necesite el pueblo la intervención de intelectuales. Al mismo tiempo, me gusta mucho el comportamiento cívico que tenía Tabucchi. Le costó tener que exiliarse en Italia.

Mi posición política hasta hoy siempre se entrevé en la voz que habla y en el punto de vista, creo que muy libre, desde el que conecto con el lector. Y por otra parte, no sé si hay muchos intelectuales en España. Si tú vas a Inglaterra, nadie hace caso de lo que dice un escritor. Está el mito de que el escritor es un intelectual, que sabe todo lo que ocurre y que sabe todo lo que va a pasar. Es lo que ocurría con Octavio Paz. Siempre sabía lo que iba a ocurrir en el mundo, lo que había que hacer.

Da la impresión de que nadie les hace caso, que tendrían que hacerse valer por ellos. Sí. Pero esto es hablar de forma colectiva y siempre me cuesta mucho preguntarme quiénes son ellos. Soy muy consciente que sería ideal un país con intelectuales muy activos. Como Manuel Azaña, por ejemplo.

—Javier Cercas ha escrito: “Escribir es un oficio extraño. En lo esencial, consiste en complicarse la vida. Para aprenderlo, hay que olvidarlo a diario”. ¿Comparte esta opinión?

—La primera parte, sí. La segunda no la entiendo. Debe tener un malestar con algo en concreto que desconozco.

Publicado en el diario Córdoba el 15 de abril de 2012
leer más

viernes, 27 de julio de 2012

Nadie entiende este mundo

Cierro la puerta entreabierta para que el aire no monte huracanes, navego por las orillas del mar por miedo a las profundidades desconocidas, me bebo la botella medio llena por miedo a la duda, no miento aunque siempre cuento la mitad de la verdad, invento mis propias ficciones porque la gente cree cuanto estima necesario y no todo lo que es cierto, oigo y archivo el dato, me gustan las primaveras indeseadas y los otoños anticipados, observo al perro como el peor amigo del hombre, sobre todo si el perro no es tuyo, y ladra y te moquea los pantalones y además lo protege la ley.



Leo novelas que no se venden, autores que no entiendo pero cuya musicalidad me apaga la animadversión a los poetas inútiles, busco la noche como el héroe se apega al peligro, camino con prisas para que nadie se apresure a delatarme, esquivo las miradas para no sentirme seducido, miro al cielo en los semáforos en rojo mientras los vehículos trepan por las avenidas con la prisa de una parturienta, evito las colas en los cajeros de las grandes superficies, busco los taxis donde sé que nadie se parará si alzo el brazo en gesto de socorro, miro los escaparates cuando no tengo un euro para adquirir ni un caramelo, huyo de las fiestas de Navidad y de Fin de Año, detesto los homenajes y los agasajos, los cumpleaños felices y las jubilaciones, las celebraciones con confeti y la Coca-Cola sin gas o sin ron, lo mismo da.

El solomillo, ni pasado ni mitad y mitad; el gin tonic, cargado, por favor, como la vida, por favor; el café, caliente que pela; algunas señoras, como el café, con perdón; los catecismos, todos cerrados; las botellas, abiertas, para que el vino se vaya oxigenando; la puerta cerrada, como la boca, para que no entren moscas, ni moscardones que, por cierto, abundan; la casa propia, con luz, con libros y con vino, por si ella llega tarde o no llega; los veranos, como tienen que ser, con calor; los inviernos, como tienen que ser, breves; tu rostro, siempre cerca, por si no encuentro un espejo cuando me despierte por las noches; el día, sin demasiadas sorpresas y con dinero, y, como es lógico, uno detrás de otro. No me gustan las cosas amontonadas y en desorden.

No asumo otra responsabilidad que la de estar vivo e inventar la vida a cada instante, subirme a los árboles sin el permiso del público, husmear en los nidos de los gorriones por si el avaro hubiese escondido allí su tesoro, no buscar otra fortuna que vulnere el derecho a sentirme feliz en mi propio pellejo, el único traje que nunca me cambio ni repongo, que asumo como un rasgo de identidad al igual que mi sombra y mi hipoteca. No asumo otra sospecha sino la de agotar cada hora como si fuese la última loncha de jamón de este plato colectivo que es este planeta, verde y azul, intoxicado y bello, diverso y disperso como mis sueños, acogedor e insólito como una muchacha enamorada o no enamorada, da igual.

Cruzar la frontera sin pasaporte, callar cuando los otros hablan, escuchar aunque no te interese lo que se dice, escuchar hasta que acaban con tu paciencia, y sales, evitas un portazo, pero dejas la puerta a su antojo, el portazo como consecuencia se hace inevitable, todos despiertan con el portazo porque todos dormían y nadie escuchaba, todas las conferencias y las homilías son aburridas, aunque nadie lo reconoce, todos callan y todos duermen, ése es el problema, que todos duermen, mientras otros cantan, recitan, sermonean, bailan en el escenario, se sacan conejos de la manga, una rosa sin olor del ojal, un mitin sin improvisación, una despedida sin excusa, un billete de avión sin avión y sin viaje.

Mientras escribo, se han derretido los cubitos de hielo en el vaso de whisky. Va a ser cierto esto del cambio climático. Pero si bebo y dejo de escribir, igual se me congelan las palabras. Y no se pueden hacer dos cosas a la vez. Desde luego, este mundo no hay quien lo entienda.
leer más

miércoles, 25 de julio de 2012

Ernesto Ekaizer: “Hay varias estafas en esta crisis”

El escritor y periodista Ernesto Ekaizer analiza en su último libro, Indecentes. Crónica de un atraco perfecto (Espasa, 2012), la disolución ética y la desfachatez moral que ha llevado a España y a Europa a una crisis sin precedentes, y que él califica de "estafa". En su último trabajo desvela los nombres de los autores intelectuales, económicos y políticos que ha llevado al país a esta encrucijada de difícil salida.

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN
FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

Sobre la actual política del gobierno es contundente: “Si seguimos por el camino de la llamada austeridad, me temo que nos queda un largo trecho”. Sobre la intervención de Bankia es aún más explícito, y augura que, si los políticos son capaces de cubrir un agujero de 23.465 millones de euros, el peligro es claro: “Si esto se consuma, nuestra existencia misma como país está en cuestión”.

Periodista de larga trayectoria, obtuvo en el año 2000 el Premio Ortega y Gasset por sus trabajos de investigación sobre el caso Pinochet. Es autor de cinco libros: José María Ruiz Mateos, el último magnate; Banqueros de rapiña; Vendetta; El Farol, la primera condena de Mario Conde; y Yo, Augusto. En la actualidad, participa en programas sobre actualidad política en Radio Nacional de España, Televisión Española o Antena 3 Televisión.

—Leo en la portada de su libro: "Por qué lo llaman crisis cuando es estafa". Dígamelo usted.

—Hay varias e importantes estafas en esta crisis. Las más evidentes: las que se lo llevaron crudo en cajas de ahorro, comunidades autónomas, empresas y bancos. Los que dieron el dinero, como la Comunidad Autónoma Valenciana de Francisco Camps y la Alcaldía de Rita Barberá, o la de Baleares de Jaume Matas, y se lo dieron a la trama Gürtel de Correa y Cía, o a Iñaki Urdangarín. Pero la estafa mayor es la justificación del desmantelamiento del Estado de Bienestar, los recortes en sanidad y educación, en base a una premisa falsa.

—De qué premisa habla, sea explícito hombre.

—Pues la de que somos un país periférico y manirroto que despilfarró las finanzas públicas hasta 2007, el umbral de la crisis. Es fácil desmontarlo. En 2000, la deuda pública bruta española representaba el 59,3 del Producto Interior Bruto. Siete años después y creciendo a lo loco, esa deuda se redujo en más de veinte puntos, hasta llegar al 36,2. Y no le digo si tomamos el indicador quizá más relevante que es la deuda neta, que se rebajó en 2007 hasta el 26,5% del PIB.Toma castaña. Ya quisieran Alemania y Francia deudas públicas de esta proporción. Y eso que por la crisis ha subido 35 o 40 puntos desde 2007 y ahora está en el orden del 70%. Aun así, diez puntos largos por debajo de la alemana o francesa.

—Entonces por qué tanto escándalo con la deuda pública española.

—Porque, claro, si pones el énfasis en la deuda privada (familias, empresas y bancos), ¿cómo justificas ante la opinón pública el recorte de la sanidad y la educación y la brutal paralización de la inversión pública? Majo, tienes que criminalizar a los funcionarios y a las instituciones públicas. Este es el “relato” importado desde Alemania.

—¿Por qué subraya tanto Berlín en sus comentarios?

—Lo diré con una analogía. Hay una gran ventrilocua. Se llama Angela Merkel. Ella habla sin que se le muevan los labios y la voz sale de sus muñecos o marionetas. Los gobernantes de la periferia europea. Unos por imposición, como Zapatero, y otros por convicción, como Rajoy. La que habla, hágame caso, es ella.

—Indecentes. Así titula su libro. ¿Caben todos en 190 páginas?

—Son una menos: 189. Cabe bastante. Hasta ahora había escrito cinco libros. La media deben ser 700 páginas. Y sabe. Cuando escribí, en 1994, Banqueros de rapiña fueron 538 páginas. Reconózcame que fue pedazo de título sobre Conde, Javier de la Rosa y sus muchachos. Bueno, a lo que iba. He escrito una medida de 700 o 750 páginas. Pero, la radio, el programa de Juanra Lucas [RNE “En días como hoy”], me ha enseñado a disciplinarme en aquello de Gracíán, de que lo bueno si breve dos veces bueno. Y aquí tiene usted una narración completica en 189 páginas. La idea es que el lector se lo beba como un vaso de agua. Pero agua pura. De la naturaleza a sus ojos.

—Intenta desmontar en su libro la teoría de que la crisis era imprevisible. Pero era previsible. ¿Verdad?

—En el relato, uno de los hombres que se esforzó por abrirle los ojos hasta a Alan Greenspan, el famoso Maestro, el entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (banco central), lo explica muy bien. Se llama William White, economista canadiense al frente del servicio de estudios más completo del mundo, el del Banco de Pagos Internacionales de Basilea, banco de bancos centrales. El me dice: “Los intereses creados es el otro gran motivo que explica la razón por la que nadie quiso escuchar: la cantidad enorme de dinero que hizo mucha gente durante estos años. A nadie le interesa preguntar si un ciclo alcista puede durar o cuestionar su lógica cuando puedes ganar gran cantidad de dinero”.

—Según usted, Zapatero se lo preguntó a David Taguas, responsable de la Oficina Económica del Presidente, en octubre de 2006. Y el economista le advirtió al presidente.

—Sí. Para más señas es el 31 de octubre de 2006. El presidente le invita a acompañarle en helicóptero a la fábrica que tiene Nissan en Ávila. Y a bordo le pregunta cuánto tiempo de boom económico le queda. Por la inercia, un año, le advierte Taguas, que propone un “aterrizaje suave”.

—¿Pero dónde estaban el ministro Solbes y el gobernador del Banco de España, Fernández Ordóñez? ¿O qué hacía Rodrigo Rato al frente del Fondo Monetario Internacional? ¿Mirar a la playa?

—Zapatero, con el respaldo de Solbes y Fernández Ordoñez, escribe una neolengua a lo George Orwell en su famoso libro 1984. En ese diccionario se prohibe el uso de la palabra “crisis”. Cuando el Congreso del PSOE nombra, en julio de 2008, a Octavio Granado, responsable de economía y empleo, lo primero que éste hace es coger a Zapatero y decirle: “No me sigas negando la crisis, presidente”.

En cuanto a Rato, durante la gestación de la crisis, entre 2004 y 2007, tiene la cabeza en otras cosas. La auditoría de la Oficina de Evaluación Independiente (OEI) del FMI no puede ser más dura con su gestión. “El mensaje general fue de continuo optimismo”. Y en cuanto a los gobernadores Jaime Caruana, cuando nace la burbuja inmobiliaria y de crédito, y Fernández Ordoñez, que la había criticado desde la oposición, ambos practican lo que llamo una política de homicidio negligente. Practican la peor de las negligencias. La que es voluntaria.

—Si se hubiesen tomado medidas a tiempo, ¿habríamos evitado el naufragio?

—En el capitalismo la crisis es recurrente. Sin embargo, no estamos en una crisis o recesión cíclica más o menos frecuente. En España lo que ha estallado es una triple burbuja: crédito, inmobiliaria y bursátil. La de crédito estalla por la crisis financiera iniciada en agosto de 2007 en Estados Unidos. Y como tenemos una deuda exterior neta de casi un billón de euros, en su mayor parte contraída por el sector privado (bancos y empresas) se produce un cortocircuito con descargas violentísimas.

Por supuesto, el Banco de España de Caruana y el de Fernández Ordoñez podían frenar la expansión del crédito y haber exigido más capital a los bancos para disuadirles. Ya lo solía hacer Mariano Rubio. Pero es que Caruana y Fernández Ordoñez bailaron, como las cajas y bancos, al ritmo de la orgía especulativa.

—Esta es una crisis sin precedentes desde la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. ¿Hay futuro?

—Depende de lo que hagamos. En Japón, una crisis similar por la acción devastadora de esta extraña criatura que yo llamo triple burbuja, algo que suele darse una vez en un siglo, como la Gran Depresión de los años treinta, duró, por errores de política, veinte años. Todavía se sienten sus efectos. Y si seguimos por el camino de la llamada austeridad, me temo que nos queda un largo trecho. La devastación es enorme. En España. Mire lo que pasa en Grecia, Portugal e Irlanda. El euro se derrumba. Ladrillo por ladrillo.

—Dígame por qué los ciudadanos siempre pagamos la factura de una fiesta que otros disfrutaron.

—Porque tenemos orejeras, como los caballos. Pero a ellos se le ponen porque tienen una vista extraordinaria, panorámica, y requieren concentración en ciertos trabajos. Y entonces nos tragamos lo que nos echan. Indecentes busca a través de un relato, de escenas y diálogos inéditos, aguzar la vista. Es el comienzo para plantear que no se pague la factura.

—¿La presidencia de Hollande en Francia puede ayudar a romper esta disciplina de austeridad que nos ahoga?

—Todo lo que diga ahora Hollande está en función de las elecciones legislativas del próximo 10 y 17 de de junio. El partido socialista necesita ganar. Y ganará porque la derecha heredada de Sarkozy está hecha unos zorros. Hollande no cuestiona la austeridad sino que quiere acompañarla de “crecimiento”. Pero nadie sabe qué quieren decir los políticos cuando hablan de crecimiento. Será quizá eso: decrecimiento.

—Dígame algo para convencerme de que es normal que ninguno de los autores indecentes de este atraco perfecto esté en la cárcel.

—Si los ciudadanos lo impiden, este atraco va a ser imperfecto, como el desastre en el que termina el atraco al hipódromo de la película de Stanley Kubrik conocida en español con el nombre de Atraco perfecto. Pero depende de nosotros. Los políticos son capaces de cubrir un agujero de 23.465 millones de euros (¡3,9 billones de pesetas, oiga!) en Bankia negándose a formar una comisión de investigación. Si esto se consuma, nuestra existencia misma como país está en cuestión.

Publicado en el diario Córdoba el 17 de junio de 2012
leer más

martes, 24 de julio de 2012

Raquel Martos: “No puedes reírte de nada si no puedes reírte de ti”

Periodista, creativa, escritora y guionista. Colaboradora del programa El Hormiguero, dirigido por Pablo Motos en Antena 3. Los besos no se gastan es su primera novela. Ha participado además en los libros No somos nadie y No somos nadie 2, y junto con Laura Llopis escribió La chica que se quería quemar a lo bonzo. Aunque se declara tímida por naturaleza, sin embargo sabe afrontar una entrevista como si fueran un montón de besos.

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN
FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

—Los besos no se gastan. Por el título pensé que se trataba de un libro de autoayuda.

—Pues me dicen que se trata de un libro de autoayuda. Yo tampoco lo pensaba. Pero parece que sí.

—Las protagonistas de su novela, Eva y Lucía, sueñan con hacerse famosas. ¿Ese era también su sueño?

—No. Pero un día le dije a un maestro mío de la radio que presentía que algún día lo sería.

—Dice usted: “Soy tímida por naturaleza”. ¿Qué hacía entonces cuando quería besar a un hombre?

—Cerrar los ojos y dejarme llevar.

—Su novela no es solo para mujeres. ¿Qué podemos encontrar allí los hombres?

—Una historia de seres humanos que os va a encantar.

—Cuando Pablo Motos la fichó, dejó su pasión aparcada: la radio. ¿Le puede la nostalgia o se ha acostumbrado ya al éxito?

—Me gusta la tele más que el éxito y espero que la radio me espere.

—Su primer beso no fue como esperaba. ¿Se equivocó de hombre o por el cine intuía otras técnicas más depuradas?

—Me tocaba darlo. Era un trámite.

—Se siente contenta de que la gente se ría con lo que escribe. ¿En tiempos de crisis la risa es buena terapia?

—El humor nos salva de lo malo y los mejores chistes salen en los velatorios. Y eso me han enseñado de pequeña a mí.

—Los besos no se gastan. ¿Está convencida?

—Estoy segurísima. Yo tengo todavía un montón para dar. ¿Tú no? (Insinuante).

—Yo también, pero no le toca a usted entrevistarme ahora (ríe). Dice que es besucona. ¿De ahí el título de su novela?

—El título habla, más que de besos, de afectos. Pero sí. Soy besucona.

—Dígame en cinco segundos cinco tipos de besos.

—El beso casto. El beso de complicidad. El beso de pasión. El beso de despedida. Y el beso de quiero fundirme contigo.

—Dígame alguien a quien le gustaría besar que no sea un actor conocido.

—Me gustaría mucho besar a José Luis Sampedro.

—Los besos “quizá sea lo único que no puedan recortarnos”. ¿Está segura?

—Estoy segura. Ni la Merkel ni nadie. Ni los mercados.

—“Si hubiera sido valiente, hubiera sido actriz”. ¿Su vocación frustrada?

—No. Una de ellas. La de la comunicación era la grande.

—¿Los políticos dejarían de ser gente triste si se besaran entre ellos en vez de engañarnos a nosotros?

—Pero si no se ponen de acuerdo, cómo se van a besar.

—La risa nos salva. ¿Se ríe de usted misma?

—Mucho. No puedes reírte de nada más, si no puedes reírte de ti.

—¿Se atreverá a besarme cuando acabemos esta entrevista?

—Por supuesto. ¿Lo dudas?

—Entonces, ya no tengo más preguntas.

—Yo tampoco.

Publicada en el diario Córdoba el 9 de julio de 2012

leer más