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miércoles, 12 de octubre de 2016

El compromiso de Rosa María Calaf

Julio Verne, en un sueño muy calculado, logró que su personaje Phileas Fogg diera la vuelta al mundo en 80 días. En 1889, la periodista norteamericana Nellie Bly se adentra en los subterfugios del periodismo gonzo al emprender otro viaje alrededor del mundo, fascinada por las aventuras del escritor francés. Creía que era posible reducir el tiempo empleado en este empeño. El viaje lo plasma en una crónica publicada con posterioridad con el título La vuelta al mundo en 72 días. El escritor argentino Julio Cortázar, que también sentía adoración por Julio Verne, pero que siempre se las anduvo al revés con el mundo, buscó la realidad dentro de él mismo en un viaje alrededor de la misma mesa. El resultado fue otro libro sorprendente: La vuelta al día en 80 mundos.

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El mundo es la materia de la que se nutre el periodismo. También lo son, desde luego, el demonio y la carne. Pero el mundo cada día se muestra más desdibujado en los medios de comunicación. En la crisis que atraviesa el periodismo convergen circunstancias concomitantes: bajos salarios, precariedad laboral, cierres de medios, excesos de periodismo de mesa, abuso de fuentes institucionales, sobreabundancia de informaciones, proliferación de contenidos basura y, en definitiva, un agotamiento de los modelos tradicionales de periodismo.

Rosa María Calaf viene a hablaros de otro periodismo, del periodismo que ella conoció. Ella se educó en la necesidad del testimonio directo, en un periodismo cuyo objetivo era el servicio a la ciudadanía, en una empresa periodística que aún no había perdido su vocación informativa, en un periodismo en el que los contenidos no estaban supeditados a la tecnología. Ella ama a los periodistas que se hacen preguntas y lo cuestionan todo. Hoy, que hasta en las facultades confundimos qué es comunicación y qué es información, ella lo resuelve en una sola frase: “Comunicar es que yo te cuento aquello que quiero que sepas. Pero informar es que yo te cuento aquello que tienes que saber”.

Ella no quiso contar el mundo desde la esquina de su calle. Cuarenta años de profesión la han llevado a ejercer el periodismo en 183 países, muchos de ellos en situación de guerra o de crisis humanitaria. Durante décadas ha sido corresponsal de TVE en Nueva York, Moscú, Buenos Aires, Roma, Viena, Hong Kong o Pekín. Se había licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona y en Periodismo por la Universidad Autónoma de esta misma ciudad. Su buen hacer periodístico, como corresponsal de TVE en medio mundo, lo ha visto recompensado con creces. En el año 2008 fue investida doctora honoris causa por la Universidad Rovira y Virgili de Tarragona y en el año 2010 por la Universidad Miguel Hernández de Elche.

A lo largo de su carrera le han concedido además multitud de premios, entre otros: El Premio Ondas a la mejor labor profesional en el 2001; Periodista del año 2001 por el Colegio de Periodistas de Cataluña; el XXIII Premio de Periodismo Cirilo Rodríguez; o el Premio Club Internacional de Prensa a la mejor labor en el extranjero en 2006.
En 14 de mayo de 2007 Rosa María Calaf recibió también el Premio Women Together, otorgado por su trayectoria profesional a favor de la lucha por la igualdad y en noviembre de 2007 recibió el premio a “Toda una vida” concedido por la Academia de la Televisión de España, un reconocimiento a su larga carrera como corresponsal.

En noviembre de 2008 se acogió voluntariamente el ERE de TVE. Su prejubilación tuvo lugar el 1 de enero de 2009. Ahora anda por el mundo, de foro en foro, contando de qué va esto del periodismo.

A Rosa María Calaf es fácil de reconocer. Aparentemente, por el mechón, plateado o dorado, que cae sobre su frente y que la define como su rasgo característico, idea del estilista Luis Llongueras. Cuando la escuchen hablar, sabrán además que es una periodista de raza –como se dice en la jerga de la profesión-, de palabra precisa, de carácter indomable, incapaz de supeditarse a otros poderes que no sean servir al ciudadano en su función de informar, adicta al periodismo de investigación, a la información bien contrastada y verificada, a la palabra justa y oportuna, a las noticias que se construyen con el conocimiento y no con la emoción. Rosa María Calaf ha sido y es una periodista honesta y rigurosa, una mujer que entiende que el periodismo no es solo una profesión, sino también y sobre todo un compromiso y una responsabilidad con los demás. Una manera, a fin de cuentas, de contar el mundo.

(Palabras de presentación previas al discurso de inauguración del curso académico en la Facultad de Comunicación por parte de Rosa María Calaf el día 6 de octubre de 2016)
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domingo, 6 de septiembre de 2015

El volcán Cotopaxi despierta

Mi amigo Manuel Benabent, un sevillano a quien conocí en Ecuador, me escribe desde Quito: “Por aquí todo bien, solo que el Cotopaxi tiene amedrentadas a más de trescientas mil personas y ya tuvimos que salir un día con mascarillas dada la caída de cenizas (acojonante).” El volcán Cotopaxi se puede ver desde varias provincias, pero es desde el parque nacional que lleva su nombre donde su cono simétrico se puede observar con toda su majestuosidad. Sus laderas heladas, que dan paso al verde páramo, están pobladas de caballos salvajes, llamas, zorros, ciervos y osos de anteojos. Y alzando la vista se puede observar cómo cruzan el cielo el cóndor y el colibrí del Chimborazo. Los todoterrenos atraviesan zonas de cría de aves y los turistas persiguen a los caballos salvajes.

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Los glaciares del Cotopaxi se hundieron un 40% entre 1976 y 2010. Después de un sueño intranquilo y vigilado que duró 138 años, el volcán nevado, uno de los más peligrosos del mundo, ha vuelto a lanzar señales de alarma. Expulsa emisiones de vapor y cenizas que delinean columnas de varios kilómetros sobre su cráter. Situado en la rama oriental de los Andes, el Cotopaxi forma parte de ese medio centenar de volcanes que dibuja Ecuador. Su perfil domina el horizonte si el día está claro. Estalló con violencia en 1742 y en 1768. Las dos veces destruyó la ciudad de Latacunga. Sus supervivientes la reconstruyeron, pero en 1877 se produjo otra erupción por tercera vez que de nuevo creó el caos. Pero los lugareños volvieron a levantar la ciudad.

A finales de mayo visité Latacunga para dar un taller de periodismo narrativo en la Universidad Técnica de Cotopaxi. El impresionante volcán comenzó ya entonces a dar muestras de que sus vísceras seguían estando vivas. A unos 14 kilómetros al norte de Zumbahua, y a 3.000 metros de altura, visité el cráter de otro volcán: El Quilotoa, en cuyo seno una laguna de un azul traslúcido muestra un paisaje de ensueño. El lugar tiene además su leyenda: los lugareños dicen invariablemente que no tiene fondo. Pero los geólogos han demostrado que su profundidad es de 250 metros.

320.000 personas se verían afectadas por la actividad fumarólica del Cotopaxi. Los campesinos observan estupefactos los campos cubiertos de un manto gris de cenizas. Saben que las cenizas y los flujos piroclásticos dañan las cosechas y a los animales. Aunque este gigante vive vigilado las 24 horas del día, varias localidades ubicadas en las laderas del volcán han sido evacuadas y, mientras tanto, el Gobierno mantiene la alerta amarilla que fue activada el 15 de agosto y mantiene el estado de excepción decretado por el presidente, Rafael Correa.

No solo el gobierno y los vulcanólogos vigilan el sueño inquieto del Cotopaxi, un lugar sagrado que los indígenas de la sierra llaman “taita” (papá). También lo hace la Mamá Negra de Latacunga. Su celebración es una combinación de rituales católicos, prehispánicos y cultura contemporánea. A la cabeza del desfile procesional va la imagen de la Virgen de las Mercedes, protectora de Latacunga contra las erupciones volcánicas. Los lugareños creen que esta reliquia ha salvado y salva a la ciudad de la ira del Cotopaxi. La Mamá Negra, representada por un hombre travestido, se añadió a las fiestas más tarde. Dice la leyenda que un cura, para ganarse el favor de los vecinos, organizó la procesión de la Virgen, pero no consiguió aportar suficiente comida y bebida. Por la noche se le apareció una mujer negra que le recriminó su negligencia. Le aterrorizó tanto, a él y a la población, que introdujo una nueva imagen en la procesión: la de la Mamá Negra montada a caballo. Tal vez estos días, la citada imagen esté en las oraciones y en las mentes de todos los vecinos de Latacunga.
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La foto del niño

En cualquier lugar del mundo siempre hay un ciudadano o un periodista con la cámara al hombro intentando eternizar en imágenes la belleza y la rabia del mundo, las catástrofes humanas, la vergüenza compartida. En aquella playa turca, en la misma que los turistas masifican sus descansos estivales, la periodista de la agencia Reuter Nilufer Demir captó la instantánea que ha revuelto las conciencias de todo el mundo. Sabemos ahora que se llamaba Aylan, que tenía tres años. Sabemos también que murió su hermano de cinco años, Galib, y su madre, Rihan, de 35. En otra foto, se ve al padre, Abdulá Kurdi, enterrando en Kobane a sus dos hijos.

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Había pagado a los traficantes mil dólares por cada miembro de la familia para que los sacaran de la guerra y les acercara a un hogar improbable en Europa. Aylan no sabía nadar, no tenía chaleco salvavidas. Se le ve tendido, tragando agua marina, tirado en mitad de una playa que no conocía. En realidad, parece que dormía. Todos quisimos pensar que dormía. En las guerras, en cada guerra, hay fotógrafos para dejar testimonio del horror humano. A veces, una sola foto muestra la miseria humana con una ternura despiadada.

Nilufer Demir dice que tiene muchos negativos con fotos niños muertos. Muchos corresponsales de guerra archivan demasiadas fotos de niños muertos. En ocasiones, basta una sola para decirnos dónde estábamos que olvidamos este guerra que dura ya cincos y que ha expulsado de sus tierras a cuatro millones de personas que viven refugiados en otros países que nunca serán suyos, que viven desplazados de sus cales y de sus colegios y de sus centros de trabajo. Que viven, quién lo diría, el dolor de las guerras que nosotros provocamos.

Dónde estábamos cuando Demir captó para la memoria de la infamia esa imagen que nos ha matado un poco a todos. Con quién brindábamos el final de unas vacaciones que serenaron el ánimo que ahora perturba el cadáver de un niño tirado en la arena de una playa turística, muerto sin compasión por el oleaje salvaje de la guerra. Aylan estaba tirado, parecía que dormía, dulce y pequeño, descalzo, con la vida por delante. Parecía que dormía acunado por las aguas mansas de una tregua sin cuartel en una guerra que nunca termina. Y es cierto que dormía: dormía para siempre.
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lunes, 10 de agosto de 2015

Otro asesino muere sin arrepentirse

Los asesinos mueren sin arrepentirse de los genocidios en los participaron convenidos. Como si la mano de Dios los hubiera elegido y les hubiera otorgado del don del horror. En marzo de 2013 el nazi Erich Priebke murió sin arrepentirse de sus crímenes. Asesinó a 335 personas en 1944 por orden de Hitler. Y él obedeció. Faltaría más. En agosto de ese mismo año el nazi húngaro László Csatáry murió sin ser juzgado de los crímenes de los que tampoco se arrepintió. Ayudó a deportar a Auschwitz a 13.000 judíos y en los campos de concentración golpeaba a los niños, y azotaba, torturaba y asesinaba a prisioneros. En junio de 2013 también murió Jorge Rafael Videla. Tampoco se arrepintió de haber colaborado en la desaparición 30.000 personas y de haber 400 bebés. Era católico y la Iglesia argentina le apoyó en el ejercicio del terror en el periodo de 1976 a 1983.

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Ahora ha muerto en Santiago de Chile el militar en retiro Manuel Contreras, símbolo de los crímenes de lesa humanidad, director de la diabólica Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y brazo ejecutor del siniestro régimen de Augusto Pinochet. Su currículum nada envidia a los anteriores: llevó a cabo detenciones ilegales, torturó, ejecutó e hizo desaparecer a miles de chilenos desde el golpe de estado asestado al pueblo en 1973. Estaba condenado a 526 años de cárcel por violación de derechos humanos y esperaba la confirmación de otras sentencias por 578 años más de prisión.

Ha muerto muy viejo, a los 86 años, como los anteriormente citados, en el Hospital Militar de Santiago de Chile, sin haberse arrepentido. El cinismo lo atropelló en los últimos años de su delirio de mártir inocente, cuando afirmó que la DINA nunca torturó, que los muertos fallecieron en combate y que los detenidos desaparecidos no existen, como si se hubieran ausentado como por arte de birlibirloque. No hay señales de locura ni de enajenación en sus declaraciones, como tampoco las hay en las de otros asesinos como él, sino solo la muestra inapelable y cierta de su sinrazón y de sus despropósitos, de su capacidad de maquinar, de encubrir y de negar tales atrocidades, aun cuando la justicia no haya alcanzado a darles café-café ni la Iglesia Católica haya exteriorizado signo alguno de condena.

Cada vez que muere uno de estos desalmados, escribo un obituario. Ese recuerdo es mi insignificante colaboración para negarles el olvido a quienes nunca descansarán en paz y andarán perseguidos en sus tumbas de falsos cristianos por aquellos desaparecidos que nadie sabe ni sabrá nunca dónde les llevó el horror de estos mal nacidos. Esa impostura de nuestra conciencia, esta conformidad desaprobadora pero pasiva, es lo que no alcanzo a entender de este mundo que, visto en días de estío frente al mar, parece más benigno de como nos lo presentan estas necrológicas del disparate.
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jueves, 23 de abril de 2015

Cumpleaños feliz

Hoy cumple años. Un año más. ¿Cuántos? No importa. Aún es joven. Hace casi tres, cruzó el océano Atlántico y se afincó en Lima. Se fue, como tanto jóvenes, para construir un futuro mejor. Cada mañana, se asoma a la ventana y ve el océano Pacífico, que no era su mar. Ahora es el patio de su casa. Vive sola, rodeada de percances, de botellas de vino, de españoles extraviados en el extranjero, de amigos peruanos, de proyectos y de añoranzas. Pero la nostalgia no le puede. Antes, más bien, está dispuesta a dejarse el pellejo en el intento. Tiene una mirada saltarina que controla a regañadientes contra ella misma. Y en la piel, una ternura que le gusta compartir con pocos amigos.

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Estos días anda preparando la fiesta de su cumpleaños, que la posterga para el fin de semana. En esa Lima turbia de nubarrones que nunca rompen, ella sabe acariciar los rayos de sol fugaces e imagina la lluvia ausente en las tardes largas de invierno. Allí la dejé ayer, tan lejos de las noches etílicas en las que nos conocimos. Y allí o aquí volveremos a reencontrarnos, con esa sensación perenne de que nunca se fue de nuestro lado. Helena, bébete mi copa
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martes, 21 de abril de 2015

Lima

El día amanece envuelto en las panzas de burra. La palmera, que divide la ventana en dos mitades desiguales, apenas se percibe envuelta en la niebla. Después, cuando el día se abre, Lima es una ciudad bulliciosa y sensual. Aquí, en el parque del amor, el mar es gris. En otros años, Vargas Llosa paseaba por estas calles recreando personajes y dramas que todos leímos años después. La noche se acerca sinuosa y cubre el barrio de Miraflores de una humedad incómoda que se adhiere a la piel inevitablemente. El tráfico es caótico y sorpresivo.

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Miro el mar manchado de nubarrones grises que nunca alcanzan a ennegrecer. Aquí no llueve. El paisaje tiene un cansancio de tierra desértica, a un lado, y de océano pacífico, al otro. En mitad, la carretera es infinita y agotadora. Un piscosour o un pisco sin más –aquí lo llaman mulita- ayuda a enhebrar el día. Miro por esta ventana que no deja ver el mar, de espaldas al océano Atlántico, de espaldas a ese otro mundo que es el mío y al que un día, de nuevo, regresaré. El tiempo, mientras tanto, es un puente invisible que me lleva por estas calles, que ahora son mías.
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viernes, 3 de abril de 2015

Observando el volcán Pichincha

Miro desde la ventana la presencia imponente del Pichincha, el volcán más próximo a Quito, que se levanta al oeste de la ciudad. Cada mañana, de las dos que llevo en la ciudad, cuando despierto, me gusta observar su tranquilidad inquieta de dragón dormido. Tiene dos cimas principales. La más próxima, el Rucu Pichincha (4.680 metros), inactiva, es la más elevada. La segunda, el Guagua Pichincha (4.794 metros), con mucha actividad, la vigilan los volcanólogos con mucha dedicación.

En 1660, se produjo la erupción más devastadora, que cubrió Quito de 40 centímetros de cenizas. En el siglo XIX, se repitieron otras tres de menor envergadura. En 1981 el Pichincha expulsó solo humo, pero en 1990 se activó nuevamente para escupir una nube en forma de champiñón de 18 kilómetros de altura que inundó otra vez la ciudad de cenizas. Hay quien a atreve a insinuar que esta nube fue provocada, pues coincidió con una crisis económica que no dejaba al país en paz.

Sentado aquí, observando el sueño sigiloso de este gigante de piedra y fuego, uno -paradójicamente- se siente más cerca del cielo que del infierno. Es lógico. Quito, la segunda capital más elevada del mundo, está ubicada a una altura de 2.850 metros. Ya me advirtieron. A esta altitud son normales algunos síntomas. Falta el aire al subir las escaleras y provoca dolores de cabeza o mareos. Para minimizar estos malestares, es mejor echar a un lado el tabaco y el alcohol. Dejando atrás el aeropuerto y entrando a la ciudad, paramos para tomar un mate de coca, el mejor remedio natural contra estas molestias.

Y es cierto. Ayer almorcé solomillo de ternera con vino chileno y cerveza. Eso sí, no abrí la cajetilla de tabaco (se la quedó mi amigo Serrato, como siempre, a quien suelo robarle algún que otro cigarrillo en el puerto). Por la noche, dormí como un león. Igual mi respiración era más abrupta que la del Pichincha, pero me levanté radiante. Ahora, desde la ventana, observo de nuevo su enigma de gigante narcotizado, mientras me preparo para recorrer la ciudad. Es cierto que el mate de coca es milagroso o también puede ser que, como es Semana Santa, los pecados encuentran una más fácil absolución en estos parajes. Sea como sea, cerré la noche con un canelazo que, otro día, explicaré qué es. Vamos, como una caipiriña caliente.

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sábado, 21 de marzo de 2015

Me voy

Pronto me voy. Por poco tiempo, eso sí. Y pronto volveré. Me gusta volver siempre y encerrarme, entre estas cuatro paredes, entre libros y botellas y óleos de amigos, que solo saben pintar la realidad de esa manera desdibujada que yo adoro y que no sé si entiendo. A unos metros, ahí abajo, el río es manso y bravo al mismo tiempo, solitario, atraviesa nuestras vidas y estas tierras, y nunca se diluye, y nunca sabemos que está ahí, como un perro fiel, y sigue su curso indiferente a nuestra indiferencia.

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Yo miro al otro lado, hacia una colina salpicada de casas dispersas y desproporcionadas, que no deben figurar en ningún Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) (decente). Después no miro afuera, sino adentro. No sé si me miro a mí. Qué más da. Será para romper la rutina. Será por rutina que me voy. Después volveré. Quién sabe. Uno nunca sabe nada. Se va un poco, sin saber bien por qué. Y después se queda en otra parte. Uno acaba acostumbrándote a otras rutinas. A cualquiera le puede ocurrir.

Mañana, ya mismo, es otro día. Ahora recuerdo aquella canción de juventud: Day after day. De Dadfinger. Un disco producido por George Harrison. También él murió. La vida que vivimos se va acabando. También murió García Márquez. El País publica ahora su obra completa (o, más bien, incompleta). Entre otras obras, echo de menos: Textos costeños, Entre cachacos, De Europa y América. A la libre, Diatriba de amor contra un hombre sentado o El secuestro. Sin hablar de la obra inédita. Aquí no sé quién hace las cuentas. O será que vivimos del cuento (y de sus cuentos). Mejor me voy a la cama. Pero con quién. Siempre son las mismas dudas a estas horas. Las dudas que a cualquiera le quitan el sueño. Joder, cuando estás solo, las dudas se disipan al instante. Igual, al paso que voy, cualquier día escribo Cien años de soledad. Y no estoy sobrado de soberbias.
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miércoles, 4 de marzo de 2015

Un amor imposible

Un libro recoge la historia que unió y separó a Juan Ramón Jiménez y a Marga Gil Toësset. El poeta moguereño fue su amor prohibido. ‘Marga’ ve ahora la luz tal como el poeta concibió la obra. Una pasión de película que ocurrió en la vida real y que pronto el cine dará vida de nuevo.

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Juan Ramón Jiménez fue el amor imposible de Marga Gil Roësset. Ella tenía 24 años; el poeta, 50. Todas las mañanas le llevaba flores, libros robados de bibliotecas o de particulares, pasteles. Mientras él trabajaba en su despacho, ella moldeaba la escultura de su esposa, Zenobia Camprubí. El 28 de julio de 1932, Marga visita al poeta con el pretexto de recoger algunas herramientas de trabajo. Como otras veces había hecho, le deja a Juan Ramón sobre la mesa de su despacho una carpeta llena de papeles. Le ruega que abandone su lectura para otro día. El poeta observa que lleva un paquete que le abulta. Marga abandona la casa llorando y mirando a la ventana donde el poeta trabaja. Se dirige al Retiro. Después coge un taxi que la conduce al chalet de unos tíos en Las Rozas. Allí, antes de pegarse un tirón en la sien, escribió tres cartas de despedida: a su hermana Consuelo, a Zenobia y a sus padres.

Poco antes, Zenobia y Juan Ramón, alarmados por la madre de Marga, la buscan infructuosamente. Cuando llegan junto a ella, Marga agoniza. Le había dejado al poeta en su mesa unas cuartillas a modo de diario en las que le declaraba su enorme amor y la culpabilidad por haber intentado traicionar a Zenobia. Unos días después, Juan Ramón ordenó construir un mueble de roble donde quedaron depositados la escultura de Zenobia, los objetos de ella y sus manuscritos. Carmen Hernández-Pinzón, sobrina del poeta, y Marga Clark, sobrina de Marga, han hecho posible la publicación de estos manuscritos según la edición ya preparada por el poeta moguereño. Un diario que muy pocos conocían y que abandona para siempre el olvido tantos años después.

El conjunto de esta obra lo conforman 74 páginas, que reúnen portadas, portadillas, notas de Marga, fotografías, recortes de prensa, las cartas de despedida, textos de Juan Ramón y de Zenobia. El Diario lo componen 47 folios, escrito en el último mes de su vida. La edición, por lo demás, respeta la ortografía de Marga, que sigue el uso juanramoniano de cambiar la g por la j y la x por la s ante consonante.

Marga era poeta, pintora, escultora, tocaba el piano, hablaba cuatro idiomas y fue una de las primeras mujeres en esculpir directamente sobre la piedra. En 1932, unos meses antes de su muerte, conoce a Juan Ramón y a Zenobia. De inmediato se establece una sintonía especial entre Zenobia y Marga. Deciden entonces que Marga realizaría los bustos de Zenobia, primero, y de Juan Ramón, después. Solo acabó el primero. El día que se mató, después de dejar su diario en la mesa de Juan Ramón, fue a su taller y destruyó la mayor parte de su obra, incluidas las placas de fotografías de sus esculturas. Excepto el busto de Zenobia.

Los hermanos de Marga, Consuelo y Julián, buscaron en el olvido el mejor cobijo donde alojar esta historia, tal vez por proteger su memoria, quizás también por miedo a dar a conocer las razones de esta muerte tan desafortunada. Pero esta historia trágica, obviamente, también ha jugado contra el conocimiento de su propio ingenio talado a tan temprana edad y sepultado durante 65 años. Entre sus aportaciones, llama la atención, sobre todo, uno de los dibujos de Marta, titulado Las cerezas, que tanto recuerda al dibujo de Le petit prince, pues se considera que su autor, Antoine de Saint-Exupéry, se habría inspirado en él, solo que 17 años después de que Marga los dibujara.

En este Diario que ahora ve la luz, Marga escribe a Juan Ramón: “Casarme… irme contigo… lo que fuera… como tú quisieras… sintiendo que me querías…”. Y añade: “Pero… como no es así… por nobleza… por quererte… por egoísta que soy… me mato”. Aún agonizante, Juan Ramón la describe así: “Un tiro en la cabeza, con la belleza no destrozada, descompuesta. Su mano estaba caliente, latía el pulso. Sangre a borbotones por la boca, la frente vendada de gasa. Una mirada ancha dilatada, salida, pero ¿sin ver?”.
Todo está escrito en este libro, Marga, que el olvido no logró arrebatarnos, publicado ahora por primera vez por la Fundación José Manuel Lara y que Juan Ramón dejó presto para la imprenta, aunque tampoco él pudiera adivinar que el silencio se prolongara todavía muchos años más allá de su propia muerte.

(Publicado en el diario Córdoba el día 3 de marzo de 2015)
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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Los terrores de la Navidad

Para quienes no amamos estas fechas por razones obvias, John Updike y Edward Gorey publicaron en 1993 en Estados Unidos un libro que a mí no me hubiera importado firmar: Los doce terrores de la Navidad. Updike es un escritor nortemaricano que los tenía bien puestos y un clásico de la narrativa del siglo XX. Gorey, un ilustrador excéntrico que siempre encontró un equilibrio inquietante entre el humor ácido y la ternura o, como diría Carlos Zanón, también es el tipo al que Tim Burton le debe mil cervezas.

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Este libro tan pequeño y oportuno lo tenemos ahora en tiendas y librerías para deleite de quienes nos gustaría quemar con fuego y palabras precisas estas celebraciones de la nostalgia repetida. En sus páginas reconoceremos a un Papá Noel con “un extraño olor a ron”, que cobra el paro once meses al año y que extrañamente vive en el Polo Norte, donde nadie querría vivir, que se pasa en vela toda la noche volando por el cielo para repartir regalos a niños que ni los merezcan, un hombre sin dirección plausible, tal vez, como dicen los autores de este opúsculo, una tapadera siniestra de una estafa internacional.

El libro recuerda también a los ayudantes de Papá Noel, esos elfos sometidos a condiciones laborales de explotación, el árbol de Navidad, horroroso en campo abierto e indescriptible en mitad del salón, los renos, los repetitivos villancicos, que vuelven y vuelven a volver por Navidad, los programas especiales, el miedo a que los Reyes Magos hayan perdido nuestra dirección, a que ella la haya olvidado para siempre, las devoluciones en enero de los regalos que nunca quisimos.

Después de todo, como escriben Updike y Gorey estas fechas son “el humillante descenso al cuarto de calderas del mercantilismo”. En fin, compra este libro y regálalo a quien más quieras. Después de unos dulces de harina dulce y amazacotada viene bien como digestivo. Para entonces igual es ya año nuevo y tenemos doce meses para olvidarnos de estos días inclementes y llenos de vacíos imponderables.
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lunes, 23 de junio de 2014

Algunas frases

Amo a aquellos escritores que miden las palabras milimétricamente y después la envuelven de un aura que perdura en la memoria inexorablemente, aquellos escritores que, de vez en cuando, sueltan una frase tremenda o lapidaria, en mitad de una narración, que se queda clavada en las vísceras como una bala perdida en alguna guerra de la que no tenemos conocimiento. El mar, escribe Javier Aparicio Maydeu, es el símbolo de esa literatura de exactitud y de sutilezas de que hablo.

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En esta obra, escribe su autor: “Sigue ahí, ese puente, justo detrás de la estación. Sí, las cosas perduran, mientras la vida pasa”. John Banville es así. También lo es Benjamin Black. Más que su seudónimo, su alter ego. Vas leyendo, sin privaciones, la historia, te dejas llevar por un bosque penumbroso que anuncia un cielo azul y, sin que puedas evitarlo, te golpea con de vez en vez con frases hechas para perdurar, para conmover. Como flechas invisibles, no sientes que atraviesan la piel y se incrustan para siempre muy adentro. Después, adivinando un camino sin indicación alguna, sabes que el dolor y la luz que provocarán ya son inevitables.

Hace unos días fue distinguido con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y andaba confuso, pues no sabía si el galardón lo recibiría de manos del Príncipe, ya rey, o del rey, ahora también rey. Igual le da lo mismo. Porque andará abriendo en canal el alma humana por si se tropieza con engrudos aprovechables para aliñar una trama detectivesca o si se muestra capaz de deslumbrarnos con ángulos invisibles desde donde retratar la existencia humana. Es lo que les pasa a los grandes escritores: que los premios los despistan en ese instante, pero después agachan la cabeza y se tropiezan con una frase que no saben muy bien qué hacer con ella, como no sea buscarle una narración que en ese punto comienzan a escribir.
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domingo, 20 de abril de 2014

Adiós, Gabo

Llevo dos días leyendo informaciones, crónicas y artículos sobre Gabriel García Márquez. Ahora escribo escuchando boleros. ¿Cómo homenaje personal? ¿Cómo un método para no sucumbir a las tenacidades de la vida? Tal vez ahora poco importe. Lo conocí en 1986 en Sevilla, con la Torre del Oro como telón de fondo. El Correo de Andalucía fue el único diario local que lo localizó. Era un domingo de septiembre. Un camarero del restaurante Río Gran nos dio el aviso. En otros años, los taxistas eran delatores de la policía, y los camareros lo eran de los periodistas.

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Tenía unos ojos muy oscuros y una mirada penetrante y adivinadora. Sus manos eran femeninas; las espaldas, anchas; el bigote, denso; la palabra, precisa. Le gustaba hablar, pero siempre buscando la frase precisa, el aforismo inteligente no exento de ironía y de una sonrisa siempre presente que le marcaba un sesgo que nunca logró borrar del todo en ninguna fotografía. Yo tenía entonces 28 años, me había leído y releído su biografía y su obra hasta la saciedad, pero siempre acababa encontrando, por debajo de la epidermis de cada párrafo, una relectura encubierta que ampliaba el horizonte estrecho de la primera vez. Él había cumplido los 58, escribía El amor en los tiempos del cólera y algunos cuentos cuyo título aún no adivinaba.

Eran las 22.22 de este jueves santo cuando recibí un mensaje de Miguel Ángel León. Antes de leerlo, se lo dije a mi hermano: “Ha muerto García Márquez”. La noticia tenía que darla él, que fue el fotógrafo que ilustró aquella entrevista de 1986. Como nos enteramos por sorpresa de su presencia en Sevilla, le pedí que me dedicara el libro que llevaba en lo alto, de su amigo Julio Cortázar. Mercedes Barcha, su mujer, lamentó la pérdida del escritor argentino: “Julio, pobrecito, qué pena”. El libro, titulado Argentina: Años de alambradas culturales, era una recopilación de textos sobre la dictadura militar este país. Gabo me dijo que no lo conocía, y yo le dije que era una obra póstuma, recién aparecida en las librerías. La dedicatoria es distinta a todas y es hermosa: “Para Antonio, en nombre de Julio”.

Hace unas semanas escribí en este blog sobre su 87 cumpleaños. Fue como una premonición. Ahora ya no está con nosotros, o tal vez lo está como lo estuvo siempre: en sus libros. Me lo volví a encontrar en Cuba casi veinte años después. Como algunos curas, no me soltaba las manos y tenía el tono de su voz un cierto aire de predicador laico que no le reconocí en Sevilla. En 2006 volvimos a reencontrarnos en México y viajamos en el mismo avión de México DF a Guadalajara. Se apoyaba en el bastón para andar y se le veía ya en los años una vida marchita que no se decidía a abandonarle o que él bien la engañaba hasta hace solo unos días.

Un día de estos volveré a releer alguno de sus libros y esperaré a que la familia publique esas obras inéditas y póstumas para que me resucite un recuerdo que todavía no doblego al olvido. Tal vez ahora sea el momento de escribir todos aquellos proyectos que siempre fui abandonando al paso del tiempo, esas reflexiones sobre su periodismo y su literatura, sobre su modo disciplinado de trabajar y de renovar las técnicas de la escritura.

A los 15 años me leí El coronel no tiene quien le escriba. Esa escritura fría y contenida me atrapó para siempre. Ahora estoy en el restaurante Río Grande, escribiendo en una libreta de alambres sus respuestas a mis preguntas. El me observa mientras escribo y todos callan. Mercedes, su mujer, su hijo Rodrigo, Chamaco el torero, Miguel Ángel el fotógrafo. Él me dice, con los ojos fijos y profundamente negros, que está escribiendo la que será su mejor novela. Mi gesto de duda no le agrada, pero no dice nada. Lo repetirá después muchas veces, tal vez para desembarazarse de ese sambenito de que Cien años de soledad es su obra maestra. Pero ya sabía entonces que la sombra de ese libro es alargada e inmortal. Como su propia figura.

Adiós, Gabo, amigo.
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domingo, 9 de marzo de 2014

Los 87 años de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez ha cumplido 87 años. Lo vi sonriendo, sin memoria, ajeno al mundo que había inventado y llevando los años como mejor puede. Cuando lo conocí en Sevilla en 1986 era un hombre lleno de energía, pletórico, consciente de que había escrito una novela que había roto todas las fronteras hasta entonces invulnerables. Le dio por meter la ingeniería del reportaje en ese género literario y condimentarlo con una imaginación sin parangón posible. El Premio Nobel se le resistió solo unos años.

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Entonces andaba metido en la que él considera su mejor novela, aunque ahí yerra. El amor en los tiempos del cólera era todavía un amasijo de folios sin título siquiera. Intentaba también poner orden en un libro de relatos. Tenía esbozos de más de más de 70 textos, pero al final se quedaron en muchos menos. El libro se titularía Doce cuentos peregrinos. Pero el libro que no le dejaba en paz era un texto periodístico con título definitivo: Cuba: la vida durante el bloqueo. Como el bloqueo a la isla por parte de Estados Unidos nunca alcanzaba el final, abandonó el manuscrito en un bloqueo definitivo hasta que la propia realidad le pusiera el punto final.

El libro sobre Cuba, hasta hoy, no ha llegado a publicarse y, probablemente, ande cogiendo el polvo que la propia historia desempolvará cualquier día. No es el único manuscrito que espera un mejor destino. Volví a reencontrarme con él en México en 2006, y unos años antes en Cuba. Me dijo que Memoria de mis putas tristes no sería su última novela. Me confesó que tenía otra ya terminada, pero le gustaba después de escribirlas dejarlas unos años que maduraran por sí solas. También tiene publicados algunos relatos de un libro inacabado.

Pero la vida le ha quitado la memoria y vive feliz en un mundo sin recuerdos posibles, probablemente en una ficción que no reconozca como propia y por la que vaga sin rumbo como si fuera una novela interminable. Tal vez Mercedes no quiera que esa novela navegue por el mundo sin la consciencia del escritor. Sin que su legítimo autor le dé el pistoletazo de salida para su impresión. Mientras esperamos esos libros de los que no sabemos más, él ha celebrado su cumpleaños con la sensación soberbia, tal vez, de que la vida y la ficción son una misma cosa.

Maestro, nunca dejo de leerte. Es mi regalo por tus 87 años sin soledad.
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domingo, 16 de febrero de 2014

El mundo es insignificante

El espigón de los sueños rotos que separa África de Europa es una línea invisible en la costa de Ceuta, donde el desastre y la mala fortuna se dan la mano con demasiada familiaridad. El 6 de febrero, 300 subsaharianos se echaron a las aguas del Mediterráneo buscando una salida digna a sus propias vidas. 15 de ellos encontraron la muerte. El resto, la desolación. Las versiones, como siempre en estos casos, tan dispares. Por un lado, el Ministerio del Interior. Ni sabe in contesta. O responde lo que quiere. Por otro, las ONG y los inmigrantes. Comiendo arena envenenada en las playas.

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Los inmigrantes se habían citado a media noche. Era una noche fría. Llegaron a la valla que aísla a la ciudad autónoma del resto de África. Bajaron las lomas del Auyal y alcanzaron la verja del paso del Biutz. Ahí se dividen. Un grupo se dirige a la costa. Decenas de ellos intentan llegar a nado a suelo español. Flotadores y chalecos hechos con botellas de agua para evitar el hundimiento es toda su logística. Apenas 30 metros para entrar en el paraíso. Ahí los guardias civiles les disparan bolas goma y cartuchos de fogueo. Esta intervención provoca el pánico y el pánico, a su vez, 15 víctimas. Regresan a Marruecos con los sueños truncados y ellos mismos sacan a los muertos del agua para rezarles y llorarles. Esta frase define la tragedia: “Nos disparaban como a pollos”.

Luego, ya se sabe, vienen las versiones, las disculpas, las acusaciones mutuas, la negligencia. En mitad, una raya en el agua y 15 ataúdes. Graham Greene escribió que él era reportero y que Dios solo existe para los editoriales. A mí me ocurre igual. Prefiero alagarme en los hechos que halagar o condenar los designios de dios en la tierra y las maldades de los hombres en las aguas fronterizas del infortunio. Duelen los hechos y sobran las excusas. Los desheredados del mundo bebieron esta vez café con agua salada. Es el precio de todo sueño imposible. Sus compañeros de epopeya lloraron los cadáveres. Dios andaba, como algunos monarcas, matando elefantes por las nubes. Visto desde arriba, el mundo es insignificante.
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martes, 26 de noviembre de 2013

Poniatowska

Durante años busqué en todas las librerías un libro que no me dejaba dormir en paz: La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. En uno de mis viajes de México logré localizarlo: solo quedaba uno en la editorial. Después sospecho que lo habrán reeditado alguna vez. El libro cuenta la represión llevada a cabo por el presidente Gustavo Díaz Ordaz en 1968. Todavía hoy la cifra de muertos en aquella matanza en la que fallecieron sobre todo estudiantes nadie la ha podido concretar.

El libro es una narración coral, en el que la autora presta la voz a los estudiantes y maestros presos en la cárcel de Lecumberri (donde anduvo preso también Álvaro Mutis), pero también recoge frases publicadas en la prensa, eslóganes de las pancartas, grafitis, gritos que coreaban los manifestantes. Todas las voces que ninguna memoria hubiera podido alojar en su seno están recogidas en este volumen. Sorprende la generosidad de su autora, que apenas habla en este libro, o bien dicho de otro modo, ella habla por todos porque fue quien recogió en estas páginas la voz de todos aquellos que se quedaron sin palabra. Como bien ha escrito Rosa Beltrán, Poniatowska es una de las autoras pioneras en la inclusión de la oralidad y la transtextualidad mucho antes de que estos términos fueran adoptados y puestos en valor por la academia.

Hace un par de años la conocí cuando vino a España a presentar su novela Eleonora, en la que dibuja con trazo melancólico y seguro la vida de la pintora inglesa Eleonora Carrington. Era una anciana guapa y pulcra, con una sonrisa inevitable que contagiaba a todos, menuda y elegante, con un pelo blanco y desordenado a su antojo. La Poniatowska mantenía una estrecha amistad con la Carrington, de la que decía que era muy mal hablada –lo decía riendo-, y a la que le encantaba el pastel de chocolate y de vez en cuando tomar un “tequilita”.

Leonora tenía entonces 95 años y vivía en México. Le pregunté por su estado. Y Leonora me dijo: “Voy a verla cuando regrese a México, pero sí, cuando yo me fui, la vi un día antes de tomar el avión y sí sentí que había dado un bajón, que no estaba tan bien como antes”. No sé si llegaron a verse. Un par de semanas después, esa inglesa mal hablada falleció. Ahora a Elena Poniatowska le han concedido el Premio Cervantes. Leo su dedicatoria, donde me escribe su dirección y su teléfono. “Si te pasas por México, hazme una visita”, me dijo. Claro que lo haré. Solo por haber escrito La noche de Tlatelolco –un título que nunca logro memorizar- se merece un reconocimiento como el Premio Cervantes, una razón justa para que con él la memoria colectiva no se atreva a olvidar a todos los muertos y reprimidos en la noche de Tlatelolco.
PARA LA FOTO
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domingo, 24 de febrero de 2013

El sabor que deja leer un buen libro

Un fin de semana es un tiempo magnífico en febrero para pasear con un amigo por un cigüeñal próximo a Isla Mayor, entre los arrozales que anuncian el Coto de Doñana, pero también para sumirse en la profundidad de un libro cuyo autor nunca antes habías leído. Eso me ocurrió con El último encuentro de Sándor Márai, un escritor húngaro que había nacido en 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia.

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Durante el régimen de Horthy en los años veinte se exilió a Europa, hasta que con la llegada del régimen comunista en 1948 se exilió definitivamente a Estados Unidos. Pocos meses antes de la caída del muro de Berlín, en 1989, se quitó la vida en San Diego, California.

Hay libros, como este, que parecen escritos para uno o, mejor dicho, escritos por uno mismo. Libros en los que te recuestas en las siestas todavía frías de febrero y te traen recuerdos de una vida que es tu propia vida, como extraídos de una memoria oculta que nunca has compartido con nadie. Libros en los que subrayas frases en muchas páginas con el pretexto de recobrarlas cualquier día por alguna razón que en ese momento ignoras. Hay libros, como este, para releer cuando no hay otro libro más necesario y reconfortante para el espíritu.

Sándor Márai escribe en esta novela: “Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí que envejece uno, fatal y definitivamente. Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado”.

Alguna vez he sentido como propio este pensamiento, la sensación de que una parte de la vida la has consumido de golpe o, más bien, de golpe te das cuenta de que la vida se consume inevitablemente, y que los años, aun ausentes a la aguja del reloj que da vueltas siempre sobre el eje de la misma esfera, transcurren con una lentitud inmutable y una transparencia inútil de suceso inevitable.

Cierro el libro y no abro otro. Como después de beber una copa de buen brandy, como después de besar a una mujer que siempre soñaste como un sueño propio e inalcanzable, salgo a la terraza y pienso que los días son ya más largos y la nostalgia menos densa que antes, hace solo un mes. Y después camino sin rumbo pensando qué libro leeré más tarde, cuando el placer consumido de este último te pida de nuevo oler la tinta de otras páginas.
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martes, 12 de febrero de 2013

Desvaríos seniles

Colecciono conchas de mar y cuencos de cerámica artesanos de diferentes países, piezas de madera talladas, grabados, libros, pero también conservo, no sé por qué razón, recortes de prensa. En fin, páginas de periódico que anuncian noticias curiosas o sorprendentes, tristes o insólitas. Es un hábito del que no logro desprenderme y que me acompaña desde aquellos años en que opté porque el periodismo fuera parte imprescindible de mi vida.

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En general, son informaciones poco destacadas en los diarios, breves y desprovistas de todo elemento gráfico o tipográfico que las destaque sobre las demás. Al contrario, las encuentro en páginas pares, en el faldón de la página, metidas con fórceps y medidas con cuentagotas, extraviadas entre otros textos periodísticos que encabezan la página con títulos llamativos y otros elementos de titulación complementarios, con fotografías o infografías, con despieces. Son noticias mínimas que narran extravagancias o hechos que parecerían disparatados si no es porque son ciertos.

Un día, buscando documentación para un congreso, me tropecé con uno de estos textos que, con el tiempo, he podido comprobar que no es tan extraordinario ni sensacional. Ocurrió en una residencia de Manoteras (Madrid). Al parecer Isabel Pérez un buen día optó por llevarse a la madre del citado centro. Julia, de 85 años, así se llamaba la anciana, entró por su propio pie, porque todavía la edad no le impedía moverse tal como la voluntad así le requería.

Sin embargo, la última vez que Isabel fue a visitarla tenía una enorme dificultad para andar por el dolor que le producía un tobillo hinchado. No era la primera vez que la hija había encontrado a la madre en este lamentable estado, de manera que, llevada por el sentido común, escribió dos cartas de reclamación al centro, pero ya que la iniciativa cayó en saco roto, optó por poner una denuncia en un juzgado de guardia de la plaza de Castilla.

Los resultados de las pesquisas judiciales concluyeron que las personas encargadas de vigilar a los ancianos en al menos cuatro ocasiones entregaron a la madre las medicinas equivocadas y en otras dos ocasiones le faltó, tal vez por falta de presupuesto, el medicamento más necesario: el Sintrón. En la administración del centro, la respuesta era contundente respecto a esta carencia: no había repuestos en el almacén. El trato que sufrió la madre no acaba aquí.

Otro día, Isabel la encontró empapada en orín. En otra ocasión, atada con una soga a la silla para que no lograra extraviarse por las instalaciones del centro y tampoco diera quehacer a las trabajadoras mientras realizaban otras labores propias de su condición de criaturas diestras en la limpieza. Otra vez, en que el frío era el protagonista de una jornada invernal, la hija encontró a la madre sin abrigo tiritando en el salón de la televisión. Esta vez la respuesta del centro no dejaba lugar a dudas: las auxiliares titulares se encontraban de vacaciones y las suplentes no conocían a los residentes.

Isabel Pérez no fue la única persona en denunciar estos hechos. Por aquellos días, otros 214 familiares de residentes habían reclamado por escrito estas carencias y otros abusos. Pero el director del centro, aplicando como cierto el principio de Peter, ni corto ni perezoso, fue autista frente a este estado de los hechos. De manera que hizo circular una orden interna que determinaba reducir la cantidad y la calidad de la comida de los 300 ancianos del centro con el objeto de que todos pudieran contribuir con un leve esfuerzo de inanición a ahorrar del menguado presupuesto del que disponían para llegar a final de mes.

Ni que decir debo que no fue sólo Isabel Pérez la única persona que salió de la tal residencia acompañada de algún familiar. El director fue cesado de manera fulminante por la consejera de Asuntos Sociales que, por supuesto, no sabía nada del asunto. Cuando leí la noticia no entendí por qué no ocupaba un lugar destacado en el diario, pero ahora lo sé.

Desde entonces, me he tropezado con algunas noticias cuyo contenido no difiere mucho del antes citado, y es obvio que noticia es todo acontecimiento nuevo, novedoso. Incurrir en reiteraciones es cualidad de periodistas torpes y de segunda fila. En fin, los ancianos a fin de cuentas tienen goteras por todo el cuerpo y una píldora u otra no les van a aliviar de la soledad que sufren, que ya se sabe que no tiene tratamiento, ni de otra muerte que no sea la que dios les ha asignado. Desvaríos seniles.

Ahora he leído Arrugas, y ya sé dónde se inspira Paco Roca para escribir esas historias tan certeras y humanas. Una historieta de cómic que llega más allá de donde se quedó el periodismo: a describir con minuciosidad la puñetera realidad.
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lunes, 11 de febrero de 2013

Las gafas de Gandhi

Hace unos años leí en la prensa que algunas pertenencias del líder espiritual Mahatma Gandhi iban a salir a subasta. Entre ellas, sus míticas gafas redondas metálicas y las sandalias que llevó cuando predicaba la paz y la desobediencia civil por los caminos de la India. El lote lo complementaban un plato, un cuenco con una inscripción grabada y un reloj de bolsillo. Prácticamente éstas eran todas sus pertenencias.
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No supe quién había adquirido este patrimonio tan singular del líder hindú que ofertaba la firma helvética Antiquorum en Nueva York. Al fin pude saber que, aunque inicialmente el conjunto había sido valorado entre 20.000 y 30.000 dólares, finalmente el comprador, un hombre de negocios indio llamado V. J. Mallya, pudo adquirirlo por la astronómica cifra de 1,8 millones de dólares.

Como es lógico, la familia de Gandhi estaba indignada. Un biznieto, Tushar Gandhi, hizo lo imposible por evitar la venta. También el Ministerio de Cultura de India mantuvo reuniones con abogados para estudiar si era posible detener la subasta por la vía judicial. Ya en 1996, un tribunal dictó una orden con la que logró detener la subasta de unos manuscritos de Gandhi en Londres.

Aunque entiendo la actitud de la familia del líder indio y las acciones del Gobierno de India por recuperar un material tan simbólico para el país, más me atrae la figura del dueño de los objetos que los envió a subasta. Se trata de un coleccionista estadounidense llamado James Otis quien anunció que emplearía los beneficios para financiar programas contra la violencia, pero que también propuso donar esos objetos a India si el Gobierno adoptaba medidas políticas que “hagan a Gandhi sentirse orgulloso”.

Cuesta entender cómo este coleccionista dedicó años de su corta vida a localizar y coleccionar objetos inservibles de un ser a quien tanto admiraba y que nunca lo hizo con fines comerciales. Puedo entender la actitud de la familia y del Gobierno indio, pero me fascina esta otra vocación por recuperar en silencio un patrimonio que es un icono universal de sublevación y rebeldía.

En efecto, las gafas redondas, metálicas o de pasta, siempre fueron un símbolo contra el poder impuesto. James Joyce usaba gafas redondas de pasta, pero John Lennon, Ozzy Osbourne y Janis Joplin, por ejemplo, escondían su mirada en gafas redondas metálicas.

Las gafas metálicas con forma redonda y sin cristal también se pueden utilizar para el disfraz de época en cualquier carnaval de ocasión, a fin de imitar al científico o al hippy, como de vez en cuando también podemos detectar en algún que otro profesional del humor. Mi generación, secuela de la cultura beat y el movimiento hippy, adoraba las gafas redondas, icono de inconformismo y compromiso con una revolución que entonces soñábamos posible. Yo aún guardo mis gafas redondas de oro que mis padres me compraron cuando me fui a estudiar Periodismo a Madrid y que aún conservo como patrimonio deshecho de un pasado que se nos escapó apenas sin darnos cuenta.

Hoy se subasta todo. En la misma subasta en la que India perdió las gafas de Ganchi, se subastaba un reloj de pulsera Nastrix de oro, que perteneció al presidente John F. Kennedy, y que su viuda Jacqueline regaló después a su también marido Arsitóteles Onassis.

En junio de 2007 también se subastaron las gafas de John Lennon. Pertenecían a Junishi Yore, un productor japonés de televisión que fue traductor de los Beatles en 1966. Las gafas se subastaron con una nota manuscrita de Yore donde cuenta cómo se hizo amigo de Lennon y que antes de separarse John le dio sus gafas y éste unas tazas de cobre.

Las gafas redondas metálicas son icono de rebeldía, pero además cada par de lentes carga con su propia leyenda intransferible. Se dice que Gandhi regaló un mismo par de gafas redondas a un oficial del Ejército en los años treinta, y le dijo que a través de ellas había visto “una India independiente”.

Cuando Lennon fue asesinado en 1980 en Nueva York, Yore extrajo los vidrios de las lentes de acuerdo con una tradición japonesa que llama a que los vidrios sean removidos para que el alma pueda ver la vida después de la muerte. Las gafas de oro que yo conservo de aquellos años en que creíamos que la revolución era posible también tienen su leyenda pero yo no he sabido deletrearla todavía, porque dicen los sabios que mientras su propietario viva las lentes no permiten que otros ojos alcancen a ver el pasado y el futuro que esconden.
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jueves, 22 de noviembre de 2012

Los vinos nuevos de tinaja


Cada año, el otoño trae al Aljarafe sevillano el sabor fresco e irrepetible del mosto. Así han denominado siempre en esta comarca al vino nuevo, no para referirse al zumo de uva, sino al vino ya fermentado de la última vendimia. Como una ceremonia que se repite sin apenas variantes, estos pueblos celebran como un maná único el aroma afrutado de estos vinos. Sevilla no es ciudad vinatera, sino cervecera de pulso y de tradición.

Pero alcanzadas estas fechas, estos pueblos, que anuncian el paso a la provincia de Huelva, abren sus cascos de bodega y otros cascotes improvisados a visitantes propios y foráneos, que festejan el otoño con largos tragos de vino. Es un hábito y una fiesta particular que se repite desde hace más de treinta años en una zona en la que los vinos son cada día más escasos y en la que con toda probabilidad algunos de los caldos que degustamos estos días son fruto de otras comarcas ajenas o limítrofes.

El origen de esta tradición se remonta al hábito de vender este mosto a granel en antiguas bodegas que, mor de los nuevos tiempos, se han transformado en bares y restaurantes, y donde los vecinos, mientras les llenaban el recipiente de estos caldos afrutados, mataban la espera con unas virutas de panceta ibérica y un trozo de pan, que acompañaban con un vaso de este vino nuevo.

En la zona Montilla-Moriles, sin embargo, el vino mosto siempre fue un trago fiel a boca de tinaja, una ceremonia improvisada en la que romper el velo de flor era un festejo y un hábito; pero no era un reclamo publicitario, sino una seña de identidad, un vino que se bebía entre íntimos sazonado con los productos de la matanza. Tanto es así que la bibliografía especializada apenas dedica unas líneas a este vino nuevo, porque desde siempre se ha aplicado todo el empeño y la sabiduría al estudio, elaboración y comercialización de los vinos de crianza.

Una noche de excesos en Madrid, con Carmen Calvo, Pepe Nevado y Antonio Gala, cuando ya teníamos el color cardenalicio de los tintos dibujado en las chaparretas de nuestra propia mirada, el escritor cordobés, que presume como nadie de conocer bien esta tierra, se sorprendió de la descripción de aquellos vinos afrutados que se bebían a boca de tinaja después de haber roto el velo de flor.

Le explicamos en qué consistía aquella ceremonia mágica, y tampoco sé qué pasaría por su cabeza en aquellos instantes, porque me insistió e insistió en que quería participar personalmente en aquel acto de romper la virginidad a alguna de aquellas tinajas de la sierra de Montilla. Y así fue. En diciembre de 1996, la Cofradía de la Viña y el Vino lo nombró embajador de los pagos de estas tierras, antes de recorrer la Ruta de los Lagares de la Sierra.

Desde luego, la anécdota no es baladí –nunca mejor utilizado este término-, porque nos muestra a las claras cómo este mundo del vino de tinaja era hasta hace poco un tema sólo de andar por casa. Primero, la Cofradía de la Viña y el Vino inventó la Ruta por los Lagares de la Sierra. Después, la Asociación de Lagares rentabilizó el proyecto con vistas a dinamizar la economía de la zona con la comercialización de estos caldos.

Tiene el otoño en estas tierras un paisaje tópico de estación nostálgica. En otras regiones, el otoño es un invierno anticipado y descontextualizado, lluvioso en exceso y frío sobremanera. Aquí, el otoño trae las tierras pardas, los pámpanos amarillos, los sarmientos quemados. La tierra es austera o pobre, y los cielos nublados y el frío incipiente visten la estación de un tiempo efímero que anuncia el intempestivo invierno.

Los terrenos aquí son ondulados y blancos. Suelo de alberos o albarizas, pobre en materia orgánica natural, poco fértil y con alto grado retentivo de humedad. La vid, se sabe, no habita suelos ricos, sino terrenos marginales y pobres siempre que sean profundos. Su raíz, en busca de agua y nutrientes, puede alcanzar hasta los cuatro metros, característica ésta que favorece su cultivo en climas cálidos y secos.

Hasta hace unos años, un paseo en estas fechas por la sierra de Montilla nos mostraba unos campos que tenían amplias zonas de tierras peladas, donde antes la viña o el olivo tejían una abrupta alfombra de ramas y de troncos y de frutos. La vida ha vuelto a estas tierras, y con las nuevas tierras cultivadas, hemos recuperado también la Fiesta del Vino Nuevo.

El vino joven, denominado indistintamente, según la zona, "mosto", "vino mosto", "vino nuevo" o "vino de tinaja", es vino sin crianza, con aromas primarios, propios de la variedad; y secundarios, generados en la fermentación. Son vinos frescos, aromáticos y de una equilibrada acidez.

El "vino nuevo de tinaja de Montilla-Moriles", como ahora se le denomina, es el vino joven más común, la variedad más tradicional. Su graduación mínima es de 13 grados, pero lo común es que alcance los 14 o los 15. Procede de la uva Pedro Ximénez.

Visto al trasluz del catavinos este vino es pálido, amarillo verdoso, limpio y brillante. Suele tener aromas fermentativos. Pero cuando la fermentación se ha llevado a cabo en tinajas de cemento tradicional o “conos”, como se les llama en estas tierras, presenta aromas a levadura, a miga de pan recién cocido, a tierra mojada, en detrimento de los aromas varietales, para los que la uva Pedro Ximénez no es generosa.

En la boca, el punto del carbónico le presta una alegría imprescindible de frescura. Es suave, casi dulce, por su falta de acidez, lo que lo hace menos brillante que otros vinos jóvenes, pero más agradable de beber.

De esta misma variedad de uva proceden los vinos jóvenes Pedro Ximénez. Estas uvas, como se sabe, se exponen al sol hasta su pasificación. Son vinos muy dulces, con contenidos superiores a 250 gramos de azúcar por litro, aunque lo normal es que alcancen hasta los 400 gramos por litro.

Su contenido alcohólico suele ser de 15 grados. Es un vino con aromas a frutas pasas, a higos, a miel o a dátiles. En el paladar es suave, denso y untuoso, aterciopelado. Su color va del ambarino con brillos rojizos hasta caoba.

Sin embargo, el mapa de variedades de estos vinos jóvenes se ha ampliado considerablemente en los últimos diez años. Los planes de reestructuración y reconversión varietal del viñedo han introducido en la zona de Denominación de Origen Montilla-Moriles nuevas variedades de viñas.

Como es lógico, estos vinos nuevos reproducen aromas y sabores característicos de la uva de que proceden. Los vinos procedentes de la uva chardonnay son de color blanco pálido y brillante, con aromas más fragantes, a frutas tropicales, a plátano y a manzana. En la boca mantienen una equilibrada acidez.

Los vinos elaborados con verdejo nos devuelven aromas a frutos cítricos, más al limón y a la lima que a la naranja. Son de color amarillo pálido, y ácidos en la boca. La sauvignon blanc, por el contrario, nos trae aromas de manzana verde; y la moscatel de grano duro, olor a rosas o florales.

Todas estas variedades de uva fermentan en depósitos de acero inoxidable a temperaturas controladas de 18 a 20 grados centígrados, con el fin de preservar sus aromas. Suelen alcanzar una graduación natural de entre 10 y 13 grados.

Normalmente, estos vinos se comercializan en “coupage”, es decir, mezclados con otras variedades de uvas, incluida la de Pedro Ximénez de la zona Montilla-Moriles. Son vinos de color pálido, con tonos más o menos verdosos o dorados, y ligeramente ácidos en la boca.

Pero desde el año 2000, esta reestructuración y reconversión de la zona ha abierto sus posibilidades de mercado también a los vinos rosados y tintos jóvenes, con una denominación específica: “Vinos de la Tierra de Córdoba”. Estas uvas tintas alcanzan ya una extensión en torno a las 900 hectáreas y suponen un pilar importante para la revitalización de la actividad vitivinícola de la zona Montilla-Moriles. Las variedades más comunes son la cabernet sauvignon, la merlot, la syrah y la de tempranillo.

Estos vinos rosados alcanzan los 11 grados. Su color va del rosa pálido a otro más ligeramente anaranjado. El aroma es fresco con toques afrutados. Su sabor es suave, armónico y característico. Los tintos jóvenes, en cambio, alcanzan los 12 grados. Su color va del rojo cardenalicio al rojizo rubí. Su aroma también es fresco y afrutado. Y su gusto, también suave, armónico y característico.

Robert Parker, el crítico de vinos más influyente del mundo, advierte de que hay belleza en todos los estilos de vino y que el consumidor es inteligente y cada día está más informado. Estos vinos nuevos de Montilla-Moriles, como consecuencia, los debemos entender como un complemento y también como una alternativa a los vinos con envejecimiento, no como una competencia coyuntural o un hermano menor de aquellos, sino como un objetivo empresarial capaz de enriquecer a todos los pueblos que conforman esta denominación de origen.

En cualquier caso, el futuro todavía nos muestra otras aristas potencialmente esperanzadoras. Me refiero al enoturismo como fuente de riqueza y de empleo. El censo de lagares en estas tierras ha descendido considerablemente en los últimos años.

Hoy sólo encontramos la quinta parte de los existentes unos años atrás. Estos lagares no sólo son nuestro patrimonio histórico y cultural, sino nuestras señas de identidad, la prolongación de nuestra propia casa.

Pepe Cobos escribió que el viajero que se acerca a Córdoba primero debe visitar en la capital las catedrales de piedra para después perderse en las catedrales de roble de la campiña. Habrá que corregir ahora también a mi maestro y añadir que el viajero, posteriormente, debe subir a la sierra de Montilla a descubrir en los lagares los conos de cemento donde se crían estos vinos nuevos de tinaja.

Aquí el visitante puede soplar para romper el velo de flor e introducir el catavinos para llenarlo de vino mosto, suave y opulento a la vez, seductor y cercano, afrutado y alegre, sinuosamente burbujeante, cálido y fresco a la par, diferente en cada trago, un trago que no traiciona sino que acompaña y dulcifica la tarde de estos otoños diferentes, fríos y acogedores, nostálgicos y entrañables a la vez, ligeramente insinuantes y pretenciosamente enérgicos.

Balzac, en un libro que ahora ve la luz por primera vez en castellano, recuerda la anécdota de George Plantagenet, duque de Clarence, quien fue encarcelado en la Torre de Londres, acusado de participar en un complot contra su hermano, el rey Eduardo IV de Inglaterra. Condenado a morir y siendo buen bebedor, cuenta la leyenda que se le concedió el deseo de hacerlo ahogado dentro de un barril de malvasía. Leyendas como ésta circulan muchas por nuestra literatura en múltiples y variadas versiones.

Yo, en todo caso, prefiero aquel cuento local que narra cómo un operario de alguna de nuestras bodegas cayó en un depósito de vino y cuando sus compañeros de laboreo se disponían a lanzarle una soga o una escalera para rescatarlo, el pidió un jamón para acompañar sus largos tragos del vino en el que pretendidamente insinuaba ahogarse.

Sin necesidad de bañarnos por fuera, sí creo llegado el momento de hacerlo por dentro; es decir, degustando estos vinos nuevos. Pero antes quisiera narrar una breve anécdota que nos lleva del vino al ron, pero siempre sin dejar a un lado el nombre de Montilla.

Hace unos años, una alumna de Doctorado procedente de Brasil me preguntó dónde había nacido porque mi acento no le parecía muy sevillano. Cuando le respondí que en Montilla, ella me dijo: “Tu ciudad natal se llama como el ron de Brasil”. No entendí con exactitud su explicación, pero unos meses después tuve que viajar a Sao Paulo para dar un curso de Doctorado. Unos días después, paseando por la playa de Ponta Negra, en Natal, pedí un ron con Coca-Cola para apagar la sed. Y fue entonces cuando por primera vez vi la botella de ron con el rótulo Montilla impreso en la etiqueta.

El ron Montilla fue lanzado al mercado por la Industria Medelin en 1957 y adquirido por Seagram en 1970. Ya en 1980, Montilla logró vender un millón de cajas y en 2001 comercializó 1,9 millones, con lo que logró ser la marca número uno en su mercado.

En Brasil, tiene sus ventas concentradas principalmente en la Región Nordeste, aunque se puede adquirir en cualquier ciudad del país, y ha hecho que la marca sea un símbolo de la cultura local y el mejor patrocinador de eventos populares de la región como el Carnaval de Olinda, las Fiestas São João y numerosos proyectos populares.

El ron Montilla es hoy el más consumido de Brasil. En 2007 cumplió 50 años y celebró la fecha con el lanzamiento de una versión Premium. El Montilla Premium es un ron añejado de 18 años. La botella de vidrio incoloro de 750 mililitros posee un formato diferenciado de la línea regular, pero mantiene el diseño de la cintura de la marca.

La escena del pirata con loro que se repite en cada etiqueta desde hace décadas es todo un símbolo en el país, como lo pueden ser a otros niveles el personaje Bibendum de Michelin, el conejito de chocolate en polvo de Nesquik o Mr. Clean de Don Limpio.

El gabinete de comunicación de la empresa no nos supo decir el porqué se denominaba Montilla al producto de su empresa. Tampoco importa. Pero posiblemente mañana o pasado mañana, cuando nuestros vinos definitivamente se abran paso a este mercado americano, no necesitarán de más publicidad que recordarles a los brasileños el nombre del ron más apreciado en su país: Montilla.

Ahora subamos a la sierra.
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martes, 13 de noviembre de 2012

La tristeza era esto

Llamaron al timbre, miré por la rejilla y abrí la puerta, porque conocía a las personas que me visitaban. Eso sí, lo hicieron sin avisar, sin cita previa. Todo habrá que decirlo también: se portaron con mucha educación. Se ve que era gente estudiada en universidades extranjeras y que creía en Dios, en un solo dios verdadero: el dinero.

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El mejor plantado, con traje de El Corte Inglés y corbata de seda, afable y de buenos modales, se sentó a mi lado en el sofá del salón, para consolarme dijo, mientras ordenaba a los obreros que comenzaran la operación de embargo, desahucio y no sé qué más.

Uno, a esta edad, no está para entender el significado de todas las palabras, así que los dejé hacer. El hombre que estaba sentado a mi lado ordenó que descolgaran los cuadros, que siguieran con los muebles, que después desvalijaran el dormitorio, que la cocina la dejaran para el final porque en esos rincones los utensilios están demasiado usados y no tienen ningún valor.

Les pidió a los obreros, eso sí, que respetaran los objetos personales: fotografías enmarcadas de un tiempo que ya se fue, joyas sin valor y otras baratijas, cedés que seguro contenían canciones de la nostalgia, platos usados y vasos y cubiertos, alguna lata de conserva, sobres abiertos de garbanzos y alubias, una botella de anís seco para la Navidad que se nos mete por las narices. En fin, estos y otros objetos que nunca supimos que están tan apegados a nosotros y que nunca lo supimos hasta que un hombre como él te lo dice con argumentos irrefutables.

Mientras tanto, yo veía las paredes blancas y los espacios vacíos, como aquel día que por primera vez pisé su entarimado y pensé que en este mundo reducido de la ciudad podía encontrar algo parecido a la felicidad. Yo no entendía muy bien hasta dónde me llevaría todo esto, por eso pregunté.

El hombre que estaba sentado a mi lado me dijo que no me preocupara, que no era para tanto y que en nada mi compromiso con el banco quedaba cerrado para siempre. Después sacó de su americana un pañuelo de tela, de los que ya no hay, y me dijo que lo podía usar sin problema, que en estos trances a algunas personas les da por llorar, que hay quienes incluso se suicidan. Los menos, eso sí, me alivió. Pero que en todo caso estos momentos siempre eran emotivos para los desahuciados. Yo no entendía el significado de esa palabra, así que le pedí explicaciones. Él me respondió con un poema: es como la tristeza, pero para siempre.

No me quedé tranquilo, porque yo siempre esquivé la tristeza. Sé que estos años viví de una felicidad postiza, impostada, falsa tal vez, pero agarrado a estos muros logré sobrevivir a los golpes más pertinaces del fracaso. Intuyo que a partir de ahora habré de buscar otros recursos más sólidos para no naufragar en el vacío.

Pensé que el tiempo transcurría despacio, pero de golpe el hombre sentado a mi lado se levantó y me pidió que lo hiciera yo también, porque tenían bajar el sofá. Le dejaremos el televisor, que da mucha compañía. Después me pidió que bajara con él. Siempre muy afable me abrió la puerta del ascensor.

Ya abajo, en la misma puerta del bloque de pisos donde me viene a vivir hace ya siete años, me hizo sentar en el rebate. A mi derecha, me dejaron una maleta con los bienes más personales y con el televisor, que siempre ayuda en estos trances, me dijo el mismo hombre siempre muy atento.

Se despidió también con buenos modales, se ve que es de familia bien, deseándome mejor vida en la otra vida, porque en esta ya iba a ser muy difícil. Se lo agradecí de veras. Después lo vi subir a un vehículo de alto voltaje, con chófer propio y seguir al camión donde llevaban la mitad de mi vida.

Desde la ventanilla del coche, el mismo hombre, sin perder la misma sonrisa, bajó el cristal y me indicó que se llevaba las llaves de la vivienda porque a él ya no le iban a servir de nada. Y buena suerte, dijo al despedirse. Lo mismo dije, no sé bien por qué. Estaba en estado de shock. No sabía qué estaba ocurriendo. Por la avenida principal, una manifestación nada numerosa portaba pancartas con la palabra desahucio. Yo seguía sentado en el rebate, y solo alcancé a pensar:

—Entonces, la tristeza era esto.
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