domingo, 28 de octubre de 2012

Matilde Asensi: “Si nadie te lee, esa literatura está muerta”

Ha vendido 24 millones de libros en el mundo. Ahora publica La conjura de Cortés, el tercer volumen de la trilogía Martín Ojo de Plata, una historia trepidante de ritmo y descrita con un lenguaje ágil y nervioso a la que no le falta de nada para pasar un buen rato: un mapa, un tesoro, un texto enigmático, una conjura para derrocar a la corona en la Nueva España y una mujer dispuesta a culminar su venganza.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

Matilde Asensi escribe para que la lean. Y lo consigue. No sabe en qué radica su éxito. “Escribo como soy”, dice. Además, escribe lo que le gusta, que es lo que le gusta a sus lectores. No le atrae nada el perfil histórico y ambicioso de Hernán Cortés. Tal vez por esta razón, ha desarrollado en esta narración aún más el carácter feminista de su protagonista, Catalina Solís. La aventura está servida.

La conjura de Cortés quizás sea la novela más aventurera de la trilogía de Martín Ojo de Plata.

—Sí, pero porque esto obedece a un plan. Cuando yo me planteé la trilogía, a mí me dijeron que una trilogía era complicado, porque el primer libro empieza bien, pero el segundo cae un poco y luego ya en el tercero remontar es prácticamente imposible. Y yo dije, pero voy a escribir una trilogía que va a ir para arriba, no que va a ir para abajo. Y entonces me lo propuse, y dije la manera de conseguirlo es ir subiendo en ritmo poco a poco, que aquí como ves el ritmo es trepidante.

Ya empezó a serlo en Venganza en Sevilla, ha ido poquito a poquito. Y luego, terminar las venganzas muy potentemente, que era también el proyecto, y añadirle más aventuras aparte, cerrarlo todo bien y dejarlo todo con fuerza y con potencia. Y de momento parece que va bien.

—Dice usted: “Si convertimos la literatura en algo aburrido está muerta, es papel muerto y letra muerta”.

—Esa frase es mía y la mantengo, pero hay que contextualizarla. Para ti puede ser divertido, en el sentido de que te guste, que lo disfrutes, cualquier tipo de literatura. Entonces esa literatura está viva. Ese es el contexto en el que yo lo decía. Lo que no puede ser es que la literatura se aleje de la gente y se convierta en algo que a nadie le interese. Porque entonces sí que está muerta. Entonces ya no hay literatura porque, si nadie te lee, qué literatura es esa. Puedes decir: “Yo escribo para mí”. Pues estupendo. Me parece muy bien. Pero siempre que uno escribe algo, espera que lo lean y espera que reciba lo que él transmite o ella transmite. Si nadie te lee, esa literatura está muerta.

—En esta última entrega, ha desarrollado aún más el carácter feminista de su personaje.

—Sí. Es posible. Yo creo que se me desató un poco cuando me encontré con la historia de que Hernán Cortés había matado a su primera mujer y de que el virrey don Luis de Velasco el Joven pues era un maltratador de su mujer y de su suegra por dinero. Yo creo que en ese momento algo se me desató dentro con el tema de ver en los informativos una mujer muerta más y una mujer muerta más. Y encima leo que hace cuatro siglos ya era una cosa bastante común. Algo se me desató dentro. Estoy cansada ya. Aquí tenemos que ser todos, vosotros y nosotras. Y si no estamos juntos y no vamos a la par, esto no funciona.

—Catalina descubre con indignación la historia de Hernán Cortés que, como decía, asesinó a golpes a su primera esposa para casarse con la segunda. ¿Cómo era este personaje histórico, tan contradictorio? ¿Qué le atrajo de él?

—No me atrajo nada. Y cuanto más supe de él, menos me atrajo. Todo lo que cuento en el libro es cierto. Hernán Cortés robó el tesoro de Axayácatl, que era el padre de Moctezuma, engañó a sus capitanes, engañó al rey, se quedó con el tesoro. Hernán Cortés mató a su primera mujer, está la documentación en la Real Audiencia de México, y llegó la orden para parar el tema porque era el gran conquistador de la Nueva España.

Era un material muy bueno y yo no podía renunciar a esa aventura. Yo tenía que utilizarlo, pero del personaje, conforme más leí y más leí sobre él, no me atrajo nada. Era un hombre ambicioso a un grado que no sé a quién podría compararlo. Alguien que no tiene medida ni para el dinero ni para el poder, ni siquiera es capaz de entender que el que tiene al lado es un ser humano. Él es el único que cuenta en este mundo. No me hubiera gustado conocerle.

—Le gusta investigar en la historia, indagar los misterios del pasado. ¿Es una manera también de huir del presente? ¿No le atrae el presente para novelarlo?

—No. Para novelarlo no me inspira nada, nada. Yo creo que la literatura también tiene una función de evasión. Como todo ocio, llámese cine, llámese música, llámese literatura. Y yo creo, en este momento, tal y como están las cosas, como pasó con el crack del 29, que lo que más se vendía eran pintalabios. Es alucinante, pero era así. La gente necesitaba evadirse de la realidad terrible que estaban viviendo porque la realidad no te la quita nadie, tienes que enfrentarla cada día. No hay vuelta de hoja. Bueno, si tienes un rato donde puedes olvidar y disfrutar leyendo de una historia, de una aventura y de un libro, luego vas a volver. No te vas a escapar, pero ese rato has sido feliz, y ese rato ya vale la pena, pienso yo.

—“La pena es que después de cuatro siglos seguimos teniendo unos malísimos gobernantes”. ¿Tan poco hemos cambiado?

—Muy poco. Me acuerdo de estar leyendo en casa, en el despacho, y conforme iba encontrando cosas, yo pensaba, de verdad, esto no puede estar pasando. Y además, no puede ser que no lo sepamos. Lo que más me indignaba es que nos hayan hecho olvidar realmente nuestra propia historia para que no podamos comparar y no podamos indignarnos. Porque es que era alucinante: cuatro quiebras económicas en la época de los Austria menores; una corona que pasa absolutamente de gobernar, le entrega el gobierno a los validos, que son todos unos corruptos absolutos, y alguno acabó en el cadalso como Antonio Pérez; con unos reyes que pasan el día en la fiesta de toros, de cacería, etcétera, etcétera; con unas deudas exteriores que nos estaban comiendo por los pies. ¿No le ves alguna cosilla de parecido? Porque yo se lo veía. Estaba aterrorizada, porque no ha cambiado nada. Pero ya la cacería del rey fue la puntilla.

—Otra característica de su obra es el humor, pero usted dice que “el humor no es provocado”.

—Escribo como soy. A mí me dicen: “Tiene mucho humor”. Me sorprendo, porque no soy consciente de haber puesto alguna frase graciosa. No soy consciente de eso, de verdad.

—Ritmo, una trama repleta de misterio, un estilo directo y ágil. ¿Dónde radica la clave del éxito? ¿O este le vino sin buscarlo?

—No lo sé. Si realmente lo supiéramos, yo ya no estaría aquí hablando contigo. Fíjate. La editorial me habría marginado a un rincón, habría cogido a trescientos o mil escritores y se habría puesto a fabricar éxitos uno detrás de otro. Afortunadamente, nadie lo sabe, porque si no algunos escritores no estarían ni en el mundo, porque sería más fácil controlar un grupo de quinientos produciendo a lo bestia. Yo no sé dónde está. Yo sé que escribo lo que me gustaría leer. Lo he dicho desde el primer día.

La suerte que yo tengo enorme es que escribo lo que a mí me gusta y es lo que le gusta a mis lectores, o sea, debe ser que mis gustos son los de la mayoría de la gente. El único truco es que coincido es gustos de lectura con mis lectores. Ahí está un poco el quid.

—Lo más difícil a la hora de ambientar una novela histórica es documentarse sobre la vestimenta de la época, saber el nombre de cada pieza.

—Jolín, es verdad. En serio. Había camisas de 25 clases. Chaquetas que no eran chaquetas; pantalones acuchillados, abullonados; las medias, las calzas. Eso en el hombre. No te metas en la mujer que ni me acuerdo. Me hice unos croquis porque me volvía loca. Cada vez que tenía que vestir y desvestir a un personaje, decía: “Madre mía”. Estaba de la ropa en el Siglo de Oro hasta las narices.

—Recibe ofertas de productoras para llevar sus novelas al cine, pero las rechaza todas. ¿No le ofrecen lo que pide? ¿O no le da la gana?

—No me da la gana. Básicamente, la respuesta sencilla y simple y honesta es esa. No. Ellos, por supuesto, vienen con el cheque en la boca. A priori, los proyectos que me han enviado no me han terminado de convencer.

—“Las mujeres han sido borradas de la historia… no dejaremos que vuelva a suceder”. Sin embargo, ¿no se están perdiendo demasiados derechos en muy poco tiempo?

—Sí, claro. Y me da mucho miedo. Por eso yo lo que intento es transmitir el mensaje ese y lo digo en casi todas las entrevistas que puedo. Por favor, no permitamos que demos un paso atrás. Porque no solo perdemos nosotros, es que perdemos todos. Las sociedades más avanzadas o más desarrolladas son las que tienen a la mujer en igualdad de condiciones que el hombre.

Cuando mujer y hombre comparten todo, esa sociedad avanza. Cuando la mujer se queda relegada a un objeto decorativo, sexual, reproductivo, o de comercio y negocio entre familias, véase el caso de países musulmanes actuales, pues no son sociedades evolucionadas o que avancen. Tenemos que compartir el camino. Si no compartimos el camino, vamos fatal. O estamos juntos o no avanzamos.

Publicado en el diario Córdoba el 23 de septiembre de 2012

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