sábado, 10 de noviembre de 2012

Si te vas…

Si te vas, pondré tu rostro en un marco y lo observaré día tras día como al pájaro enjaulado que olvidó volar después del cautiverio. Si te vas, cerraré la puerta después de tu partida para atrapar tu olor de la última noche y bajaré las persianas para que la luz no me lleve a bajar las escaleras y buscar en otra mujer la pérdida definitiva. No te diré adiós ni te preguntaré qué buscas en los caminos que tus pies nunca anduvieron. No te pediré que te quedes, y tampoco que vuelvas, porque para entonces habré aceptado tu ausencia con la misma parsimonia con la que rechazas a los seres que no queremos.

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Y cuando vuelvas me encontrarás viejo y no reconocerás en mis ojos la vida compartida ni en mis manos el deseo clausurado, y comprenderás que no estuve solo y que otra mujer habitó tu cama y bebió de tu vaso, y en esa mujer verás tu risa joven y tu pasado extraviado en tu propia mirada, y no reconocerás este rincón del mundo que era tu vida y que ahora apenas te atreves a reclamar, y observarás los mismos paisajes de entonces con la sensación fallida de que alguien te los robó mientras tú buscabas en otras latitudes los ángulos indefinidos de la felicidad.

Quizás vuelvas para quedarte pensando que nunca te olvidé, pensando que te había reservado un rincón en la casa, y así será, pero la vida es corta, aunque los días son largos, y comprenderás que no te olvidé pero que tampoco estuve solo cuando el frío cierra la ciudad todos los inviernos, y comprenderás que siempre te esperé, pero también que la vida hay que alimentarla al fuego para no morir del todo en las noches que tú no estabas. Pero ya estaré viejo, y no reconocerás las caricias que buscas y quizás este mundo te sea tan ajeno como aquél otro al que huiste y que no amas.

Ahora ya no importa, porque veré en ti a otra mujer madura que trae en la mirada la juventud marchita, pero sobre todo esas sombras que no ayudan a llevar los años con cierto escepticismo y que tampoco justifican los pasos perdidos ni las aventuras que se trocaron en desventuras porque no podía ser de otro modo. Te reconoceré, claro está, porque tu voz no habrá apagado la calidez con la que hasta hoy me susurrabas palabras de amor y expresiones groseras con las que te gustaba completar las escenas de deseo incontrolable, expresiones entrecortadas entre jadeos que rompían el silencio nocturno que adorabas y que recomponías posteriormente con la satisfacción del placer cumplido.

Estaré viejo cuando vuelvas, me encontrarás leyendo otros libros que tengo enfrente de mí esperando ese momento fortuito en el que ninguna otra obligación demore el día esperado, me encontrarás con un vaso de vino en la mano y un cigarrillo apagado de años, con la ceniza del pasado en el cenicero, reliquia de tu presencia después de tantos años. Estaré sentado frente a la ventana observando estos mismos árboles cuando la tarde se vuelve tibia y fugaz y da paso a esa oscuridad luminosa que trae cualquier primavera. No me encontrarás triste, porque sé que te fuiste huyendo de tu propio perfil, con el pretexto fácil de hallar en otro lugar un hueco con el que llenar tu vacío interior.

Yo seguiré leyendo las cartas que nunca me escribiste, imaginando los días que viviré sin ti sabiendo que debieron ser nuestros, que hubimos de compartirlos conscientemente, porque nadie se parece a nosotros, porque entre tú y yo no hay espacio que nos divida y nos separe. Pero cuando lo sepas yo habré cruzado otros ríos sin pretensión alguna de volver ni de mirar atrás ni de preguntarte por qué te vas ahora que el hogar huele a leña y el calor no convoca a la huida sino al encuentro, a los abrazos compartidos, a las palabras necesarias que ya nunca más escucharé de ti, porque cuando vuelvas estaré viejo y aunque me digas que has vuelto yo estaré mirando sereno el paisaje inútil de tu ausencia.
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jueves, 8 de noviembre de 2012

Siempre la misma canción

Ella mira por la ventana cómo se van las últimas nubes, cómo la tormenta amaina, y cómo con esas nubes se va todo un tiempo de ayer que, ahora que lo piensa, apenas le dio tiempo de degustar. Ella lo amaba. Posiblemente todavía piense en él cuando abre el armario y otea de soslayo sus camisas planchadas, sus corbatas, sus libros amontonados por doquier.



Tendría que comenzar a ordenar de nuevo el espacio, piensa, a tirar sus libros y sus camisas, a comprar otro ambientador, incluso a cambiar de apartamento. No lo quiere pensar, pero estas habitaciones le huelen a él. Por la noche, cuando se acuesta, lo siente de espaldas, profundamente dormido, apresurando el sueño antes de que el despertador le rompa las últimas esperanzas.

Se lo dijo tantas veces que él empezó por respetar sus principios desde el primer día y acabó por creerse hasta las últimas torpezas. Ella no quería anillos de compromiso, ni papeles firmados, ni ceremonias de traje largo, incluso le advirtió de posibles infidelidades y él aceptó sólo por estar con ella. Cuando estaban juntos, él se sentía completo, no necesitaba a nadie más.

Vivían con el televisor apagado, con la música encendida, discos de unos años felices que ambos vivieron por separado. Así que, por las noches, antes de cenar, mientras él hacía la tortilla de gambas y ella descorchaba una botella de rioja que compraban sin etiqueta, ambos escuchaban canciones de mundos diferentes.

Ella se acordaba con nostalgia de aquel que la amó cuando no había cumplido los veinte años. Era alto, delgado, con un pelo algo rizado que le caía por los hombros, como la moda imponía, con una sonrisa medida que le erizaba la piel.

Un día dejaron de verse, se fue a trabajar a Burgos, allí abrió un comercio, vive con otra mujer algo mayor que él, le dijo una amiga. Cuando escuchaban la canción, la nostalgia le mordía los tentáculos más firmes, y entonces no quería tortilla de gambas, bebía vino y volvía a poner la canción hasta que las lágrimas le inundaban los ojos, y entonces salía a la terraza a contar las nubes que no había.

Él había aceptado de buena manera todas sus condiciones, sus horarios libres, las amigas con las que compartía una complicidad difícil, los veranos sentados en una hamaca pasando calor y leyendo novelas interminables que detestaba.

Allí también, mientras miraba la playa plagada de turistas y niños desagradables a los que seguro debían de odiar también los ecologistas, ella escuchaba por los auriculares la misma canción de todos los días. Era una canción triste como su vida, real como la vida misma, edulcorada, sin pasión alguna, que hablaba como todas de amores descarriados.

Al principio él le perdonó su manera cómoda de no pensar en nadie más que en ella misma, amaba incluso su rebeldía relativa y el ímpetu con que reivindicaba cuanto él ya le había ofrecido y aceptaba de buen grado. Un buen día comenzó a cansarse de escuchar siempre la misma canción. La canción reivindicativa de sus principios alcanzados e inamovibles, pero también la canción que soltaba su monotonía de pasado estancando lejos incluso de los auriculares.

Ella vivía tan metida en su mundo, tan absorta de verdades maduras, que no se dio cuenta de que él ya no la molestaba, de que la dejaba a sus anchas ir y venir, salir con las amigas, volver a deshoras con cuatro copas de más. Él estaba ya allí, durmiendo de espaldas a ella, con un sueño sosegado de felicidad reconfortante.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que él ya no la quería, y fue entonces cuando percibió que la vida se le desmoronaba como si fuera una montaña de barro roto y seco. Empezó por decirle que tenían que cambiar, comprometerse, que no le importaría que le regalara un anillo con diamante, que no le parecía nada cursi que la besara al amanecer, antes de que se metiera en la cocina a estrujar naranjas frescas, que este verano podrían viajar a La Habana, una ciudad mítica para él, pasear por el malecón escuchando un son improvisado, beber ron, no sé, decía, todo aquello que tanto te gusta. Luego lo hablamos, decía él, pero nunca lo hablaban.

Una de aquellas tardes en que él se sentía solo, sentado a la mesa del mismo bar que frecuentaba todas las tardes, siempre con un vaso de ron y Coca-Cola en las manos, encontró a la otra. También ella miraba a ninguna parte. Le pidió fuego, pero no tenía. Ella tampoco fumaba, le dijo, será por olvidar, por no aburrirme, no sé, tampoco sabía qué hacía allí. Él tampoco lo sabía, iba por costumbre, por matar cada tarde igual a otra. Ella le preguntó si no se le ocurría nada para cambiar la vida.

Él le dijo que sí, pero que estaba cansado de ir solo, y que ahora esperaba, no sabía, a alguien que llegue, alguien llegará algún día, le dijo. Claro, le dijo ella. La miró y la vio distinta. Como si hubiese aparecido de pronto. Le dijo si quería beber con él otra copa en otro lugar, en qué lugar le dijo ella, no importa, no lo sé, acaso nunca lo sabré, pero quiero beber contigo. Sí, le dijo, pero no iré sólo para una copa. No importa cuántas sean, le dijo. Pagaron y salieron a una tarde que se había quedado sin nubes.

Ella, la primera mujer, lo esperó todas las noches, pero no volvió. Ya no salía, preparaba la cena, descorchaba la botella de vino, encendía unas velas, apagaba la música para escuchar la llave en la cerradura cuando entrara. Por las noches, creía verlo dormir, de espaldas a ella, sumido en un sueño profundo y feliz. Un día despertó.

Comprobó que no se había llevado las camisas ni los libros, ni la cartera del trabajo ni su agenda. Por primera vez sospechó con fundamento que nunca más volvería. Y lo peor: no sabía qué hacer con sus camisas y con la canción de otro tiempo que también se fue, pero mucho antes que él. Miró por la ventana, no llovía, y afuera la vida parecía más agitada que nunca.
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miércoles, 7 de noviembre de 2012

El hombre que ella soñó

Ella siempre lo busca entre las enredaderas de un tiempo que se le escapa como un pez en la mano, un tiempo liviano de abrazos y de dudas, proclive a las indecisiones y las prórrogas. A veces lo tiene delante agotando las últimas horas de la tarde, cansado de los horarios elásticos y la vida monótona, pero no le dice nada.

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Va quemando los días como a quien le sobra una fortuna, con la sensación trucada de que el tiempo es un capital inagotable, con la ilusión argumentada de que el encuentro que hoy fue un naufragio sin víctimas mañana será una fiesta sin horarios.

No hay fecha para que ella tome una decisión, elija una sola palabra definitiva, le mire a los ojos con la certeza de que solamente lo quiere mirar a él. Hay miradas más poderosas que mil palabras y frases pronunciadas fuera de contexto, sin adjetivos ni yuxtaposiciones, que no dejan lugar a otra respuesta.

Sin embargo, nunca será así. Ella quiere elegir una cita con distancia en el tiempo para medir sus ademanes y sus palabras, quiere un lugar único con un mar de fondo sordo que no distraiga su mirada, quiere que él esté esperando con paciencia hasta que ella opte por esta bebida o por aquella ciudad, quiere que él espere sentado a que sus dudas se disuelvan como la oscuridad cuando amanece el día.

Así lleva desde que le conoció, hace ya unos meses o unos años. No lo recuerda, porque su pasión le frena para poder vivir otra vida o para construir otro edificio hasta donde alcanza su estatura de hombre mediano y vulgar. Pero ella lo ama desde que lo conoció, desde que escuchó sus primeras palabras, desde que la miró con la indiferencia con que la observa cada día, ausente de sus sentimientos y de sus impulsos refrenados.

Cada noche lo sueña no como es, sino como lo imagina. Más alto y alegre, más elegante y divertido, tan diferente que cuando despierta ya no lo recuerda igual porque sabe que las imágenes que dibujamos en los sueños no siempre se materializan como tales.

Tal vez esté más enamorada de ese hombre inventado que de este otro más real, pero no se la puede meter en razón porque el amor es una enfermedad terca como una mula, más próxima a la locura que a la felicidad y menos concreta pero más eficaz que la fiebre más abrasadora. Vive en una vida desfigurada que ya no reconoce porque sus ilusiones revueltas le perturban los sentidos hasta que lo ve, y cuando lo ve se le transmuta la mirada, se le agarrotan las manos, le tiemblan las piernas, porque confunde el amor con el miedo, y la pasión con el delirio.

Ya no sabe a quién ama más, si al hombre que inventa cada noche o a este otro que viste una vida simple con horarios ajustados de ciudadano responsable, si a aquel que la quiebra en los sueños con un amor de justicia o a este otro que la ignora a cada hora, que no la ve cuando está delante de él, porque busca a otra mujer que no es ella. Ella lo sospecha, pero el corazón conoce escondrijos para sobrevivir a los reveses más contumaces.

Un día despertó y lo vio distinto. No reconoció sus ojos ni su chaqueta impecable, ni recordó que ese cuerpo la abrazara alguna vez con aquella pasión descontrolada que habitaba sus noches. En ese instante supo que nunca lo amó, sino que había amado hasta la saciedad a este otro hombre de sus sueños que no existía en realidad pero que la había hecho feliz cada hora de su vida desde que conoció a este hombre con quien comparte mesa en el trabajo, y un horario fijo, y una cerveza en el bar de enfrente antes de partir cada uno para su hogar. Y ahora sabe que gracias a él puede conocer a otro hombre que no es él, que tampoco existe y que cada noche construye con más detalles cuando se tiende en la cama con la impaciencia de quien sabe que duerme sola, pero que alguien la espera para darle aliento y forma y movimiento.

Sabe que el amor es una ilusión, humo en el humo, que vaga en el ambiente como una sensación inescrutable y que se puede ser feliz amando a alguien que en realidad es nadie, que no existe y que no importa que no exista, como tampoco existe ese otro amor más real que todos inventamos algún día y adjudicamos a cualquier persona, depende del lugar y de la hora, hasta que los sueños acaban desbaratando esa ilusión baldía, esa sensación que ella quiere sufrir y que no logra adivinar sino en algunos libros y en algunos paisajes, pero que en nada se parece a aquel hombre de sus sueños que nunca existió y al que todavía tal vez ame con perdición y desenvoltura.
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martes, 6 de noviembre de 2012

Esos estragos de un instante

Cuándo fue el último día, quién anunció la despedida si ninguno sabía que el final tenía fecha fijada, si ninguno tenía billete de partida y mucho menos pasaje de vuelta. Lo supieron en ese mismo instante inevitable, ese instante en que los tragos y los estragos amenazan sin titubeos. Era un día cualquiera con sus horarios preestablecidos, su monotonía de mañana limpia y frágil, con su lentitud de piedra inamovible.



Nada había en el ambiente que delatara una conspiración contra los sentidos, no había ni una sinuosa sospecha de que sus ojos ya miraban hacia la otra vía del tren. Ella lo supo en ese mismo instante. Se trataba sólo de una décima de segundo, de una porción de tiempo incontable, intangible a simple vista, pero que escondía toda una secuencia de aconteceres posibles.

Ella no dijo nada, porque ignoraba que cuando los ojos han dejado de mirar ya llevan tiempo observando otro paisaje y que cuando las manos no buscan las tuyas es porque ya llevan tiempo abrazando otro cuerpo y que cuando esperas una llamada telefónica que no suena es porque la palabra se apagó muchas madrugadas atrás. Ella no lo sabía. Lo intuía, por supuesto, porque la intuición es la sospecha certera de la catástrofe.

Después, sin que ella se dé cuenta del paso del tiempo, todo se confirma en un instante. Se trata de un momento intrascendente en el que nada sucede pero en el que todo puede ocurrir. Ocurre, por supuesto, también con la fortuna, pero sobre todo con el infortunio. Uno lo adivina antes de que acontezca y cuando se materializa ya es tarde para rebobinar los días masticados de la vida.

Cualquiera se puede equivocar, pero más que nadie incurren en este error aquellos que no dejan un lugar a la duda, que no abren el abanico a los vientos encontrados del azar. En ocasiones, nadie es culpable y nadie es la víctima. Sólo se abre la ventana y por allá a lo lejos entra un aire fresco que anuncia un día azul.

Ella no sabía nada de cuanto le iba a ocurrir pero cuando el viento comenzó a soplar los cabellos le dejaron el rostro desnudo y para ella fue como un espejo que se apagó en ese mismo instante.

Ella no sabe si fue un segundo o tal vez menos, pero se vio reflejada en otro cuerpo y postergada en un tiempo futuro que no reconoció como propio. En cualquier caso, era ella. Lo sabía, y no dudó en aceptar los estragos del instante y las secuelas de su desconsuelo.

Después lo vio a él como a un desconocido viviendo una vida que no le cuadraba. Hasta que lo recordó joven y lo identificó como el hombre que siempre quiso ser: liviano, discreto, invisible. Lo vio cruzar la casa de esquina a esquina sin hacer ruido, sin manchar las baldosas con sus botas embarradas de montar, lo vio abrir la cerradura sin llave y cerrar la puerta como quien atraviesa las paredes de un sepulcro.

Apenas le sobró tiempo para confirmar que desde hacía mucho tiempo había construido otra vida ajena a la suya y que, aunque estaba a su lado, en realidad navegaba por otros mares y conquistaba otras arenas.

Más tarde volvió a mirarse en el espejo y vio su belleza intacta de mujer madura, su felicidad compacta de no haberla usado, se buscó las arrugas que no había y las posibilidades prematuras de los desencantos desflorecidos, pero sólo halló un rostro deshabitado, una mirada huida, unas manos que nunca apretaron sus manos, y sobre todo la certeza de que ya era tarde para decirle cuanto había callado hasta entonces.

Se recostó en el sofá compartido de sus soledades efervescentes y descubrió media vida trastocada por los estragos del amor, pero en realidad se trataba de media vida vivida sin amor, y eso la perdió en el desasosiego. Le quedaba todavía otra media vida para usar a su antojo, pero ya era tarde para arrastrar tantos años inútiles y sin uso. Podía más la propia inercia del miedo que los vendavales inmisericordes de una pasión mancillada.

Ella ya no podía componer media vida con proyectos legítimos cuando tanto pesaban las ilusiones marchitas. Se sentó a la mesa para cenar, sola, como tantas noches, pero ahora con la clarividencia aterradora de que así sería para siempre. Antes rompió el espejo y quiso pensar que no era bella y que la belleza que su imagen le ofrecía sólo eran rastrojos del pasado.

Sabía que se equivocaba, pero tanta tierra quemada es mucha tierra para cruzarla de nuevo en otra dirección. De pronto dejó de pensar en él. No sabe cómo sucedió. Después se tocó la prolongación de los párpados y percibió en sus dedos las primeras huellas de una vejez enamorada y atenazadora.
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lunes, 5 de noviembre de 2012

Mujer

Mujer, no me reproches la juventud que ya no tengo ni la tristeza que me falta para decirte adiós. Quiero otra vez beber del mismo vaso y buscarnos los labios en el borde del cristal, como cuando aún no nos conocíamos, como en un sueño de obligado cumplimiento que hemos perseguido hasta que nos conocimos.



Busco tus ojos cuando no estás, encuentro en mi mirada tu mirada extraviada de pájaro sin vuelo. Los caminos son veredas inhóspitas, y las ciudades puzles ininteligibles donde me es imposible acomodar tu sombra de criatura solitaria. Hay en tus ojos la nostalgia de mi vida pasada, mis desencuentros conmigo mismo, mi posibilidad de ir a contracorriente.

Mujer, me gusta estar a tu lado cuando no estás, y cuando estás no quiero que te vayas por otra esquina ni que me digas ahora vuelvo, porque el tiempo compartido es limitado, porque los ojos a veces se confunden de mirada, y los pasos se extravían en los insomnios que sufro cuando tú no estás.

No sé qué hice para que vinieras cuando no te llamé, no sé cómo supe que eras tú si ya había dejado de buscarte. Tampoco sé por qué me persigues en los sueños si he aprendido a navegar los mares sin agarrarme a tus manos, sin besarte la espalda en los semáforos, sin decirte las palabras que quieres escuchar cuando no tengo ni una frase para mí.

Mujer, qué hacemos con nuestros cuerpos ahora que sabemos que estamos aquí, que no hay otro momento ni lo habrá, que después la vigilia apagará las últimas cenizas de este fuego tibio de primavera. Después vendrán de nuevo las tardes grises y las lluvias pertinaces, y yo buscaré de nuevo tu perfil en los cristales empañados que comparto con otras mujeres, y les preguntaré a ellas tu nombre y no sabrán responder y las despeinaré buscando tus manos escondidas y sólo hallaré el tiempo que viví y se fue.

La vida tiene a veces la compensación de los días vividos cuando miras a la gente y no te reconoces. No sé por qué siempre vienes a buscarme cuando cierro los ojos, por qué atraviesas mis ojos con tus ojos llenos de agua de mar, por qué el océano de tu mirada naufraga en todos mis sueños, y yo, antes que sucumbir al temporal, te agarro la cintura como si fuera mi propio cuerpo, y te escucho las palabras que nunca me dijiste, y te veo de frente con tus manos en mi rostro, cubriéndome los ojos, diciéndome ahora lo que nunca me dijiste por miedo a que no te escuchara.

Mujer, este día no es como otros, ya ningún día es igual a otro. Desde que te conocí, huyo de mí mismo para no encontrarte, para saber que puedo vivir sin ti, para aprender que la existencia es posible sin apretarme a tu cuerpo, que los días son azules sin meterme en tu boca, que los sueños son posibles sin que tu sombra cubra todos mis actos. Ahora el mundo me es adverso si cruzo las avenidas solo, si suena el móvil y no es tu voz, si alguien me llama por la calle y no eres tú.

Qué importa que los días sean alegres si no acaricias mi nombre, si no me susurras mis apellidos como hace el viento con las hojas cuando nace el otoño, si no tengo tu presencia de gata salvaje para que me grabes con tus uñas otro sueño en la piel. A veces, me siento delante del mar esperando que vuelvas, sabiendo que tú no sabes que estoy allí, pero de pronto apareces como un fantasma y te sientas a mi lado, pero yo sé que es otra la que está allí, que no eres tú. En el fondo, sé que soy yo quien huye, quien no te dice adiós porque no tengo suficiente tristeza para hacerlo, ni suficiente juventud para retenerte.

Tiene la vida en ocasiones la posibilidad del momento único, y eso nos ha pasado a nosotros, que hemos tenido que vivirlo, pero ahora no encontramos papelera donde tirar los confetis de la fiesta, los vasos usados, el cansancio de la vida impuesta. Cualquiera no vive un encuentro como el nuestro, pero nadie me había hablado del IVA de la melancolía, no contaba con los días vacíos cuando no estás, ni me había tropezado hasta ahora con los sueños recurrentes que dibujan tu cuello.

Tal vez mañana piense en todo esto. Pero ahora, mujer, ven a mi lado y cuenta las estrellas que hay en este vaso, cree que todo lo nuestro es cierto y único, y tragando estrellas procura encontrar mis labios, porque te estoy esperando al otro lado del vaso. Justamente donde empieza tu mirada, están mis ojos.
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domingo, 4 de noviembre de 2012

Ian Gibson: “La gran España culta y rica no ha nacido todavía”

Ian Gibson (Dublín, 1939) publica su segunda novela, La berlina de Prim, obra galardonada con el Premio Fernando Lara 2012. El biógrafo de Lorca asegura que si Prim no hubiese sido asesinado, habría cambiado el rumbo de la historia de España. Advierte también que se ha investigado poco sobre el Sexenio Liberal y culpa de este asesinato al duque de Montpesier y al general Serrano. Ya proyecta escribir su tercera novela, pero esta vez ubicada en la Inglaterra del año 2000. Todo eso, después de poner punto final a la biografía de Luis Buñuel. En cualquier caso, revisará también la biografía de García Lorca y le inquieta, sobre todo, encontrar alguna grabación con la voz del poeta granadino.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

—Sobre Prim no podía escribir un libro histórico convencional, así que optó por mezclar la trama detectivesca con la investigación.

—Sí. Vi claramente que no había tiempo para hacer una investigación en profundidad. La dificultad del acceso al documento que está en el Tribunal Supremo, que no está digitalizado, y, luego, el hecho de que el sumario está medio destrozado. Está microfilmado pero todo esto necesita mucho tiempo y no lo tenía. Quería escribir mi novela pero vi que un libro convencional en aquellos momentos no podía.

—¿Siente el escritor a veces la necesidad de cambiar el rumbo de la historia a través de la imaginación?

—Hay un género nuevo en el que tú te inventas todo. Es decir, no matan a Prim, qué pasa con Amadeo. Ese libro no lo he hecho. Pero me encantaría hacerlo. En ese no haría falta investigar en la búsqueda de documentos, porque tienes que inventar todo. Yo ahora tengo la tentación de hacer una novela sobre esto.

—¿Si Prim no hubiera muerto, habría cambiado el rumbo de la historia de España?

—Yo creo que sí, porque sin Prim a su lado Amadeo no puede hacer nada. Tiene tantos enemigos. Pero con Prim a su lado es posible que se hubiera consolidado. Con lo cual España se hubiera tranquilizado un poco antes.

—¿Qué le fascinaba de Prim? ¿Qué buscaba en el siglo XIX, en la primera república, un periodo de nuestra historia que no había tanteado antes?

—Yo, no. Muchos, tampoco. El sexenio es fascinante. De repente, de la noche a la mañana, se abren ventanas de libertad. Hay libertad de imprenta, de religión, de cátedra. Hacen una constitución muy liberal en el año 69. Es importantísimo. Si aquello se hubiera consolidado, no hubiera pasado lo que pasa después. Habría sido muy diferente todo, pero por desgracia no pudo ser. Pero a mí siempre me ha fascinado. Y la falta de libros de la época.

—La muerte de Prim es un caso no resuelto. No se sabe quién lo asesinó ni quién dio la orden. Pero usted tiene su propia teoría.

—Yo creo que hubo un contubernio en las alturas. Creo que el duque de Montpensier tuvo su participación y también el general Serrano. Prim tenía muchos enemigos. Hicieron todo lo posible por suprimir la verdad después. Y lo han conseguido hasta hoy.

—El padre de su protagonista, Robert Boyd, está enterrado al lado de Gerald Brenan. Sobre este personaje no hay mucha documentación. ¿Pero qué hay de realidad y de ficción en su personaje, Patrick?

—El padre es un personaje histórico fusilado al lado de Trujillo en la playa de San Andrés de Málaga. Es un personaje histórico que muere con 27 años. Da su vida y su dinero a favor de las libertades y contra Fernando VII. Es un personaje sobre el que no hay mucha documentación. Y el hijo es inventado por mí. Es un hijo ilegítimo, fruto de su relación con una andaluza en Gibraltar. Me he tomado la libertad de inventar al hijo y hacerlo protagonista de mi novela.

—En su novela aparecen personajes históricos: Galdós, el padre de los Machado…

—Sí. El padre de los Machado es muy importante porque yo, cuando hacía la biografía sobre Antonio Machado, estuve investigando en Burgos y uno de los documentos de Burgos procede de la viuda de Manuel Machado. Hay un documento del abuelo donde explica su opinión sobre Montpesier. Él cree que Montpesier fue uno de los tramaron el asesinato. Yo he convertido a Machado en un personaje clave en este libro por varias razones. Entre ellas, la política, por supuesto.

—Entre otros proyectos suyos, está terminar su biografía sobre Buñuel y ya piensa en una próxima novela. ¿Tiene pensado el tema?

—Bueno, yo ya tengo una idea para una segunda novela. Realmente sería la tercera novela, porque yo hice un intento de novela hace algunos años, que se llama Viento del Sur. Tampoco tuvo mucha presencia en los medios. Yo ya siento la convención de hacer una novela contemporánea, y creo que tendría que volver al inglés para escribirla, porque sería una novela con argumento desarrollado en la Inglaterra de 2.000 más o menos. Es el mundo universitario que yo he conocido y tengo una idea que no te puedo decir porque la estoy elaborando.

Eso sería para después de la biografía de Buñuel. Lo que te puedo decir es que no voy a hacer más biografías. Llevan demasiado tiempo. Es muy complicado. Yo ya tengo 72 años y no soy tan joven como cuando tenía 18. No me quedan tantos quinquenios, porque a mí me lleva cinco años cada biografía.

—Proyecta también revisar la biografía de García Lorca.

—Mi sueño es terminar el primer tomo de Buñuel porque el segundo va a ser muy difícil. El primero abarca hasta el año 1939, y dejar el segundo a otra persona. Yo he hecho el gran trabajo de la infancia, que no había hecho nadie. Luego, revisar la trilogía, porque sobre Lorca hay mucho más. Yo estoy todavía dentro de la telaraña. Creo que sería mi obligación revisar el libro. Algo que no he hecho todavía. Se ha reimpreso muchas veces. Últimamente por Crítica. Pero ahí no fue posible la revisión de los contenidos. Eso me llevaría un año probablemente. Habría que pasar unos meses en Fuente Vaqueros, donde está mi archivo. De modo que yo espero hacer eso. Se lo debo a don Federico García, que ha enriquecido mi vida, y no me refiero al dinero, me refiero al señor Gibson como ser humano. Y quisiera hacer eso.

—Pero lo que más le inquieta del poeta granadino es encontrar alguna grabación de su voz.

—Hombre, yo creo que puede haber algo. Este algo no se ha encontrado todavía. Dijeron que sí, pero si se hubiera encontrado, lo sabríamos tú y yo. Yo no me quiero morir sin oír la voz de Lorca, porque a mí los suyos me han dicho cómo era. Que él no era un tío que recitaba un poema, era el poema en persona. Era un genio. Y, claro, la gente escuchándolo, viéndolo, recibiendo ese efluvio, nunca olvidó aquello. Era mágico y escalofriante. Siempre con el temblor de la muerte, la idea de la muerte rondando. De modo que yo no quiero morir sin oír su voz. Si está en algún sitio, está en Buenos Aires, en un sótano, en una etiqueta, incluso sin etiqueta. Allí tiene que estar. Él estuvo mucho en la radio.

—Ha dicho usted: “Creo que España no ha nacido todavía, es decir, la gran España culta y rica. Quiero verla antes de morir”.

—Bueno, he dicho más o menos eso. Sí. Tienes razón, claro, yo sé que eso es muy difícil, pero mi idea del país, la cultura soterrada, todo lo que está allí, las raíces de las palabras, del árabe, por ejemplo, que no se enseña para nada. Es una locura. Bueno, todo eso es recuperable. Y quisiera ver una España culta. Ahora tenemos estabilidad. Vamos a crear cultura. Y si es posible, yo quiero que venga la república federal ibérica, con Portugal incluido. Es mi sueño.

—También ha dicho: “Me gustaría formar una escuela para futuros biógrafos, enseñar a la gente a investigar”.

—Exacto. Yo lo haría si me tocara la lotería. Montaría una fundación. Sería mi gran contribución. Yo quiero ayudar a formar biógrafos, porque yo soy biógrafo sobre todo. Y es que aquí no hay tradición biográfica, y hace falta. De modo que sí, me ratifico.

—Siempre se vuelve a la niñez. También usted piensa escribir un libro sobre su infancia. De hecho, ha dicho: “Yo soy mi próximo libro, soy lo que escribo”.

—Es un posible libro. Un libro muy breve sobre mi infancia, sobre mi difícil familia, buena gente, protestante en Irlanda del Sur. Yo no pertenezco a nada pero ellos tenían la sensación de ser minoría. Eran una minoría no del todo aceptada por el catolicismo circundante. Yo he vivido lo que es nacer en un sitio y no pertenecer del todo. Tener una inquietud. Eso me convirtió en un hombre que vive en sus libros y que ha encontrado mucho aquí en España. Y quisiera investigar un poco, no mucho, mi infancia, un poco sobre mis padres y sus problemas. Es un posible libro. Y hay otros posibles libros.

Publicado en el diario Córdoba el 6 de octubre de 2012
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viernes, 2 de noviembre de 2012

Un presentimiento lo tiene cualquiera

Fabián Pinzón era un buen cristiano, lo que se dice un hombre temeroso de Dios. En cierto modo, también era algo presuntuoso. Veía a un ciego vendiendo cupones y adivinaba el número premiado, pasaba por los kioscos de prensa y componía como un puzle en su cabeza las noticias de primera página de los tabloides.

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Fabián Pinzón, como consecuencia, además era supersticioso. No eran simples manías, como esgrimían sus compañeros de trabajo, sino convicciones profundas por las que viajaba al futuro con la certeza de quien vivía la vida anticipadamente. Por no herir a los vecinos, callaba cuando presentía una catástrofe. No quería cambiar sus destinos, es cierto, pero a veces se sentía culpable de su bienestar truncado.

Sonaba el teléfono, y Fabián Pinzón ya sabía de antemano que así sucedería y el mensaje del destinatario antes de descolgar el auricular. Algunas veces se equivocó, no lo niego, pero fueron las menos.

Fabián Pinzón vivía solo en un apartamento en el centro de la ciudad, cerca del parque donde paseaba todas las tardes. Iba después de comer a tomar un café y leer el periódico. Una ceremonia que repetía con monotonía y satisfacción cada tarde. Aquel día tenía las tripas revueltas y el corazón acelerado, porque sobre todo le alarmaba adivinar su propio devenir.

Siempre quiso vivir al donaire de los acontecimientos, inconsciente del paso del tiempo y de sus naufragios, pero nunca pudo. Sentado a la mesa con un café tibio, leyó que España es el país europeo con mayor tasa de atropellos mortales de peatones. Leyó que sólo el 8,5% de las víctimas cruzaba por un paso de cebra. No era su caso, desde luego.

Sin embargo, era consciente de que la mayor parte de los peatones cruzaba los semáforos en rojo, no comprobaban si se aproximaba algún vehículo aunque ellos tuvieran prioridad y sobre todo atravesaban calzadas no habilitadas para ello. Como usuario diario de calles y carreteras, Fabián Pinzón siempre mantuvo un respeto incondicional a las normas que todo peatón debía asumir como el principal catecismo de supervivencia. “Y que Dios me perdone”, se decía.

Pero también sabía que muchos peatones morían atropellados en plena vía pública sin haber vulnerado los principios del viandante, que cruzaban el paso de cebra con el semáforo en verde, o bien paseaba por lugares seguros provistos de señales luminosas, o bien el conductor invadía la acera en un descuido imperdonable.

Siempre sospechó que moriría en una de estas situaciones inútiles. Cuando le venían estos pensamientos a la cabeza, miraba a su alrededor sin ton ni son, bajaba y subía la mirada del pavimento al cielo, no con el objetivo de encontrar un objeto extraviado o un ángulo distinto desde el que observar la misma la realidad, sino como un mecanismo para huir de sus propias imágenes.

No estaba loco. No. En todo caso, eran secuencias ciertas de su vida por vivir, eran fragmentos deshilachados de su futuro más inmediato, desperdigados en su subconsciente pero coherentes en su significado. Antes de poder girar la cabeza, sintió el impacto sordo contra su pierna izquierda y se vio volando sin paracaídas por los aires desvencijados de su propio paraíso.

No supo que se había tropezado con la muerte, porque antes de darse cuenta yacía inerme en mitad de la calle, sin expresión y con un hilo de sangre que le brotaba de las comisuras de los labios. Él no tuvo ninguna culpa. Esperaba que el semáforo se pusiera en verde, pero entonces escuché el móvil y el volante se me fue cuando intenté responder la llamada.

Él vio el Peugeot 405, de color gris grafito, y todavía alcanzó la leer la matrícula, estoy seguro. Lo sé porque su expresión de sorpresa no es la una víctima cualquiera sino la de quien sabe que un amigo le ha roto la vida para siempre. Ya no sé, no lo sé, si logró adivinarlo antes de sufrir el impacto del vehículo. Ya nunca lo sabremos.

Eso es lo malo de esta vida, que a veces ignoramos aspectos que nos ayudarían a ser más felices o sentirnos menos culpables. Yo creo que él lo sabía y no se echó a un lado de la calzada. Era su destino y no tuvo el valor de cambiarlo. Siempre supo administrar con paciencia y sabiduría los vaivenes de su vida. Hasta el final. Es sólo un presentimiento, desde luego, y un presentimiento lo tiene cualquiera.
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