sábado, 27 de diciembre de 2014

Canijo de Jerez: "Prefiero escribir canciones que pagar a un psicólogo"

Paró Los Delinqüentes y se fue a Australia para inspirarse. Allí se tropezó con las musas que buscaba. La lengua chivata es el fruto de aquel encuentro. Un disco garrapatero. A Canijo de Jerez le gusta, sobre todo, componer canciones. El dinero que ahorra en psicólogos lo gasta en vino y en chicharrones, que le inspiran más. El resultado está para bebérselo, incluso sin chicharrones.

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FOTO: Miguel Ángel León

- La lengua chivata. Doce canciones que nacen de donde más duele. ¿Le puede la melancolía?

- La melancolía es necesaria para componer canciones. Soy una persona muy alegre, pero a la vez también me gusta la nostalgia, los atardeceres, el otoño. Y de donde hay dolor, se sacan canciones.

- El disco cuenta anécdotas e historias inspiradas en lo que le ha pasado en los dos últimos años. ¿Tanto inspira la realidad?

- La realidad a veces supera a la ficción. Nada más hay que poner el telediario al mediodía para ver que estamos rodeados de casos cotidianos que nos inspiran para hacer letras de canciones.

- De Lenguas urbanas a La lengua chivata. ¿Por qué cambió el título?

- Porque me gusta más la palabra chivata. Es más andaluza y representa mejor lo que son las redes sociales.

- Tanguillos, reggae, bulerías, rock andaluz. ¿Un disco más flamenco que rockero?

- Más garrapatero, que es la palabra que etiqueta a nuestra música y a la música que se hace con el corazón.

- Compone las canciones a su estilo de Jerez de la Frontera. ¿En una mano la guitarra y en la otra el catavinos?

- Por supuesto. Y el plato de chicharrones en medio.

- Su single Hola, buenos días es una declaración de principios. Reírse al amanecer. Dejar las penas en el andén. ¿Un aviso a navegantes en tiempo naufragios?

- Hay que saber viajar aunque la brújula no funciones. Aunque la brújula esté perdida, hay que tirar para adelante.

- Su canción Anda Levanta es la sintonía de Canal Fiesta Radio. ¿Para que la escuchen también albañiles y marujas?

- Sí. Es una canción para todos los públicos. Eso es lo bonito de Canal Fiesta, que es una cadena especializada para todos los tipos de edad. Sin fecha de caducidad.

- El disco se cierra con una nana, un coro de niños, incluidos sus sobrinos. ¿Nunca deja la mente tranquila?

- Esta cabecita loca siempre está inventando algún plan donde desenvolverme. Qué mejor que las canciones. Prefiero escribir canciones a pagar un psicólogo.
- En Vieja rata mentirosa incluye una estrofa de Miguel Benítez: “Si eres un hombre, no compres enchufes”. ¿Lo dice por alguien?

- Es una canción universal, que tiene varios significados y cada uno que lo entienda a su manera. La mía es una canción de desahogo que la escribí en un momento de agobio y de enfado. Pero no soy así en mi vida cotidiana.

- Colaboran con usted Nita de Fuel Fandango, Macaco, Chiquetete, Mario Díaz o Juanito Makandé. ¿No le gusta cantar solo?

- No me he considerado nunca un buen cantante. Soy más compositor que letrista. Me gusta que mis canciones queden lo mejor vestidas posible, y entonces intento rodearme de amigos para que me pongan el corazón blandito.

- Paró Los Delinqüentes y se fue un mes a Australia. ¿Qué buscaba tan lejos?

- La inspiración. Las musas. Las encontré, por supuesto.

- De Los Delinqüentes aprendió, entre otras cosas, a aguantar mejor las resacas. ¿Qué hará ahora con tanto tiempo libre?

- Pues componer canciones. Siempre estoy escribiendo canciones y con los colegas.

- Canta de todo. Pero a la hora de beber, ¿un jerez o un montilla?

- Depende de la ciudad en la que esté. Cuando voy a Córdoba, me gusta ir a El Caballo Rojo y me tomo un montilla, que me encanta. Y cuando estoy en Jerez, pues un fino de Jerez. Y cuando estoy en La Rioja, pues un riojita.

(Publicado en el diario Córdoba el 20 de noviembre de 2014)
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Yo, que nunca amé

De vez en cuando me gusta leer o releer textos de la periodista argentina Leila Guerriero. Me gusta cómo explica qué es, para ella, el periodismo narrativo. Y qué es necesario saber o ser para ser buen periodista y qué otras tantas cualidades son prescindibles para escribir una crónica con fuelle. A ella le gusta citar a los autores que ama. Prácticamente en todos coincidimos. Hojeando estos días Zona de obras, un libro en el que recopila ensayos, conferencias y columnas, encuentro un fragmento del escritor norteamericano Barry Hannah del que subrayo esta frase: “Yo, que nunca amé salvo demasiado”.

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La he vuelto a leer y releer, la he memorizado, la he anotado en ese libro que nunca publicaré y que contiene frases de otros autores, párrafos que hubiese deseado que fuesen míos, fragmentos inconexos, únicos, duros y frágiles al mismo tiempo. “Yo, que nunca amé salvo demasiado”. Repito estas palabras que ya son mías, que siempre lo fueron y alguien, tal vez un escritor norteamericano, me robó en un descuido, mientras bebía o miraba sus ojos, o hacía ambas cosas al mismo tiempo. Miraba los ojos de esa mujer y sus ojos me llevaron inevitablemente a esta frase.
La leo y me veo a mí y a ella frente a frente, y a un lado un escritor llamado Barry Hannah que nos mira y escribe en una servilleta la frase que me ha expropiado sin decir palabra. Sale del bar, y yo sigo mirando a esta mujer, pero ya no hay magia entre ambos. Tampoco sé si la hubo. Es como si a la noche le faltara una sola frase, una frase sola, abandonada en una servilleta de papel, apócrifa, inútil ya para siempre.
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viernes, 26 de diciembre de 2014

Yo, que nunca amé

De vez en cuando me gusta leer o releer textos de la periodista argentina Leila Guerriero. Me gusta cómo explica qué es, para ella, el periodismo narrativo. Y qué es necesario saber o ser para ser buen periodista y qué otras tantas cualidades son prescindibles para escribir una crónica con fuelle. A ella le gusta citar a los autores que ama. Prácticamente en todos coincidimos. Hojeando estos días Zona de obras, un libro en el que recopila ensayos, conferencias y columnas, encuentro un fragmento del escritor norteamericano Barry Hannah del que subrayo esta frase: “Yo, que nunca amé salvo demasiado”.

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La he vuelto a leer y releer, la he memorizado, la he anotado en ese libro que nunca publicaré y que contiene frases de otros autores, párrafos que hubiese deseado que fuesen míos, fragmentos inconexos, únicos, duros y frágiles al mismo tiempo. “Yo, que nunca amé salvo demasiado”. Repito estas palabras que ya son mías, que siempre lo fueron y alguien, tal vez un escritor norteamericano, me robó en un descuido, mientras bebía o miraba sus ojos, o hacía ambas cosas al mismo tiempo. Miraba los ojos de esa mujer y sus ojos me llevaron inevitablemente a esta frase.

La leo y me veo a mí y a ella frente a frente, y a un lado un escritor llamado Barry Hannah que nos mira y escribe en una servilleta la frase que me ha expropiado sin decir palabra. Sale del bar, y yo sigo mirando a esta mujer, pero ya no hay magia entre ambos. Tampoco sé si la hubo. Es como si a la noche le faltara una sola frase, una frase sola, abandonada en una servilleta de papel, apócrifa, inútil ya para siempre.
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jueves, 25 de diciembre de 2014

Me duele esta mujer

Un día, Francisco Porrúa –ese gran conversador, primer editor de Rayuela y de Cien años de soledad, padrastro que fue Rodrigo Fresán, ahora fallecido- le comentaba a J. Ernesto Ayala-Dip una frase de Jorge Luis Borges: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. Dice Ayala-Dip que esta es la única frase soberbiamente tórrida y sensual del escritor argentino. Y más –habría que añadir- viniendo de un hombre tan feliz con las letras y tan fracasado con las mujeres. No solo es así. Es también una de sus frases más enigmáticas, en el conjunto de una obra cuyo enigma nadie ha logrado dilucidar en su totalidad.

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Leo esa frase y me cuesta imaginar cómo era esa mujer, recostada contra el diván, fumando un cigarro en pipa, mirando sin pestañear las calles oscurecidas de un Buenos Aires que nadie ha retratado con palabras cóncavas y certeras, esperando a nadie en una noche sin lluvia. Al lado está Borges, sentado tieso como un profesor a punto de romper con su lección magistral, pensando si esta mujer le escuchará cuando truene una frase enigmática y sensual que ahora se le viene a los labios sin haberla digerido lo suficiente. La mujer mira a Borges, a quien no conoce de nada. Pero esa frase se le ha atascado en la garganta. Ella no sabría decir por qué.

Cuando de nuevo mira el sillón, Borges no está. Tal vez nunca estuvo. Y esta mujer no entiende. Tal vez lo soñó, se dice. Sabe que está condenada a perseguir a este poeta por los sueños como si fueran calles desiertas de un Buenos Aires del que nadie ha escrito. Pero en ningún lugar nadie pronuncia esa frase desdichada y tremenda que contiene un mundo, el mundo que desde entonces ella anda soñando y donde nadie habita. Ahora quiere olvidar esta frase para poder vivir. Ella no lo sabe, pero Borges nunca logró olvidarla (la frase, claro). En frente hay una pared de ladrillos muertos, sin paisajes, que nadie mira.
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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Los terrores de la Navidad

Para quienes no amamos estas fechas por razones obvias, John Updike y Edward Gorey publicaron en 1993 en Estados Unidos un libro que a mí no me hubiera importado firmar: Los doce terrores de la Navidad. Updike es un escritor nortemaricano que los tenía bien puestos y un clásico de la narrativa del siglo XX. Gorey, un ilustrador excéntrico que siempre encontró un equilibrio inquietante entre el humor ácido y la ternura o, como diría Carlos Zanón, también es el tipo al que Tim Burton le debe mil cervezas.

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Este libro tan pequeño y oportuno lo tenemos ahora en tiendas y librerías para deleite de quienes nos gustaría quemar con fuego y palabras precisas estas celebraciones de la nostalgia repetida. En sus páginas reconoceremos a un Papá Noel con “un extraño olor a ron”, que cobra el paro once meses al año y que extrañamente vive en el Polo Norte, donde nadie querría vivir, que se pasa en vela toda la noche volando por el cielo para repartir regalos a niños que ni los merezcan, un hombre sin dirección plausible, tal vez, como dicen los autores de este opúsculo, una tapadera siniestra de una estafa internacional.

El libro recuerda también a los ayudantes de Papá Noel, esos elfos sometidos a condiciones laborales de explotación, el árbol de Navidad, horroroso en campo abierto e indescriptible en mitad del salón, los renos, los repetitivos villancicos, que vuelven y vuelven a volver por Navidad, los programas especiales, el miedo a que los Reyes Magos hayan perdido nuestra dirección, a que ella la haya olvidado para siempre, las devoluciones en enero de los regalos que nunca quisimos.

Después de todo, como escriben Updike y Gorey estas fechas son “el humillante descenso al cuarto de calderas del mercantilismo”. En fin, compra este libro y regálalo a quien más quieras. Después de unos dulces de harina dulce y amazacotada viene bien como digestivo. Para entonces igual es ya año nuevo y tenemos doce meses para olvidarnos de estos días inclementes y llenos de vacíos imponderables.
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jueves, 18 de diciembre de 2014

Jorge Zepeda Patterson: "Ser decente y respetuoso equivale a ser un fracasdo"

La belleza de Milena y de Marbella fue su tragedia. Protagonista y escenario de Milena o el fémur más bello del mundo, novela del periodista y escritor mexicano Jorge Zepeda Patterson, con la que ha obtenido el Premio Planeta de 2014. Economista y sociólogo, fundó y dirigió la revista Día Siete. También fue director fundador de los diarios Siglo 21 y Público en Guadalajara y director de El universal. En 2013 publica la novela Los corruptos.

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FOTO: Miguel Ángel León

- Así empieza su novela: “No era el primer hombre que moría en brazos de Milena, pero sí el primero que lo hacía por causas naturales”. Como el arranque de un buen reportaje.

- Y, sin embargo, es novela que, a veces, es más dura, más bella, que la propia realidad.

- Ganar el Premio Planeta sin ser apenas conocido en España no es muy usual. ¿De veras le sorprendió?

- Absolutamente. El primer mexicano en 63 años en llevarse un sopetón. Constituye una reivindicación para las letras mexicanas a esta larguísima omisión.

- Dicen de usted que es la versión latina de Stieg Larsson. Yo creo que usted escribe mejor y además no come sándwiches.

- (Ríe). Mis personajes, cuando hacen el amor, no equivale a lavarse los dientes, como en las novelas suecas. En todo caso, sería un Larsson latinomediterráneo.

- A veces hay que acudir a la novela para emocionar. Se ve que se le quedó corto el periodismo.

- No lo sustituye pero sí es complementario. 40.000 mujeres introducidas a España cada año por tratantes es una estadística. Meterse en la piel de Milena y experimentar lo que ella noche tras noche, como lector de novelas, es una experiencia que no nos deja siendo los mismos.

- Su novela aborda la trata de blancas. Su compatriota Lydia Cacho piensa que en dos décadas el tráfico de personas será el negocio más lucrativo del mundo.

- Dicho por un traficante, una droga se vende una sola vez y es rentable. Mientras que una mujer se puede vender todas las noches y es mucho más rentable.

- A Milena la obligan a prostituirse en la Marbella de los Gil y Gil. ¿No encontró mejor paraíso fiscal?

- (Ríe). Marbella es un poco como Milena. Debe su tragedia a su belleza. Un tarro de miel atrae avispas de todos los confines en las que se cuelan avispones venenosos, por supuesto.
- Corrupción en México. Corrupción en España. ¿Hay solución?

- La corrupción se ha generalizado por la demolición de los códigos morales y éticos, producto de esta cultura del éxito rápido, del cinismo, del triunfo a partir de la riqueza y de lo que se exhibe. Ser decente, respetuoso, equivale, para esa cultura, a ser un fracasado.

- Letizia Ortiz fue becaria suya cuando vivía en México. ¿Le ha llamado para felicitarle?

- Le he mandado la novela de Milena con una dedicatoria personal que data de los años en que nos conocimos trabajando en México.

- ¿Le sorprendió ese cambio tan fulgurante de becaria a reina?

- Lo que diría es que el gremio perdió a una buena periodista. España encontró a una reina.
- Su novela no es precisamente amable. ¿A la medida de los tiempos que corren?

- Pero es una historia esperanzadora. Milena representa la lucha que el ciudadano de a pie puede tener frente a los poderes abrumadores de los demonios sueltos.

- Dice usted que las novelas escandinavas son como los muebles de Ikea. ¡Menos mal que nos las dan ya armadas!

- (Ríe). Muebles de Ikea en el sentido de que son eficientes, útiles, y a todo el mundo les gusta. Pero para el sabor latino les falta cachondería a sus novelas.

- Lo decía antes. La belleza de Milena también fue su perdición. ¿Por qué siempre ocurre en la realidad y en la ficción?

- No siempre es así. La belleza física es también un activo en la sociedad en la que vivimos. A veces se convierte en tragedia y a veces en una bendición.

- El periodismo que conocimos está en la UCI. ¿Cree que algún día lo subirán a planta?

- (Ríe). Sí. Estoy convencido. La sobreabundancia de información basura, pseudoinformación, infoentretenimiento, obligará a regresar a los periodistas profesionales a generar información creíble, sólida, pertinente.

- ¿Qué escribe ahora?

- Voy a hacer una trilogía con este tema, con los personajes que aparecen en Milena. Éste es el segundo volumen. Se leen en sí mismos. Son novelas burbuja, digamos. Pienso hacer todavía una tercera.


(Publicado en el diario Córdoba el 28 de noviembre de 2014)
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Marian Izaguirre: "El mejor paisaje es el sitio donde hemos sido jóvenes"

Marian Izaguirre dio a la imprenta su primera novela, La vida elíptica, en 1991, con la que obtuvo el Premio Sésamo. En 2013 publicó La vida cuando era nuestra, traducida a seis lenguas. Con Los pasos que nos separan, su última novela, el camino conduce ahora inevitablemente a la felicidad. Una historia de amor que recorre los hechos más convulsos del siglo XX.

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FOTO: Miguel Ángel León
- Una historia de amor con un recorrido por algunos de los hechos más convulsos del siglo XX. ¿Ésa es la sinopsis de su novela?
- Sí. Podría ser esa. Pero además podría ser otras cuatro o cinco. Podría ser la inexperiencia. Podría ser la relación intergeneracional. Podría ser la cara menos amable de la maternidad.
- “Nunca buscas el perdón de los demás, sino el propio”. ¿Tan solos estamos?
- No. Lo que pasa es que yo creo que si los demás te perdonan y tú no te has perdonado, no tiene ningún valor. Si te perdonas tú, aunque no te hayan perdonado los demás, vale para todo.
- Quería hablar de los amores no reglamentados. ¿Qué le atraía del tema?
- Bueno, es lo que está detrás de la cortina. Es lo que no vemos, lo que no nos atrevemos a enseñar. Son parejas que se rompen y amores clandestinos. Y al mismo tiempo son cosas que pasan todos los días a nuestro alrededor.
- Pero también quería hablar de la vida que conoció en los años 70.
- Gloriosos tiempos, sí. Yo era joven en los años 70. Y la verdad es que yo creo que el mejor paisaje que tenemos cada uno de nosotros es el paisaje del sitio donde hemos sido jóvenes. No hay otro mejor.
- Dos planos temporales: el Trieste de 1920 y la Barcelona de finales de los 70. Dos épocas, como grietas, en el tiempo. Una Trieste que sufría las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y que no iba a encontrar todavía su destino unos años después. Y una Barcelona cuando acababa de morir Franco y que estaba en los inicios de la Transición y que, sin embargo, a pesar de que soplaban aires de libertad, todavía no se sabía de dónde venían.
- Le fascinó Trieste, el antiguo puerto del imperio austrohúngaro. ¿Qué encontró?
- Una ciudad especial, pero una ciudad subjetiva. Objetiva sí, bella, llena de historia. Pero también subjetiva, algo que tenía que ver conmigo. ¿Por qué? Porque es una ciudad portuaria, como en la que yo he nacido, porque es una ciudad mediterránea, como la Barcelona en la que yo he vivido. Tenía muchas cosas mías, porque su esplendor tiene que ver con los principios del siglo XX, que es lo que ocurre en ambas ciudades: en Bilbao y en Barcelona. Miras esos edificios y parece que acabas de salir de casa.
- La felicidad atraviesa la novela. Dice usted: “La felicidad es un pacto con la vida”.
- Exactamente. Lo creo así. Creo que solamente consigues ser feliz, cuando consigues pactar contigo, con los demás, con los acontecimientos, con los errores. Hay una frase de Marguerite Duras que dice: “No existen los errores. Solo existen actos extraños”. Yo creo que llegar a esa conclusión es empezar el camino de la felicidad.
- El arte es otro eje de su novela. La Anunciación de Antonella de Messina es una virgen sin aire espiritual ni maternal.
- Está la leyenda. Es una virgen que lee. Por lo tanto, no es una mujer convencional y, sin embargo, su rostro es el de una mujer normal. Pero además levanta la mano y parece que quiere apartar al ángel.
- Dice usted: “La identidad se construye a veces sobre las pérdidas”.
- Es cierto. Nos construimos sobre lo que hemos perdido, sobre lo que hemos dejado atrás, sobre la parte de nostalgia o la parte de peso que llevamos del pasado. Y nos construimos con más cosas, pero con las pérdidas también.
- También cobra un protagonismo especial en su novela el poeta Gabriel d’Annunzio, inspirador de la escenografía fascista de Mussolini.
- Es que es un estrambótico. Es un personaje que daría juego para una novela entera, pero lo que pasa es que es al mismo tiempo aversivo y fascinante. En la novela lo pretendía como un personaje muy secundario, referencial y, al final, como era tan megalómano, ha cogido terreno y ha acabado en un papel de secundario de lujo.
- Su anterior novela La vida cuando era nuestra se publicó en ocho países. ¿Ésta correrá igual suerte?
- Hombre, esperemos. No lo sé. Cada novela es un mundo y cada novela tiene su propio camino.

(Publicado en el diario Córdoba el 16 de diciembre de 2014)
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