
No toma decisiones. Para qué, se dice. No cumple horarios. Amanece y esconde la cabeza debajo de la almohada. Los días le parecen todos iguales, repetidos. El azar, si acaso, lo factura como una puta casualidad. No cree en los dioses. Sí en las diosas inaccesibles que se le cruzan por la calle, que se le ponen delante de la pantalla en la sala de cine y que nunca verá en las calles que transita a diario. Va...