
El peligro existe. También se inventa o se imagina. Sobre todo se imagina. Y de ese empeño baldío nace sin apenas apercibirlo. Está al lado nuestro, acurrucado como un gato manso o como un lince al acecho. Duerme casi siempre, cerca de nuestros ojos. Sentimos sus latidos de fiera salvaje y de vecino cordial. Sigue nuestros pasos adonde vayamos, para socorrernos o para destriparnos. Nadie sabe. Nunca sabremos.
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