jueves, 27 de diciembre de 2012

La mujer de las bragas rojas

La vio una sola vez. Y fue aquella noche. La vio entrar en el local. Caminaba altiva, orgullosa, ausente a nuestras miradas, a nuestros murmullos. No miró a nadie. Se acercó a la barra, pidió un whisky con una piedra de hielo. En vaso ancho y bajo. Whisky del bueno, del caro. No recuerdo la marca. Bebió en varios tragos su contenido. Después bebió agua. Miraba a las botellas de los estantes, como si hablara con ellas o descifrara en sus etiquetas el porvenir o desentrañara secretos de un tiempo pretérito que nunca se fue del todo.

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Tenía una belleza diferente, posiblemente única. El pelo ensortijado, rojo, envolvente. Los labios gruesos, insinuantes, rojos, muy rojos, de un carmín intenso. La piel blanca. Las uñas también rojas. El foulard también rojo. Él bromeaba con el color de sus bragas. También deben ser rojas, decía a media voz, ensimismado en sus sueños de don Juan inexperto.

Ella no se percató de las miradas lascivas de ellos hasta que pidió el segundo whisky. Él se acercó con ademanes de conquistador trasnochado, envuelto en frases manidas y perdido en lugares comunes, pero a ella le gustaban su porte de hombre sincero y sus amenazas de enamorado loquito. Se le quedó mirando de arriba abajo como quien examina una prenda que desea adquirir. Él la imitaba con poco acierto y cierto gracejo que a ella le hizo reír. Creí que ya me habías examinado, le dijo ella. Para un examen más a fondo, dijo él, necesito otro espacio, tenerte a solas, se atrevió a añadir, desvestirte sin prisas, improvisó sorprendido, temblar con tu olor de mujer deseada, creyó oírse a sí mismo, inventarte de nuevo entre mis brazos, deconstruirte con mis palabras, reconstruirte otra vez para poder seguir existiendo en mis vísceras, dijo con todo convencimiento. Y ella escuchaba con cierta parsimonia de criatura conquistada, él dijo después que de criatura enajenada y feliz. Deja ya tanta palabrería, dice él que dijo ella, y apodérate de este cuerpo que te doy, apriétame hasta que el aire que respiro se entumezca de agonía, penétrame, le dijo, hasta que vea brillar la luz en esta noche oscura, dice que le dijo, y él, ordenando sus nervios, todo se andará, le dijo, pero anda ya, le decía ella, y no me mates de inanición, cómeme, le dijo, antes de que me consuma de deseo.

Todo eso lo contó él después, cuando regresó con la mirada perdida y esa sonrisa quieta que le quedó para siempre en el rostro. Pagó ella los whiskys y se fueron convencidos de que cualquier noche es buena para romper la monotonía de los otros días. Se amaron con una premura que él desconocía hasta aquel momento, y le gustó la pasión que ella puso en el empeño primero y el desinterés o el olvido que mostró después. No te enamores, le dijo ella, me joroban los hombres románticos, cursis, que pierden la dignidad por un solo polvo. Él no supo qué decir, pero le gustó su aire seco, su distante autonomía de mujer libre. Nunca me enamoré, mintió él, y no creo que ahora sea el mejor momento para traer esos lastres aquí. Ella sonrió porque, en esas frases hechas en las que no creía, encontró un humor cálido e inteligente que le gustó. En realidad, solo vine para comprobar que tus bragas también son rojas. Me gusta el rojo, mintió. Y quizás a partir de ahora más aún, mintió también. Tal vez no haya una próxima vez, advirtió ella de modo imprevisto. Te veo muy segura de algo que no estás muy convencida, esbozó él sin saber bien qué decía. Serías la primera en olvidarte de un hombre como yo, dijo, tal vez arrogante, sin saber bien por qué. Ella rió su osadía. Él se levantó de la cama, se vistió con parsimonia, acabó el whisky, y observó su cuerpo. Ella le miraba sin decir palabra. Él observó su pelo ensortijado y desordenado en la almohada, sus pechos abiertos que miraban a la luna que no había, su pubis moreno, sus piernas cansadas, un temblor tierno en la cintura. Sin mirar atrás, abrió la puerta del apartamento. Desde afuera, se atrevió a decir, siempre bebo en el mismo bar. Además, te debo un whisky. Ella oyó un portazo suave y después el silencio llenó el dormitorio. Todavía tenía su olor en la cama y la duda de que aquella aventura efímera se fuera al amanecer.

Cuando él entró al local, los amigos todavía bebían los estragos de la noche. Él pidió un whisky en la barra y se acercó a la mesa donde ellos estaban sentados. Todos tenían un aire de sorna dibujado en los labios. Él no los miró., se sentó, se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó unas bragas y las tiró en la mesa. Y solo se atrevió a decir:

—Ya os dije que las tenía rojas.
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miércoles, 26 de diciembre de 2012

María Dueñas: “Los lectores quieren personajes llenos de humanidad”

Con El tiempo entre costuras vendió un millón de libros y en 2013 sus lectores podrán verla como serie televisiva. Ahora publica Misión olvido. Y sueña con vender también muchos ejemplares. No piensa defraudar a sus lectores, que probablemente se confundan con su cambio de registro, con este viaje que emprende a California en su nueva obra. María Dueñas vuelve tres años después con la única aspiración de seguir vendiendo millones de ejemplares y, sobre todo, de seguir seduciendo a estos y a nuevos lectores.

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—Después de haber vendido un millón de ejemplares de El tiempo entre costuras, ¿no le da vértigo sacar al mercado otra novela?

—No. Es un reto. Lo sé. Pero es un reto ilusionante.

—En Misión olvido abandona las aventuras de la modistilla Sira Quiroga para marcharse a California. ¿Lo entenderán sus lectores?

—Lo han entendido ya perfectamente.

—Pidió una excedencia en la Universidad para dedicarse a escribir. No sabe si volverá, pero no quiere hacer las dos cosas a la vez. Si la gente piensa que los funcionarios no trabajan.

—(Ríe). Los funcionarios de la Universidad, desde luego, yo doy fe de que sí trabajamos.

—En su novela recupera las aventuras de los misioneros españoles en California entre 1769 y 1823. Un tema del que se ha escrito poco.

—Poquísimo. La verdad es que poquísimo. La primera sorprendida al conocer aquel mundo fui yo. Y así lo trasladé después.

—¿Qué le llamó la atención de aquellas misiones?

—Me llamó la atención, sobre todo, conocer la última de las misiones, San Francisco Solano, que es la más norte, y que tiene una historia muy particular por el momento histórico en el que fue establecida.

—“Conecto con la gente porque cuento historias que rozan la piel”. ¿Será también que la gente vive en sus libros lo que la vida no le ofrece?

—Lo que la vida no o lo que la vida sí, pero al fin y al cabo son personajes llenos de humanidad, y eso es lo que los lectores quieren.

—Usted es ahora el sueño de cualquier escritor. ¿No le han hecho ninguna propuesta inconfesable?

—(Ríe). Cero, cero, cero. Me ven muy fiel a mi casa.

—Toda una vida buscándole el revés a las palabras, como lingüista que es, y de golpe se nos pone a escribir. ¿Qué es lo que no nos ha contado?

—Muchas novelas que me quedan por escribir todavía. Esas llegarán.

—Su libro reivindica también a los exiliados en las universidades norteamericanas, como Ramón J. Sender, hoy tan olvidados.

—Sí. Les rindo un pequeño homenaje tributo. Yo que he conocido sus universidades y he sido alumna y colega de los discípulos de algunos de ellos, me apetecía que estuvieran en mi novela rindiéndoles un pequeño homenaje.

—¿Se recuerda a escritores como Sender?

—Se le recuerda a veces en los circuitos académicos. Fuera no.

—¿Para el desamor es mejor perderse en el olvido antes que curar las heridas?

—Mis personajes creen que refugiándose en el olvido van a sanarse y al final se dan cuenta de que no.

—Con este libro, dice usted, quiere rendir un tributo a la posibilidad de reinventarse cuando la vida ha tocado fondo. ¿Así lo ha vivido usted también alguna vez?

—No. Yo afortunadamente no he tenido golpes como los de Blanca Perea, golpes tan duros. Pero, bueno, todos hemos tenido nuestras pequeñas derrotas y todos hemos peleado por salir de ellas, y eso te va curtiendo también.

—El tiempo entre costuras llegará a televisión en forma de serie. ¿Para cuándo y para cuándo el cine?

—Está terminada la grabación de la serie y esperemos verla a principios de 2013. Y en el cine hay proyectos posibles sin confirmar.

—“Lo mejor de la vida a menudo está por venir”. Después de vender un millón de libros, ¿qué espera de la vida?

—Además de seguir vendiendo muchos más, seguir seduciendo a los lectores.

—En determinadas circunstancias, la literatura puede ser reparadora. ¿Usted lo intenta con sus libros?

—Por supuesto. Estoy convencida de que la literatura tiene mucho más poder que el nuevo entretenimiento, la mera evasión, y ojalá lo consiga.

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martes, 25 de diciembre de 2012

Rodríguez Gordillo: “Córdoba es fundamental en la Carmen de Mérimée”

Don Quijote, Don Juan y Carmen son los tres mitos españoles. Córdoba y Montilla transitan por la novela de Mérimée. Carmen. Biografía de un mito, del historiador José Manuel Rodríguez Gordillo, nos acerca al personaje y al mito. A uno de los nombres de mujer que, junto con Madame Bovary y Ana Karenina, más sueños ha espoleado en los corazones masculinos. Este libro nos muestra lo que aún no sabíamos y que, con toda probabilidad, algún día sospechamos.

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—¿El mito de Carmen está a la altura de Madame Bovary o de Ana Karenina?

—Son diferentes. El hecho de ser Carmen un personaje proletario le da una dimensión completamente distinta.

—Carmen. Biografía de un mito. ¿Qué descubriremos en su libro que ya no sepamos?

—Primero, la personalidad de Mérimée. Y después, diferencias mucho más nítidas entre la ópera y la novela.

—¿En qué porcentaje Mérimée es responsable de ese sambenito de haber creado una imagen falsa y tópica de España?

—En mi opinión, escasamente responsable. Más bien, los responsables somos los españoles que adulteramos la obra magnífica que realizó el francés.

—Lleva dos décadas detrás de este mito femenino. ¿No se habrá quedado colgado de este prototipo de mujer?

—No es tanto el prototipo como su reflejo en la mitología cultural de nuestro tiempo. Uno se enamora indefectiblemente del personaje que estudia.

—Carmen representa la libertad. Pero las cigarreras malvivían, afrontaban y compartían la vida laboral y doméstica, eran manejadas por los administradores. ¿No hay demasiado parecido con la mujer de nuestros días?

—Yo creo que el triunfo del mito de Carmen es sencillamente porque refleja el camino que está tomando la mujer en la vida con relación al hombre, al trabajo y de la realidad social.

—Carmen no existió, pero Mérimée se inspiró en anécdotas que le narró la condesa de Montijo. Cuénteme.

—La condesa le cuenta dos anécdotas. Una, que se había enterado de un incidente en Málaga. Un bravucón, un chulo, que había matado a su enamorada porque le daba celos con otros hombres. De ahí viene el bravucón, la violencia y demás. Y otra anécdota de la propia familia de la condesa en la que un pariente suyo se había enamorado de una cigarrera. Las diferencias sociales eran tan extremadas que eran imposibles. Entonces, le había quedado en la mente a Mérimée esa relación de una cigarrera y un aristócrata.

—Después de Don Quijote y Don Juan, Carmen es el personaje más representativo de España.

—Según la encuesta que realizó la Comunidad Europea hace unos años, ese es el resultado de la opinión en Europa.

—La seducción de Mérimée por Sevilla queda patente en la obra. Pero también está Córdoba.

—Sin duda alguna, esa es una de las transgresiones de la ópera sobre la novela. Córdoba es fundamental en el desarrollo de la novela de Mérimée.

—También Montilla y sus vinos se dejan beber en sus páginas.

—Montilla está muy presente en el inicio y en el drama final de la novela. En su entorno se da el primer encuentro entre Don José y el autor, y al final el drama está en la misma sierra de Montilla.

—Mérimée también se dejó impresionar por bandoleros y contrabandistas, por los paisajes abruptos de las serranías andaluzas.

—Es que en su viaje de 1830 las recorrió profundamente, tanto los alrededores de Córdoba como después cuando desde la costa sube hasta Ronda. Entonces, ese entramado de serranías es fundamental en la concepción de España en Mérimée.

—Por supuesto, describe las condiciones de vida de algunos grupos de marginados, como los gitanos.

—Es que Mérimée tiene una frase esencial. Dice: “Como estoy estudiando a los gitanos, hice a mi heroína gitana”. Estaba absolutamente fascinado por la cultura, la forma de vida y por la etnia gitana.

—Gitana y cigarrera. ¿Son señas de identidad suficientes para sustentar un mito que sobrevive a los años?

—Hombre, el mito se ha gestado fundamentalmente por el desarrollo que dio al personaje la ópera, pero con eso solo no hubiera triunfado en la cultura actual.

Publicado en el diario Córdoba el 19 de diciembre de 2012
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lunes, 24 de diciembre de 2012

Ninguna parte

Miro tus ojos orientales, grandes y cálidos, persiguiendo el aire de la mañana. Despiertas al día con una alegría intacta y limpia, como si nunca la hubieras usado hasta ahora, y es entonces cuando me tropiezo con tus ojos vivos de ave al acecho, vigía de sueños compartidos y de viajes truncados. Te recuestas a mi lado sin pedir nada, esperando que el día avance hasta su ecuador inexorablemente, y ahí tendida, inerte, conservas entera tu grandeza de animal salvaje, tu fidelidad de gatita doméstica, tu pronto bravío de yegua desbocada. Tus ojos escrutan el universo reducido de esta habitación que es nuestro mundo común, esta isla de sábanas tibias que habitamos voluntariamente cada noche y que no es sólo un lugar de encuentro sino el compromiso sólido de las sensaciones compartidas.

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Aquí, cuando no estás, abro la ventana para escuchar tu voz cuando me hablas desde muy lejos, cuando andas otras calles que no conozco ni conoceré, y sé por tus ojos que ahora no veo que estás junto a mí cuando la luna corona el cielo de estrellas fugaces. Miro tu almohada deshabitada y la sábana que se me queda grande con tu ausencia, y sé por eso que nunca te fuiste del todo de mi lado. No me gusta inventar tus ojos cuando no estás, porque no es posible reconstruir con las manos los días extraviados en la memoria, ni puedo ni quiero vivir otra vez las horas que me diste sólo para mí y por una sola vez, porque no se puede repetir el momento único ni el deseo que se trucó de sueño en vida. No quiero ser un impostor de mi propia vida, ni vivir del tiempo pasado, ni rendir cuentas al tiempo venidero en aguas amargas.

Miro tus ojos ahora que estás a mi lado para saber que es posible retar cualquier esperanza, hacer factible cualquier proyecto siempre que me cubras la espalda de dardos enemigos. Somos dos cuerpos que siempre quisieron ser un solo espíritu, si bien sólo alcanzamos, y no es poco, a ser dos cuerpos engarzados y confundidos, yo dentro de ti, inmerso en ese placer entero que no olvido y que me persigue en ocasiones para arrebatarme la soledad que persigo.

Busco otros ojos para sustituir a los tuyos y es como querer cambiar el cielo por un techo cualquiera, o pretender cambiar el mar por un charco de agua en mitad del vacío denso de la existencia. No quiero otra soledad que la que yo busco ni otra mujer que la que dibujan mis manos si no estás, y es ahí, enredado de pensamientos y posibilidades, donde quiero quedarme para que nadie me llame ni me busque. No quiero escuchar mi nombre ni que otros labios me susurren palabras que conozco, porque en el espacio que yo construyo no tienen cabida las distancias que otras mujeres me proponen. Aquí, de vez en cuando, cierro los ojos y pronuncio tu nombre y, aunque sé que no estás, también sé que me escuchas, y por eso espero una respuesta que nunca viene, aunque también sé que es imposible.

En este rincón del mundo, escribo palabras para cualquier mujer, pero en realidad las escribo para mí, o para ti. Da igual. Describo los árboles legendarios, los senderos que se bifurcan, las escaleras vacías, a las mujeres solas que me cuentan sus penas arañando las escamas a la noche como si fuera un pez mordido por el viento iracundo. A todo respondo que sí, pues no escucho. Sólo oigo mis pasos acá adentro, las suelas de mis propios zapatos mordiendo la lengua de mi estómago sordo. No quiero estar con nadie si tú no estás, ni quiero apagar los primeros fuegos de una fiesta a la que no me invitaron, ni quiero gritar borracho por las calles oscuras tu nombre de hembra deseada. Quiero, por una vez aunque sea, decir adiós a nadie, mirar tus ojos y no penar porque los he perdido, abrir la puerta y saber que no serás tú, y que eso tampoco me importe. Y cuando otra mujer me diga las palabras que tú escribiste para mí, quiero olvidar que un día fueron tuyas y mías, y así saber que puedo vivir sin otra duda que no saber que existes porque yo mismo te inventé cuando te fuiste para ninguna parte.
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domingo, 23 de diciembre de 2012

El recuerdo que aquella mujer dejó

No recuerdo cómo nos conocimos. Y ahora ya bien poco importa. Lo que importa, entiéndeme, es que esa mujer cambió mi vida. Que por qué lo sé. Joder, nunca logré olvidarla. Se metió en mi vida como quien cruza por el lugar sin intención de detenerse, como quien va de paso, nada. Y de golpe te pregunta. No sé qué preguntó, qué más da. Fue cómo me miró. Que cómo me miró. Joder, tampoco lo sé. No sé nada. Sí sé que nunca encontré ninguna mujer como aquella. Más bellas, tal vez. Mejor equipadas, es posible. Pero ella tenía una magia indescifrable en las manos, un olor sutil a felicidad perenne que me persigue desde entonces. No sabría decirte. Le gustaba hablar lo justo y de manera precisa. Manejaba las palabras a su antojo. Y los silencios. Eso sí que me ponía. Tenía en las manos el tacto de un viento que no sabías por dónde soplaba, iba de ti y venía de ti. De acá para allá, sin ruido, acariciando la piel tan suavemente que no sé cómo decirte y que nunca olvido.

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Es eso el amor, me pregunto a veces. En realidad, me lo pregunto a cada instante. Y creo que no. Tú me ves a mí cara de lelo. Sí, mejor no digas nada. Pero no. Es algo distinto y total. Tú sabes que yo nunca me enamoré, que no soy incapaz de hacerlo. Podría escribirte lo más íntimo que hayas leído nunca. Sin embargo, es pura técnica. Debajo, no hay nada. Engaño a los lectores, pero no podría engañarme a mí. En cualquier caso, estos síntomas de los que te hablo me tienen preocupado. Me despierto con una pesadez en el estómago que no es del estómago, porque no como. Tengo una sed en la garganta que no logra apagar mi sed. Y bebo, ya ves que si bebo. Pero no logro olvidarla, carajo. Me pregunto si se puede olvidar a una mujer como ella. Claro que no. Y ese es mi problema. Que sé cuál es mi problema. Y no es amor. Es algo más epidérmico. Que necesito refregarme por su cuerpo, como hacen los perros en las arenas de las playas, embadurnar mi piel con su piel, apegarme a su sombra por si fuera su sombra, escudriñar en el silencio por si percibo alguna palabra suya descarriada, cotejar el horizonte por si percibo su perfil de amante completa.

Después que no ocurre nada de esto, como sabes, me vengo al bar, me siento aquí, cuento las botellas -me resulta fácil que contar ovejas- y mato los días que me quedan por vivir en su ausencia. Sé que todo es vulgar, que estoy jodido, que me estoy volviendo loco, pero es que me resulta imposible olvidar sus tetas de magdalena, sus labios de sandía, su coño de trufa. De acuerdo. Ya no te hablo más de comida. Pero son las figuras que me vienen a la cabeza. La sueño y la sueño comiéndomela. Y no tengo hambre, la verdad. No sé cuánto hace que no como nada. Inapetente total. Tengo el estómago cerrado, el corazón estropajoso, la sangre envenenada de su sangre. No estoy enfermo. Sencillamente me muero por ella. El problema cuando uno conoce el paraíso es vivir después fuera del paraíso. Y ella era Eva, como mínimo. Aunque tampoco recuerdo su nombre. Es lo único que he logrado olvidar de ella. Bueno, igual nunca me dijo cómo se llamaba. Nunca le pedí su móvil. Sé que me dijiste que lo hiciera. Pero estaba tan metido en su cuerpo que no estaba yo para plantearme cuestiones de esa naturaleza. Pensé que sería algo pasajero. Como siempre. Una noche de viernes que se olvida una mañana de sábado. Ahora, sin embargo, cada sábado que amanece me siento huérfano de mí mismo, vacío y confundido, extraviado en mi propio pellejo, buscando a ras de suelo las huellas de mi infortunio, pero no encuentro nada, tan solo recuerdos rotos que no me llevan a ninguna parte.

Esto ocurrió el verano pasado, sin formalismos, sin proposiciones, sin intención alguna de trascendencia. Cuando desperté aquella mañana ya se había duchado, vestido, olí desde la cama el café recién hecho, la ventana abierta a un día azul como pocos. Se me acercó, me besó apenas, con una sonrisa liviana, me dijo adiós, me dijo te quiero. Y hasta hoy. Después cerré los ojos y me quedé ensimismado en mis sueños hasta media mañana. Desperté y me acerqué aquí a tomar un café. No sabía a dónde ir, ni dónde buscarla. Desde aquel día vengo aquí. Tampoco sé por qué. Anda, ponme otro whisky. Tengo la garganta seca y el estómago cerrado. Y no me salgas con que esto son estragos del amor. Ahora no estoy para mariconadas. Lo sabes. Así que no jodas.
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sábado, 15 de diciembre de 2012

Cambiar de barrio

La última vez que lo vio le pareció un sueño andante. Con una elegancia falsificada de hombre austero y con la eficacia de la severidad en sus análisis. Algo frío en sus gestos, pero con tormenta en los ojos. Abominaba de los locales abarrotados de ciudadanos cansados de sus propias vidas y borrachos sin compasión y sin sentido.

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Ella, de vez en cuando, le lanzaba una mirada de corderita degollada o a punto de serlo, ensimismada como estaba en sus palabras de doble filo y en sus frases armónicas y sediciosas. Por momentos, pedía perdón y se acercaba a los aseos. Se miraba en el espejo el rostro pálido de emoción y se preguntaba qué le había metido ese hombre entre ceja y ceja. La sinrazón, se decía. La locura, se decía, La enajenación mental, se decía. O tal vez el amor, se preguntaba.

Desde aquella noche no logró olvidarlo. Le iba a las amigas con el cuento de que necesitaba tomar una copa en aquel local y no en otro, y se tiraba las horas esperando expectante a que un hombre cruzara el umbral de sus desesperación. De vez en cuando, daba un giro a la conversación para que aquel hombre fuera el tema a debatir, y comprendió en un solo instante que todas ellas amaban al mismo hombre. Fue como una ráfaga de fuego invisible que le quemó el estómago. No podía ser, pensó, que todas –vamos, las tres amigas que estaban sentadas a la misma mesa- quemasen sus sueños con el mismo arsénico. No se vio disminuida frente a una competencia que consideraba desleal, y por esta misma razón se empleó a fondo a fin de utilizar cualquier herramienta útil en el campo de batalla.

Cuando regresó al apartamento, sintió una soledad nueva, intacta, como si fuese una lata de conservas todavía sin abrir. Qué tendrán algunos tíos, pensaba, que son capaces de echar por tierra toda una vida edificada al margen de sus existencias. Se tendió en el sofá, se quitó los zapatos, encendió el televisor y se dispuso a no hacer nada. Entonces se dio cuenta de que debía hacer algo. En el frigorífico encontró un pack de cervezas. Abrió la primera lata sin convicción, y la bebió con una obsesión de experta en solo dos tragos. Ni esta mierda emborracha ni hace olvidar, se dijo. La vida está fabricada con mitos falsos, especuló. Después optó por ir a la calle y andar sin rumbo un buen trecho.

Al salir del portal, se tropezó con el hombre de sus sueños. Él la identificó con una sonrisa de confidencia, le dijo que no sabía que eran vecinos y le preguntó que adónde iba en una noche tan fría. No lo sé, dijo sencillamente, me aburría. Ya no supo decir más, y emprendió el camino reprochándose la falta de iniciativa y de concentración. Una hora después, volvió a la casa. No le apetecía cenar. Se desnudó, se metió en la ducha y pensó si sus manos fueran las de aquel hombre. Pero no eran. Se acostó con los sueños vacíos y con una sensación de estar confundida que no la dejaba dormir.

Apagó la luz. Y en el rincón más oscuro de la habitación sintió que una mujer jadeaba sin retorno posible, con unos silencios interrumpidos que bien se podían parecer a la muerte. No sabía si la protagonista de aquellas escaramuzas del amor limpiaba el cielo a solas o acaso un hombre cualquiera la había secuestrado en el limbo del deseo. Tampoco sabía si aquellas lamentaciones del placer más salvaje provenían de al otro lado de la pared o bien del techo, es decir, del vecino del tercero, es decir, del hombre que no la dejaba dormir desde la noche que se conocieron. Sintió un pánico alrededor de las piernas que le invadió de lleno el corazón. Será hijo de la gran puta, dijo en voz alta, pues no se está follando a la otra. Se persignó y juró también en voz alta:

—Mañana ese tío es mío o me mudo de apartamento.

Más tarde, un poco más serena, llegó a la convicción de que debía mudarse de barrio, que se aburría en este y, sobre todo, que prefería un lugar más tranquilo, donde la gente durmiera más y follara menos.
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martes, 11 de diciembre de 2012

Andrés Trapiello: “Ni una sola persona ha reconocido haber matado en la guerra civil”

Un niño presencia el asesinato a sangre fría de su padre en los primeros días de la guerra civil. Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) parte de este hecho real, porque “la guerra nos da muchísimos ejemplos de barbarie”, para ficcionar la historia de su última novela: Ayer no más (Destino, 2012). Una historia narrada a través de los monólogos de sus personajes, un método idóneo para dejar que el lector saque sus propias conclusiones.

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La obra, en la que están representadas con voz propia las tres Españas, es una tragedia en clave griega, como Antígona, en un país que dejó 600.000 muertos en los frentes de retaguardia y que nadie ha reconocido haber matado a ninguno. Es autor de ocho novelas, ensayista, poeta y autor de un diario titulado Salón de pasos perdidos, del que se han publicado diecisiete entregas.

—Un niño presencia el asesinato a sangre fría de su padre en los primeros días de la guerra civil. Su novela es ficción, pero parte de un hecho real.

—Por desgracia, la guerra civil nos da muchísimos ejemplos de barbarie, de injusticia, de crímenes que no pueden competir con la ficción, porque la ficción siempre se quedará corta con esa realidad. Por tanto, ni siquiera me molesté en ficcionar algo que la realidad española tiene sobreabundatemente.

—Pestaña renuncia a escribir un libro de Historia y transforma sus apuntes en una novela. Pero los lectores creen encontrar en la ficción las claves de un relato histórico. ¿A veces no sirve la Historia y hay que acudir a la novela para contar la verdad? No sé si ese es su caso.

—Está muy bien formulada la pregunta y no es mi caso. Es decir, yo quería hacer una novela desde el primer momento, porque tenemos la paradoja de que la ficción de la novela a menudo nos ayuda a desmontar la ficción de la historia, o la Historia como ficción, que es básicamente lo que ocurre en la guerra civil española, donde hay dos ficciones contrapuestas, históricas.

La ficción bolchevique y la ficción revolucionaria nacionalsocialista, que creen que la Historia es una especie de inmenso tapiz o de inmensa alfombra que se despliega llevándose por delante a millones de víctimas inocentes, necesarias, para construir ese final feliz en Roma, en Moscú. Esa mentira, que es una mentira también que se da en los nacionalismos, por ejemplo, y en otras concepciones de las naciones, etc., queda desvelada por la novela, porque a diferencia de la Historia donde los hechos suceden uno detrás de otro, la novela nos presenta hechos que suceden unos como consecuencia de los otros. Y este sentido que tiene la novela y no tiene la Historia es el que afortunadamente el lector agradece; es decir, que le da un argumento a lo que no lo tiene, y ese argumento que la vida no tiene le ayuda a comprender el no sentido de la historia.

—La novela está narrada con monólogos de distintos personajes, al estilo Faulkner. ¿Es el mejor método para dejar a todos los personajes que hablen y que el lector saque sus propias conclusiones?

—Me han preguntado cuál es mi personaje favorito en esta novela y he dicho que yo, porque soy el único que no está en la novela. Escribir una novela de la guerra civil que agrupa a las dos partes es muy difícil porque la realidad histórica lo impidió. La guerra civil fue una fractura del país en dos mitades que no tenían ninguna relación. Por tanto, hacer una novela de las dos Españas estas es prácticamente imposible, porque es inverosímil. No existió unos personajes que vivieran al mismo tiempo las dos Españas. Como mi novela sucede ahora, en 2006, en esta novela están representadas no solamente las dos Españas, sino las tres Españas posibles. Y tienen voz propia. Y era obligatorio darles esa voz propia que nunca han tenido al mismo tiempo, y hacerlo además con sus mejores galas intelectuales.

Es decir, que cada uno de los personajes hable como mejor sepa. Hubiera sido desleal por mi parte como escritor darles más inteligencia a uno u otro para que el lector se incline hacia uno u otro. Y el que es realmente protagonista en mi novela es el lector, que es un lector omnisciente que sabe en todo momento, oyendo las distintas voces, quién miente, quién engaña, quién no quiere contar la verdad, las razones por las que no puede contar la verdad, los conflictos de cada cual. Cosa que los personajes no saben todos de todos, ni mucho menos. Porque entre ellos se engañan y se mienten.

—Félix de Azúa dijo que su novela no trata de la guerra civil, sino de una tragedia que admite una sociedad como la nuestra.

—La novela es casi una tragedia en clave griega, una tragedia irresoluble, como la de Antígona; es decir, el protagonista se va a debatir entre su obligación como ciudadano entre denunciar a su padre y su obligación como hijo de defender a su padre. Es decir, oír la voz de la ley u oír la voz de la sangre. Y eso no tiene solución posible. Esa es la tragedia.

—¿Es diferente este país porque, como usted dice, nadie en España reconoce haber matado?

—La naturaleza de esta novela parte de este hecho peculiar, que no ocurre en ninguna otra parte. Ha habido en España 600.000 muertos en los frentes de la retaguardia y ni una sola persona ha reconocido que haya matado a ninguno de esos 600.000. Luego quiere decir que alguien miente o nadie cuenta toda la verdad. Por tanto, Pepe Pestaña, como hombre ilustrado que es, parte de esta idea. Es decir, no se cree lo primero que le han contado ni en la familia ni en los amigos. No se cree lo primero que le cuentan, pero tampoco quiere ser el último en contarlo.

—¿En su casa se hablaba de la guerra?

—Probablemente, si la pregunta se la hiciera a mi padre, diría que no. Si se me hiciera a mí, yo diría que no se hizo otra cosa que hablar de la guerra. Porque ellos creen seguramente que no han hablado de la guerra porque no nos han hablado a los hijos de la guerra. Pero entre ellos no hicieron otra cosa que hablar de la guerra.

—75 años después de que Chaves Nogales o Clara Campoamor descubrieran el engaño de los dos bandos, se ha escrito que la tercera España ya tiene por fin su novela: la suya.

—Me encantaría que fuera así, porque ese ha sido un poco el propósito. Yo, como sabes, estoy un poco en el origen de la recuperación de Chaves Nogales y de Clara Campoamor, y me encanta identificarme con personas que tan pronto se dieron cuenta de que la España a la que la inmensa mayoría de los españoles hubiera querido pertenecer, que es la tercera España, fue la primera que sucumbió.

El 19 de julio, España dejó la España democrática y liberal por la que habían luchado Chaves y Campoamor. Prácticamente, esa España democrática desaparece y por eso se van. Yo creo que esa España es la que tenemos ahora. Las dos Españas son más minoritarias que nunca y en cambio hay una inmensa España que es una tercera España real.

—La ley de Memoria Histórica fue necesaria pero insuficiente. ¿No se debió abordar este tema en plena Transición? Dicho de otra manera: ¿No piensa que la izquierda de este país cedió demasiado?

—No lo comparto enteramente. Porque lo que hemos visto es que hemos vivido el periodo más largo de la historia en democracia. Por tanto, no se debieron hacer del todo mal las cosas. Y de hecho, estamos hablando del pasado sin el traumatismo que hubiera significado hacerlo en el 75. Lo que sí es verdad que la ley de Memoria Histórica es una pequeña oportunidad perdida, porque era un arranque noble y necesario –la reparación de injusticias-, pero lo que se hizo mal es que es que fue ambigua la ley porque se reparó a muchos pero se agravó al mismo tiempo a otros tantos innecesariamente. Las víctimas son de todos.

—Pero sí es cierto que una España fue más culpable que otra.

—No es que haya sido más culpable. Es que ha sido responsable, una de las dos Españas, del golpe de estado contra un régimen legítimo. Por tanto, es un golpe ilegítimo. Esto es fundamental. Mientras no se admita este mínimo, no avanzamos nada. Pero no podemos quedarnos aquí, que es lo que ha hecho en parte la izquierda.

El problema de la izquierda es que tiene que admitir que la República que defendía los principios de la Ilustración hasta el 18 de julio, en buena medida dejó de hacerlo a partir del 18 de julio. Es decir, que la República es responsable, al menos en parte, de la violencia que se generó en la zona republicana. Y eso la izquierda todavía no acaba de reconocerlo. Es verdad que la derecha tiene toda la responsabilidad en el golpe de estado.

—¿Algún día el Congreso condenará ese golpe de estado?

—Debería hacerlo cuanto antes, pero al mismo tiempo, como ha propuesto algún diputado de derechas, no estaría de más que el mismo día se pusiera una placa en el Congreso con el nombre de todos los diputados asesinados durante la guerra, cosa que cierta izquierda no quiere porque la mayor parte de los asesinados son de derechas.

Publicado en el diario Córdoba el 8 de diciembre de 2012
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