jueves, 17 de enero de 2013

Puede ocurrir esta noche

Viene a este bar cada noche para verla a ella. Nunca le dice nada. Porque cree en los hechizos, en el amor a primera vista, en las utopías que nunca se apagan, en la última oportunidad que nunca se pierde y tampoco se cumple. Una manera de no tirar la toalla y también un método para no sucumbir al fracaso. A él le gusta sentarse a la barra siempre en el mismo taburete. Desde ese lugar dispone de un ángulo privilegiado que abarca todo el local. De manera que, cuando llegue, será objeto de una vigilancia exhaustiva y constante.

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Él observa primero sus andares: sinuosos, como si no pisara el parqué, al ritmo que mueve sus caderas, de unas medidas perfectas, piensa él. Después sube la mirada y se detiene en sus pechos, discretos y altos, piensa también. Y más tarde ausculta su mirada de pájaro enjaulado, y sus labios de inevitables sensaciones. No hay que decir que, sin más, vuelve la mirada al vaso y bebe un trago largo para apaciguar la fiebre del amor. Esta mujer tiene fuego en los ojos, le dice al camarero, que es amigo de confianza en estos trances. El camarero, que ya sabe de qué va la historia, le responde: el fuego lo tienes tú en la entrepierna y no sabes cómo apagarlo.

Ella se sienta al otro lado de la barra. El camarero se dispone a servirle otro gin tonic. Qué ginebra, pregunta. La misma que él, obviamente, le dice sin titubeos. Él siempre bebe lo mismo, dice ella. Siempre lo mismo, contesta el camarero. Y siempre se sienta en el mismo lugar, pregunta ella. Siempre en el mismo lugar. Y espera a alguien, se atreve a preguntar ella. Siempre a la misma mujer, responde el camarero. Pero yo siempre le veo solo, dice. Y a este paso le seguirá viendo solo, dice el camarero. Esa mujer nunca viene por aquí, pregunta ella. Viene todas las noches, como usted, dice el camarero. Está ahora aquí, pregunta ella. Siempre que usted está aquí, ella está también, es inevitable, responde el camarero. No me extraña, debe tener el móvil saturado de números de teléfonos de otras mujeres, dice ella. El móvil sí, dice el camarero, pero la vida no.

El camarero no insiste en detalles para no romper el embrujo que, como cada noche, se repetirá sin apenas variantes. Ella le mira sin pretenderlo. Le gusta su aire informal de donjuán extraviado, su soledad cómoda de hombre que no quiere compromisos, su aire de amante olvidadizo que mira sin ambición desde su atalaya cerrada a cal y canto. Ella bebe por él. Nunca bebió, pero ahora piensa que es buena estrategia para no sucumbir del todo a sus encantos. El problema es que al cuarto gin tonic ya no está para más avanzadillas en esta guerra sin cuartel y sin balacera. Nunca le gustaron las guerras frías, las guerras en que ambos bandos se vigilan sin tregua y sin asomo de hacer uso de sus cañones.

Ella llama al camarero, le pide otro gin tonic y le pregunta: cuántos se ha bebido ya él. Seis o siete, ya ni llevo la cuenta. Pues dile que no beba más, carajo, dice ella sin saber de dónde le salen las palabras. No sabe acaso que el alcohol y el amor son incompatibles, pregunta al camarero. No entiendo. Que cuando estás borracho no se te empina, carajo, dice ella. Siempre que bebe le gusta adornar las frases son palabras soeces, con versos incompletos de poetas que algún día leyó, le pone media sonrisa para que el miedo se le diluya por dentro y mira con descaro y ternura al mismo tiempo. Cuando él pasa a su lado para ir al baño, ella lo para con la mano en su hombro. Una pregunta, hombre solitario, le dice ella: tú follas o no follas, que la noche se acaba y a mí no me cabe ni un gin tonic más. Así que mea, paga, que te espero afuera. Y no me digas que no, le advierte, que he gastado una fortuna en ti, he perdido toda la paciencia y me he hecho adicta al alcohol. Así que vuelve pronto y borra de mí toda duda y toda deuda esta noche.

Él la mira con sorpresa y sin palabras. A ella le conmueve su aturdimiento de espía espiado. Pero sabe que a los hombres les reconfortan las palabras eficaces. Le pone la mano en la cara y acerca sus labios a su oído, y le dice: Y no te preocupes si no te levanta, que yo sé cómo hacerlo.
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miércoles, 16 de enero de 2013

La vida que no merecen

Nunca pensé en matarle como ahora lo pienso. ¿Por qué?, me podrías preguntar. No sé. Son sensaciones. Vienen y van, igual que vuelve la lluvia o la calima en verano. Igual que después del día inexorablemente nos envuelve la noche. Son como latigazos eléctricos. Llegan y te nublan la vista y la razón. Es un vacío interior que no te sé describir. Es un pozo al que inevitablemente vuelcas los ojos y después el cuerpo. Te vas viendo caer sabiendo que no puedes volver atrás ni cambiar el rumbo del abismo al que te diriges. Y en el que habitarás contra tu propia voluntad.

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Siempre existe la sospecha de que algo pueda cambiar el sino de las cosas, por supuesto. Yo así lo creo. Cuando estas sensaciones desaparecen, recobro una paz inusitada que me devuelve una felicidad que nunca busqué.

Pero sé bien que esta serenidad que anhelo durará poco tiempo y que la vida en cualquier otro momento me arrancará de esta habitación que amo y me empujará por jardines que desconozco y detesto y me conducirá a otras ciudades en las que no me encuentro. Y enajenado de mí buscaré el calor de una mujer que no amo y hallaré en cualquier botella la magia necesaria para combatir este rincón del alma que no me pertenece.

Nunca pensé en matar a nadie, aunque muchos que conocí merecían morir más bien pronto que tarde. Les perdoné la vida porque a veces también el castigo consiste en condenarlos a vivir. Son seres que se sienten extraviados en este mundo, son impostores de ellos mismos, sombras de sus sombras, fotocopias cuyo original un día perdieron al subir al bus o esperando en la cola de un mercado mientras observan los colores puros de las frutas y se embriagan con el olor de las especias.

Están desubicados en su laberinto interior. Y esa circunstancia les envejece pese a una juventud oxidada que reclaman sin derecho, porque no la vivieron como debieron hacerlo en su día, cuando los ojos se les iluminaban al paso de una muchacha, el corazón se les alborotaba como un pájaro enjaulado que huele el alpiste a distancia.

No merecen vivir porque tiraron la vida al primer estercolero que encontraron a su paso. Y ahora se ahogan en su propio pellejo mientras pretenden administrar una jubilación sin esperanzas que les depare un deterioro físico sin dolor y sin recatos económicos Han escenificado como nadie su paso por la tierra, han justificado sus actitudes en momentos de crisis, han elaborado un dossier de quejas para presentar a la autoridad competente que, de momento, no saben quién pueda ser.

Los años le queman en la piel como el sexo les abrasaba al primer contacto con otro cuerpo. Pero ignoran ahora qué fue de aquellas sensaciones o sentimientos que siempre fueron postergando para otro momento, ignorantes de que la juventud tiene fecha de caducidad y el amor es un ave rapaz que busca carnaza en los cielos azules en los que otros pájaros pierden la vida o la dirección que les libre del peligro acechante.

Podría matarle ahora mismo y, sin embargo, le regalo la vida como condena. Huyo de esta habitación en la que me guarezco de la lluvia y de las gentes, de todos aquellos vecinos que vigilan sin días contra mi voluntad. Ellos, que no tienen intimidad, auscultan la mía para encontrarse.

Quieren abrir mi corazón en canal para exculpar sus pecados, pecados que no cometieron, pues nunca salieron a la vida a merodear los rincones menos transitados, ni se sintieron héroes por un día de los éxitos que nunca lograron abarcar con sus propias manos. Y ahora que la vejez les rompe la esperanza, me buscan para que les rompa la vida, para que les cuente cómo me fue por aquellos caminos que ellos nunca lograron arribar, me piden, por favor, que les regale el relato de mi fortuna o que les mate para siempre porque no se merecen este regalo intransferible de la vida.

Él sobre todo me lo pide. Y yo me niego a ser verdugo de nadie y me niego a quitar la vida a quien no tuvo los cojones de vivirla con dignidad y lo dejo aquí sentado mirándose las entrañas, solo, aunque está rodeado de todos ellos y todos, solos, mirándome, me piden la clemencia que no les concedo.

Deben vivir ahora la vida que nunca merecieron, hasta que la muerte los encuentre una tarde agotados de respirar y de no ser ellos mismos. Y cuando ya no se reconozcan unos a otros, ellos mismos se devorarán como chacales. Inventarán el crimen y conocerán la muerte. Pero para entonces, yo estaré buscando tus ojos y engañando a la muerte en cualquier esquina, mientras tú me miras como siempre quise que me miraras, lejos de otros ojos que nunca tuvieron mirada.
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lunes, 7 de enero de 2013

Mara Torres: “Me inventé a Fortunata para que me hiciera compañía”

Periodista y escritora. Presentadora en TVE del informativo La 2 Noticias. Finalista del Premio Planeta 2012 con la novela La vida imaginaria, una historia más imaginada que vivida. Mara Torres se inventó al personaje de su novela, Fortunata Fortuna, para no sentirse sola. El libro es, además, un homenaje a la Fortunata que creó Galdós, el personaje femenino por excelencia, dice ella. Esta historia, es cierto, es pura ficción, pero la personalidad de la autora se derrama por sus páginas.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

—¿Qué hace usted con su vida cuando la persona que quiere se va? ¿Se la inventa?

—A veces no te queda otra que inventártela.

—Como decía John Lennon, ¿La vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes?

—Pues mira, yo creo que la vida imaginaria es lo que pasa por tu cabeza mientras la vida real pasa.

—Ser finalista del Premio Planeta ha sido el momento más feliz de su vida. ¿Tan claro lo tenía?

—Superado por una fiesta que hice después con mis amigos para celebrar el premio, que para mí fue la verdadera entrega del Planeta, que es compartirlo con todos mis amigos.

—Las primeras treinta páginas de esta novela las tituló Los domingos de mierda. Se parece hablando a la protagonista de su novela.

—(Ríe). Sí. Y si puse ese título a esas treinta páginas fue porque jamás pensé que iba a salir que yo era la autora de esa novela. Siempre soñé que lo hacía con seudónimo y que el seudónimo sería Fortunata Fortuna. Si no, no hubiera tenido narices.

—“Empecé a escribir este libro porque lo necesitaba”. Cuénteme.

—Me inventé a Fortunata Fortuna para que me hiciera compañía.

—Fortunata Fortuna es un homenaje a Galdós. ¿Tanto le inspira el maestro?

—El nombre, sí. Humilde homenaje. Tanto me inspira el personaje de Fortunata en Fortunata y Jacinta. Me parece el personaje femenino por excelencia de la literatura española.

—¿Escribe ahora literatura porque ve cómo está el patio en la profesión?

—No. Sé que la profesión está viviendo una doble crisis, pero cuando yo creé a Fortunata en 2007 las cosas parecía que no iban a ir tan mal.

—Me dirá lo que quiera, pero veo cierto parecido entre Fortunata y usted.

—Te puedo contestar con un poema de Ángel González.

—Venga.

—Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,/ y una voz cariñosa le susurró al oído:/ – ¿Por qué lloras, si todo/ en ese libro es de mentira?/ Y él / respondió:/ –Lo sé/ Pero lo que yo siento es de verdad.

—Su novela comienza así: “La vida es una mierda”. ¿No le parece demasiado lenguaraz su protagonista?

—Desde luego. Habla a casco porro. Suelta las cosas como le vienen a la cabeza, y yo soy mucho más cuidadosa con el lenguaje que ella.

—Usted dice que Fortunata es un personaje muy español, pero la comparan con Amélie o Bridge Jones.

—(Ríe). Sí. Incluso a personajes que no he visto nunca. Cada uno que la compare con quien quiera.

—Cuenta noticias y ahora es la noticia. ¿Se acostumbra?

—En realidad, yo creo que la noticia es la novela y el premio, pero no yo.

—“El amor nos hace a todos iguales”. Pero, como dijera George Orwell, a unos más iguales que a otros.

—Desde luego. Ahora también nos hace a todos iguales, pero el que lo vive lo siente como extraordinario.

—Para terminar, dígame la verdad. ¿Esta es una historia vivida o imaginada?

—Las dos cosas. Más de la segunda que de la primera. Más imaginada que vivida.
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domingo, 6 de enero de 2013

Lorenzo Silva: “El franquismo desvirtuó la imagen de la Guardia Civil”

Autor de obras tan conocidas como La flaqueza del bolchevique o El alquimista impaciente (Premio Nadal 2000), ha obtenido con la novela La marca del meridiano el Premio Planeta 2012. Para Lorenzo Silva, el guardia civil es un personaje literario pero, curiosamente, poco usual en la narrativa española. Y el instituto armado es una fuente de información impresionante para poder documentarse el escritor a la hora de crear la trama de una novela policiaca. Él lo dice más o menos así.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

—La trama de su novela transcurre entre Madrid y Barcelona, dos ciudades divididas por el meridiano cero. ¿No me diga que le inspira la actualidad?

—Sí. Por supuesto. Lo que pasa es que la actualidad, por mi parte, es muy cambiante y, por otra parte, hay muchas cosas que no cambian nunca. Y la relación de Cataluña con España es una de ellas.

—“Mi novela está llena de policías corruptos”. ¿No le vale con los banqueros y los empresarios que nos han empobrecido?

—Precisamente abordo la corrupción a través de los que creo que menos se corrompen.

—Usted reivindica a los guardias civiles como personajes literarios. ¿Qué le seduce el instituto armado?

—El carisma, el carácter y la historia.

—La Guardia Civil lleva más de 168 años investigando crímenes. ¿Es la mejor fuente de información para escribir una novela policiaca?

—En España al menos debería ser la opción más natural.

—Los protagonistas de su novela se ven obligados a conducir coches que confiscan a delincuentes. ¿Tan mal está la cosa?

—No es la primera vez, pero hubo una época en que tenían otros coches. Hemos retrocedido.

—¿La Guardia Civil ha recuperado su imagen manchada por el franquismo?

—El franquismo hizo algo más que manchar la imagen. La reprogramó y la desvirtuó.

—Por las páginas de su novela también se asoma el fin de ETA. ¿No le atrae el tema para escribir una novela?

—Sí. Cuando le pasen un buldog zerg por encima de las armas que les quedan.

—¿En las últimas manifestaciones la policía se ha excedido o los ciudadanos comienzan a inquietarse?

—A lo mejor te vale también al revés. Algunos ciudadanos se exceden y algunos policías se han inquietado. Estoy de acuerdo pero también en lo otro.

—Algunos de sus personajes cruzan el meridiano de la ética. ¿Hay salida después?

—Hay retorno cuando uno no se deja el alma.

—Madrileño casado con catalana. Con casa en Madrid y en Barcelona. ¿Es esa la solución para este país?

—Por lo menos entre nosotros funciona.

—Ha creado su propio sello editorial, Playa de Ákaba. ¿Tantos escritores sin editor hay en este país?

—Muchos y muy buenos. Y por eso merece la pena buscarlos.

—“No escribo historias para premios”. ¿Lo sabía Lara, su editor?

—Siempre que he hablado con alguien de algún premio, lo he dejado bien claro. Yo primero escribo el libro. Luego, ya después, me planteo qué pasa con él.

—“Hasta los criminales tienen su código ético”. Le encuentro muy comprensivo.

—Lo tienen. Lo que no quiere decir es que yo lo comparta.

Publicado en el diario Córdoba el 28 de diciembre de 2012
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sábado, 5 de enero de 2013

La verdadera historia de los Reyes Magos

Hace unos años, Juan Goytisolo escribió –con sorna, por supuesto- que al menos uno de los tres Reyes Magos era andaluz. Se ve que algún asesor –de esos que leen en las instituciones, que no son muchos- descubrió el artículo del escritor catalán e inmediatamente advirtió al Papa del gran descubrimiento. Seguramente, Benedicto XVI lo leyó con sorpresa y entusiasmo, y dijo: “Esta es la mía”.

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En el Vaticano, en los últimos años, se sorprenden por cualquier cosa, y como estos tiempos son de cambios profundos, en la Plaza de San Pedro han aprovechado para maquillar un tanto la historia que más nos gustaba. Comenzaron diciendo que el cielo existía, pero que no sabían muy dónde se ubicaba. Siguieron con el limbo, advirtiendo que nunca existió, y que allí no vivía nadie. Y ahora le ha tocado el turno al portal de Belén, que era la única construcción de leyenda que creíamos se había levantado y urbanizado conforme a la ley entonces vigente y sin que circulara un maletín de billetes usados de por medio. Pero se ve que tampoco.

Ahora ha llegado Benedicto XI, con su libro sobre la infancia de Jesús, a destrozar uno de los pocos sueños que creíamos a salvo de esta crisis que todo lo espolea. Al parecer, el Papa asegura que el verdadero origen de los Reyes Magos no es Oriente sino Huelva, es decir, Tartessos, cuya capital se llamó Tarsis, una región que los historiadores sitúan en algún punto indefinido de Andalucía que tampoco excluye a Cádiz o a Sevilla.

Según fuentes bien informadas del Vaticano, el Papa tomó como referencia los Libros de los Salmos y el Libro de Isaías, porque allí se alude a Tarsis como el origen natural de los Reyes Magos. Pero quienes leemos periódicos, sabemos que en realidad fue Juan Goytisolo quien dio la pista al gobierno en la tierra de nuestro Creador.

Lo que no dice el Papa es que el primer texto histórico que hace referencia a los Reyes Magos es el evangelio de Mateo, quien narra que fueron unos magos, que no recuerda de dónde habían salido, y que no eran no eran tres ni eran reyes, sino magos a secas, que no es poco, los que vinieron a adorar a Jesús de tierras remotas.

La historia de las Sagradas Escrituras se parece mucho a las investigaciones llevadas a cabo sobre el bandolerismo en Andalucía, que hablan de una banda que trabajaba en la sartén de Andalucía conocida como Los Siete Niños de Écija, que si bien ni eran siete, ni eran niños, ni eran de Écija. Pues con los Reyes Magos, igual.

Desde luego, es el único acontecimiento destruido en 2013 en el que la mano de Rajoy no aparece por ninguna parte (de momento). Pero lo que no entiendo es que la autoridad católica la tome también con la mula y el buey, además de con la estrella, que fue una supernova, se informa. Como dice un buen amigo mío, qué necesidad habrá de cambiar la historia en estos momentos, si los Reyes Magos es probablemente una de esas pequeñas mentiras piadosas en las que todavía quisiéramos creer. En lo que sí se parecen los Reyes Magos de todos los tiempos es que los regalos de esa noche y otros estragos de esta era acaban pagándolos siempre los padres, aunque sean pensionistas.
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viernes, 4 de enero de 2013

Mujeres de mi vida

Fueron llegando a mi vida sin orden y con concierto. Cada una traía su propia música y al marcharse dejaban el estribillo de su canción grabado para siempre en mi memoria. Algunas cantaban éxitos vulgares de cualquier verano. Otras se vestían de profundidad y conocimiento y hacían de las noches frías de diciembre un conservatorio de horario estricto y nivel sobresaliente. Alguna otra interpretaba la melodía como Dios le daba a entender, volteaba las letras sin ton ni son con el objetivo intransferible de confesar su propia vida, deceleraba los ritmos impuestos por la melancolía y acababa imponiendo un popurrí indigesto que no se curaba con ninguna agua tónica. Se metían en mi vida sin previo aviso.

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Cuando me quise dar cuenta, habían llenado los armarios con sus ropas y sus sombreros y sus paraguas, y los muebles del cuarto de baño estaban atestados de secadores de pelo y braguitas minúsculas, de botecitos de cremas hidratantes y cepillos de dientes de distintos colores y tamaños. Llenaban el frigorífico de verduras frescas y frutas de olores vivos, y nunca sucumbieron a la tentación de compartir mis latas de conservas, mis botellas de bebidas espirituosas ni mis libros de mesita de noche. Al contrario, me invitaban a compartir sus lecturas y sus bebidas sin gas y sin alcohol y el gimnasio de un horario nada sugerente. Se quedaban poco tiempo en mi vida porque me cansaba de ingerir ensaladas de quesos varios y leer libros absurdos y manuales de autoayuda que no tenían nada en común con la literatura de mis desvaríos.

Al principio me querían como era, me admiraban por lo que representaba, y morían por mis ocurrencias inoportunas en el momento y lugar oportunos. Pero al cabo de varias semanas intentaban sin éxito reducir el tamaño indecente de mi estómago, cambiaban los muebles de lugar sin tener en cuenta mi opinión ni mi concepto estético del lugar ni ningún otro concepto estético que no mancillara la mirada con tan sólo mirar de soslayo, reducían mi biblioteca a una docena de libros ya leídos de autores conocidos, alteraban mis horarios desordenados, reducían mis visitas a los bares, buscaban en la rebajas camisas alegres y de diseño más acorde con mi nuevo estado anímico, elegían los vinos que bebía –más económicos de precio, por supuesto-, respondían a mis llamadas telefónicas, concertaban mis citas con el exterior como si el mundo fuese un océano insondable cuyo organigrama sólo ellas alteraban a su antojo. Uno se acostumbra a todo. Qué duda cabe. Pero un día entras en tu casa con dos copas de más y no reconoces las paredes ni los muebles ni la cama, ni los cedés amontonados en cualquier rincón y hueles un perfume que ya no te parece nuevo. No dices nada, porque no puedes decir nada. Ella, sin embargo, te ve ya una cicatriz en la mirada, pero sólo acierta a decir: “Siempre bebiendo con los amigos”. No has bebido con los amigos. Has bebido solo en el bar de abajo, esperando que ella regrese de los grandes almacenes, de la consulta del ginecólogo, de tomar café con alguno de sus ex novios o de contar con detalles minuciosos tu vida a las amigas. Qué más da.

Cualquiera de estos días ya no te pregunta si eres feliz, porque consideran que el esfuerzo realizado hasta el momento es patrimonio más que suficiente para amortizar cualquier duda o deuda al respecto. Cuando vuelves del trabajo ya no te besa, porque anda enmarañada con menesteres de más clara urgencia. Sin abandonar sus tareas, te describe tu futuro más inmediato. Ella no te obliga a que la acompañes, aunque le gustaría que tú también la ayudaras a elegir el traje para la boda de su prima. No obstante, te entiende y te perdona, incluso te incita a que la esperes en la cafetería más próxima mientras ves el partido de fútbol, aunque ella sabe que a ti el fútbol no te va. No importa, tú te vas a ver el fútbol.

Llega otro día en que ya te has acostumbrado a ver el fútbol, ese exilio obligado al que ningún hombre emparentado con sentido común renuncia. Y entonces descubres el encanto de la soledad obligada que siempre anhelaste pero también la paz reconfortante que cada vez más necesitas para sobrevivir a los estragos de la vida diaria. Ya no te importa que regrese más tarde, porque no la esperas. Acaso ella tampoco tiene prisa por volver. No importa, porque ambos ya viven una vida que se bifurca en múltiples senderos. ¿Cuándo llega el último día? ¿Quién pone punto final a ese libro cerrado? ¿Quién dice la última palabra cuando ya el diálogo se ha roto mucho tiempo atrás? Poco importa, porque afuera la primavera amenaza con días luminosos y con la sospecha creciente de que la vida todavía no toca a su fin.

Un día desaparecen de tu vida como el rocío cuando calienta el sol. Dicen adiós por propia voluntad, después de haberlo meditado mucho tiempo. Buscan el momento oportuno, pero ellas no saben que tú se lo ofreces sin recato. Se despiden sin nostalgia y con una expresión de falsa tristeza que han aprendido a dibujar durante muchas noches. Se van para olvidarte sin saber que nunca lo lograrán, porque afuera les espera una vida fácil que buscan y que en el fondo también desprecian, como desprecian sus propias vidas inválidas y recurrentes. Tú las besas por educación, por respeto, también con amor, y les prometes que no las olvidarás, aún cuando ellas sospechan que ya las has olvidado. Se metieron en tu vida por cualquier razón ajena al entendimiento y a la pasión. Ellas saben que todo acabó y que nunca más nos tropezaremos con los zapatos en el asfalto. No son finales tristes, sino definitivos. No hay palabras, porque nunca las hubo entonces. Tampoco hay reproches, porque el aire estancado ahoga cualquier mirada. Ese día se van para nunca más volver, con la sensación insalubre de los días equivocados.

Otras mujeres van de paso por tu vida. Vuelven y se van sin anuncio previo. Un día te llaman y gastan contigo todas las horas de ese fin de semana. Y después desaparecen. Sabes que otro día te llamarán y te inundarán la cabeza de recuerdos portentosos. Nunca prometen nada que no puedan cumplir ni sabes, cuando despiertes, si tendrás una carta de despedida sobre la cama. La letra tiene trazo seguro. Es decir, la habían escrito y pensado con antelación y ahora te la dejan sobre la sábana húmeda en la que su olor todavía está caliente. Tú sonríes porque sabes que es así y siempre será así. Son historias eternas pero con intermitencias ineludibles y ausencias graves. Ellas siempre vienen cargadas de regalos y de libros, de botellas de vino, con pedazos de su vida deshecha y a veces rota. Vienen dispuestas a que las reconfortes y de paso también te reconfortan. Cómo no. Traen las ganas de vivir a flor de piel, pero en la mirada ya se les adivina unas leves arrugas que no logras identificar con los años, sino con la tristeza. Portan cada vez más una melancolía liviana que las hace atractivas y seductoras. No hablan con palabras de doble filo, pero lo hacen con palabras que hieren, con palabras que no esconden aristas, más bien vivencias, fracasos, amores descarriados y siempre, eso sí, esa infinita inclinación que las empuja sin titubeos a la búsqueda furtiva de la felicidad.

Algunas de ellas están casadas o felizmente casadas, o viven con algún hombre que les hace la existencia más llevadera y conciliadora. Atesoran una vida ordenada, un equilibrio interior envidiable e ineludible. Utilizan el sentido común con la misma destreza con que el matarife agarra el cuchillo del sacrificio. De vez en cuando, sin embargo, miran por la ventana y ven pasar simétricamente los días que anhelan y se les escapan, atropellados como si fueran una tira cómica, con la confianza apagada de que no los pueden agarrar ni detener, y entonces les inunda la sensación profunda de haber equivocado sus vidas y se van del hogar buscando las sensaciones perdidas y es ahí cuando te buscan, cuando vienen a compartir el tiempo que dejaron quemar sin esperanza, vienen decididas a no formular preguntas sin respuestas sino a resolverlas mientras beben con silencios densos y esquivos que dicen más de ellas que sus inevitables confesiones cuando la madrugada te las pone entre los brazos como si ahí hubiesen deseado estar desde el mismo día en que las conociste.

Traen la ternura aprendida como una herramienta imprescindible en ese exilio interior del que huyen sin éxito pero cuyo éxodo fuerzan ya sin aliento. Mientras tanto, te buscan, sabes que tú no eres el hombre definitivo sino una parada de postas en un camino sin destino, posiblemente sin dirección alguna. Tú vives sin esperar nada a cambio porque sabes que la vida deja muchos heridos a su paso, intentando ser feliz a tu manera. A veces, cierras la puerta de la casa y también tú huyes a cualquier lugar del mundo donde alguien te espera para compartir esta existencia fugaz. Ella tiene allí una habitación reconfortante y cerrada al ruido exterior. Te ha esperado durante meses o años, porque en su interior sabe que volverías y porque, de alguna manera, vuelvas o no, no encuentra otra fórmula para hacer viables los días de invierno y las noches de verano. Sabe que un día te irás, y siempre queda la duda de un regreso posible, pero en esa espera hay mucha más felicidad condensada que en otras muchas vidas movidas por la monotonía y el desprecio a la persona a la que ya no aman o tal vez nunca amaron y con la que viven una vida deshecha.

Cuando vuelves, coges el teléfono, alguien te ha echado de menos estos días y tú ahí reconoces el abrazo que todavía no has recibido y eres feliz de esa manera fugaz y perversa que es tratar de robar minutos a cada hora, porque cada hora es definitiva y efímera como el fuego que ofrece un fósforo o como la existencia imposible de esa piedra de hielo que tiras a la acera cualquier tarde de estío. Vuelves a tu casa porque aquí escondes un lugar acogedor donde desprenderte de la tristeza que ellas te inoculan en las venas cuando están a tu lado, porque vienen no a romper o saltar las alambradas del hastío, sino a hacerte cómplice de una tristeza compacta que se les ha adherido a la piel, como si fuese otra piel sobre su propia piel, como si para reconocerlas tuvieras que romperla o atravesarla como si fuera una máscara y desposeerlas de un pasado escurridizo que les volatiliza la belleza natural de sus gestos y las convierte en criaturas siamesas de ellas mismas. Son como sombras, van adonde ellas van y se nutren de sus propias vivencias y las agarran y zarandean como si pretendieran transmutarles los deseos y la desdicha de sentirse vacías y viscosas como huevos de serpiente. Y es ahí cuando arrancan a llorar con un llanto sordo y eficaz, porque saben que tú las escuchas y las comprendes, aunque también adivinan que no te interesa su angustia, porque es antigua y oscura, y no ayuda a recomponer las oportunidades huecas ni los desafíos desatinados.

Te abrazan y te besan, por supuesto, y duermen a tu lado con una serenidad que compadeces y un cansancio remoto de pensar que tú ya estás al otro lado de la mampara componiendo el protocolo de otra aventura furtiva donde la tristeza no ocupe toda la superficie de la mesa y donde las posibilidades de mirar de frente al destino no necesiten de ningún manual de autoayuda ni de otros versos que no escapen a sus ojos y a sus ambiciones.

Siempre quedan, claro está, los amores de una sola noche, aquellas mujeres que te buscaron para volcar sobre ti todas las frustraciones acumuladas en toda una vida, pero que también encontraron en ti el colchón donde no les hubiera importado acomodarse para siempre, aun sabiendo que ese sueño era una ecuación irresoluble, porque no había nada en común entre esos dos seres descarriados que se buscan para apagar con aliento recíproco, en las últimas horas de la noche, las obligadas ensoñaciones que ofrecen como recaudo los excesos etílicos. Queda más tarde una sensación agridulce de no haber resuelto nada, sino simplemente la conciencia de una soledad encubierta que ambos alimentamos con mimo y desvergüenza en la resaca posterior a toda fiebre siniestra.

Después vienen, eso sí, los días monótonos, los días hieráticos, la ambición soterrada de que será el último intento fallido por esconder las armas en cualquier batalla que no es la que buscamos. Pero la historia siempre se repite con ese mecanismo perfecto de reloj cuya aguja gira inexorablemente sobre el mismo eje a fin de repetir las mismas horas y andar el mismo itinerario, aunque, ya lo sabes, el tiempo no es el mismo, si bien es la misma aguja que gira sobre la misma superficie y señala la misma hora. Pero el tiempo es otro, y la mujer es otra, pero trae la misma tristeza incólume como si fuera una prenda recién planchada que te ofrece como si fueses el primer amante a quien se la ofrece. Y tal vez sea así, porque en cada entrega hay un principio y unos nuevos propósitos. Incluso su tristeza parece nueva, pero no lo es. La has reconocido en ella y también en otras mujeres que miran con la misma ternura de yeguas olvidadas y dan con su piel un paraíso ya descubierto pero deshabitado y frío, que necesita calor y dedicación, que necesita aislarlo de otras humedades y de otras dudas atrincheradas en el software de su conciencia.

Tienen estas mujeres la necesidad consolidada y la responsabilidad íntima de pedirte otra noche a tu lado, aun cuando saben que ésta o la otra serán la última, porque somos ambos dos criaturas solitarias que vagan por la ciudad sin rumbo y que se esconden en la noche acechando otra alma gemela que las distraiga de los trasiegos de la existencia y de los pormenores de sus obligaciones mínimas. Tienen estas mujeres una mirada profunda pero también lejana, difícil de encontrar si las buscas con ahínco, porque tampoco ellas se ven si se miran al espejo. Eso sí, perciben un vacío en el globo ocular que no saben si es producto de la vista cansada, o de la vida cansada, o del cansancio de vivir sin encontrarse en el espejo cuando se miran o después cuando cierran los ojos e intentan huir de los sueños advenedizos que les dicen quiénes son y que después olvidan con la primera ducha torrencial que cae sobre su piel como el linimento del olvido que las cubre por otra jornada en la que apagan de nuevo su vida.

Te abrazan con violencia descontrolada que pretenden emular con la pasión pero que más se parece a la melancolía propia de una hembra destrozada. Y su dulzura tiene brumos acumulados en la piel con los que tus dedos tropiezan e impiden que las retengas por más tiempo, como si hubiesen nacido para ser libres pero quisieran quedarse asimismo adormecidas sobre tu pecho, acurrucadas al calor que no tienen y buscan cada noche en cualquier cama, como si no les importara llenar esta u otra habitación, o posiblemente saben a ciencia cierta qué habitación abandonaron un día contra sus propios pronósticos pensando que todas las habitaciones son iguales y todas las camas tienen el mismo calor soñado de aquellos días en que fueron felices.

No les importa engañarse y engañarte, porque saben sobre todo que la vida cabe en una película de Hollywood o en una novela romántica o en un viaje que se consumió con la misma premura con la que se toma un desayuno. Y de esa brevedad malinterpretada e indigesta se nutren a diario para no morir del todo cada noche cuando te encuentran bebiendo en los bares, buscando los ojos que ahora te miran y que sabes que pronto o tarde te mirarían con el objeto primero de arrebatarte una sola noche en mitad de este inmenso y desordenado almacén que es la pura y puñetera existencia.

Hoy esta mujer trae la belleza nueva del último intento, la necesidad de robarle al desengaño todas las migajas de desprecio que conserva desde entonces, desde aquel día gris en que se desdobló su vida por senderos irreconciliables. Te aman con ese amor volátil de quien no cree en el amor, ni falta que les hace, porque ya han aprendido de los efectos narcóticos de los sentimientos y de los intentos múltiples que abocan en el desengaño. En fin, no es ahora el lugar ni el momento de transgredir esta felicidad esporádica que ofrece el encuentro, porque sobre todo saben que de estos momentos está construido el puzle de su felicidad.

En cualquier caso, siempre quedan los amores verdaderos y las mujeres auténticas. No siempre te acompañan cuando la vida se hace difícil o te extravías entre sueños ajenos que no buscas, pero tú sabes que están ahí, presentes como el aire, aunque no las ves, pero las sientes como si fueran tu propia sombra. Un día se acomodaron en tu corazón con la pretensión de no huir jamás, porque hay destinos ineludibles y obligados. Se sentaron a un lado de tu vida, siempre esperando, vigías de sueños ensordecedores que te arrastraban a un vacío inescrutable. Siempre estaban allí donde no las buscabas y donde nunca sospechaste que te pudieran esperar, dotadas de una paciencia sin brechas, con media sonrisa de complicidad que siempre aceptabas, con una serenidad que a veces extraviabas en los bolsillos del pantalón entre klínex y monedas sueltas y papeles con anotaciones y llaves que no abrían ninguna puerta.

Fueras adonde fueras te seguían sin preguntas, porque sólo les interesaba estar a tu lado, en cualquier rincón del mundo porque tú eras su mundo y, a fin de cuentas, el entorno lo transformaban ellas a su antojo, y tú las dejabas, pintaban los paisajes con colores cálidos y alargaban los días como si soplaran un globo de chicle en el que cabe la vida condensada. Después te llenaban el vaso de vino y te lo daban a beber en sus labios, y te susurraban palabras que no debes repetir por pudor y que nunca se borran de la memoria. Y nunca se cansaban de ir contigo a la ducha o a la cama, de sentarse contigo a la barra de cualquier bar y de leer contigo los mismos libros cuando las noches se prolongan con éxito más allá de toda especulación. Te aman sin advertencias y sin compromisos, sin tarjetas de crédito y sin horarios, sin números clave y sin números de la suerte, porque cuando te abrazan a cualquier hora se lo juegan todo, porque no pretenden ganar ni perder, sino jugar, nada más que compartir contigo la mirada del mundo.

No saben cómo te encontraron. Generalmente, hay un momento fugaz que transforma e ilumina sus vidas para siempre. Te dicen que te aman con palabras que no esconden aristas, generosas en adjetivos y en noches que nunca olvidan y que tú tampoco alcanzas a olvidar, ni pretendes hacerlo, por supuesto. Te ofrecen una complicidad compacta como una olla de acero, como un contrato blindado, como un río cuyos límites los ojos no alcanzan a definir. Más allá, en el horizonte, siempre te esperan, sentadas a la sombra de un árbol que sobrevive al cambio climático, a las tertulias radiofónicas, a los vendavales falsos de la actualidad. Traen un silencio frágil en sus manos que necesitas y que te ofrecen sin nada a cambio, no como si fuera una mercancía, sino como un regalo desinteresado que ya esperabas. Te ofrecen su vida sin aditivos, sin especias, sin especulaciones, sin alfombras, sin protocolos, sin intereses bancarios, sin crisis financieras, sin dudas, sin teatro, sin fechas, porque traen todo el tiempo del mundo para que te lo bebas de un solo trago.

Y tú, sin lugar a dudas, bebes con ellas hasta que la madrugada se rompe como un vaso cuando estalla a tus pies, y es ahí ya cuando las palabras han cumplido su función primera y ahora abren paso a dos cuerpos que se buscaron desde mucho tiempo atrás y que siempre que se encuentran se reconocen con una necesidad que alivia nuestra existencia y reconforta como el chocolate caliente o como la luz del sol después de una prolongada tempestad. Es aquí donde descubres todas las posibilidades de la tristeza, donde quisieras estar cuando ya se han ido, donde siempre vuelves para no vagar sin rumbo por las aceras de cualquier ciudad que desconoces. Es aquí y ahora donde te quieres quedar, lejos del ruido de las calles que ignoras y de otros ojos que te buscan y que rehúyes.

Quieres quedarte para siempre mirando sus ojos y oliendo su piel, tendido mientras ella te inventa y te descubre con sus dedos, sin prisas y convencida de que no quiere otro paisaje que esta habitación donde no tienen cabida la tristeza ni la sospecha remota de que el tiempo pueda tener bordes como las mesas, cerraduras como las puertas, orillas como los ríos, olvido como los hombres. Sabes que ella conoce todas las posibilidades que ofrece la tristeza, por eso la tritura como si fuese una fruta y la tira al aire para que se esparza por la tierra y la tierra la engulla y se pierda para siempre. Y así lo hace, sin palabras, midiendo un momento eterno que la memoria nunca logrará doblegar ni confundir.

Estas mujeres son bellas como los sueños que buscas y se volatilizan cuando nace el día, pero sólo tú sabes que algunos sueños se pueden atrapar con las manos y degustar con el paladar y recordar para olvidar a aquellas otras mujeres advenedizas que un día se metieron en tu vida por cualquier razón que desconoces y que ahora ríen y aman con tristeza.
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domingo, 30 de diciembre de 2012

Joaquín Berges: “El humor es ese prisma que uno se pone como unas gafas”

Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) publica su tercera novela, Un estado del malestar (Tusquets, 2012), una obra que él define como un cuento de hadas para adultos. Le resulta imposible prescindir del humor en sus textos. Podría escribir una tragicomedia, pero no “un drama dramón”. “La cabra tira al monte”, se justifica.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

La familia es de nuevo el escenario más pintoresco para situar la acción, y en su seno la lucha de poder entre hombre y mujer. Una productora ha comprado los derechos de autor de su anterior novela, Vive como puedas. Además, tiene en cartera dos proyectos de futuro. El primero, escribir una novela “muy gamberra”. “Venderme al humor por el humor”, dice. El segundo, una novela más seria, confiesa muy serio. Después, reinventarse de nuevo.

—Define su novela como un cuento de hadas moderno. ¿Necesitamos este tipo de historias en estos tiempos que nos ha tocado vivir?

—Pues seguro que en estos tiempos más que en ninguno porque, de alguna manera, estos tiempos tan oscuros nos han quitado un poco la ilusión. Y la ilusión era aquella cosa que teníamos cuando éramos niños y nos contaban cuentos. Entonces, de alguna manera esto es un cuento para adultos. A ver si nos animamos.

—El asunto que trata en la novela es muy serio, pero salpicado de momentos muy divertidos. ¿Todo se puede contar con humor?

—Casi todo. Todo, todo, no. Casi todo. El humor es ese prisma que uno se pone como unas gafas. De pronto, no se ve bien cuando uno se hace mayor, tiene presbicia, y de pronto se pone uno unas gafas y ve las cosas de otra manera. Pues es un poco eso. Hay que ponerse unas gafas para ver las cosas de otra manera porque hemos mirado demasiado tiempo desde un solo prisma y hay más formas de mirar. Y el humor es una de ellas.

—A usted le sería muy difícil prescindir del humor. ¿Nunca ha intentado escribir algo serio?

—Sí. Lo he intentado y cien por cien serio soy incapaz. La cabra tira al monte. Tengo un proyecto de una novela más seria, pero me sale un personaje que ya voy viendo que va a ser el bufón de la trama. Digamos que, como mucho, puedo llegar a escribir una tragicomedia, pero no un drama dramón.

—La familia es también en esta novela el escenario principal en el que desarrollan su vida los protagonistas. ¿Tan absurda y pintoresca le parece la institución familiar?

—(Ríe). Pero, bueno, es que todos vivimos en una familia. Por eso mis personajes también viven en una familia. Porque la fuente de inspiración cuando te preguntan dónde te inspiras, yo digo que me inspiro en el día a día y en el día a día yo lo que veo son familias. Yo vivo en una familia, mis amigos viven en una familia y todo el mundo vive en una familia. Entonces, es el escenario natural de mis personajes. Es la familia, donde todo el mundo vive. Lo que pasa es que la familia se ha modernizado y ahora las familias pues no son solamente lo que eran antes: el papá, la mamá y la abuela. Ahora hay primera mujer, segunda mujer, niño de primera mujer, de segunda, niños adoptados. Bueno, las cosas han cambiado pero la familia es el escenario donde vivimos todos.

—Pero le resulta un escenario muy pintoresco.

—Yo hago que sea pintoresco. Yo no podría escribir sobre una familia normal a la que no le pasa nada. Yo necesito que mis familias sean pintorescas para que potencialmente den lugar a una trama que se desarrolle con comicidad y con hilaridad. O sea, mis puntos de partida tienen que ser familias muy pintorescas para poder desarrollar a partir de ahí una trama con humor.

—Su protagonista, Ricardo, es 12 años mayor que usted. Le costó meterse en su piel porque la edad vuelve a uno más sarcástico. ¿Le va ocurriendo también a usted?

—(Ríe). Sí, sí. Simplemente tuve que hacer una proyección, recordar como yo era hace 12 años y cómo soy ahora, y trasladarlo 12 años después. Sí, yo creo que la vida te va haciendo más sarcástico, vas teniendo peor humor, más mala leche; o sea, el humor se va volviendo más agrio. Y yo creo que eso es lo que le pasa a mi personaje. Y el humor que tiene mi personaje Ricardo es 12 años más ácido que el que tenía mi personaje Luis de Vive como puedas, mi anterior novela. Y me tuve que disfrazar de él, hacer un poco ese ejercicio de traslación, por decirlo así.

—Las relaciones de sus personajes con las mujeres también ocupan un lugar destacado en su obra. A Ricardo, por ejemplo, le atrajo el físico de su mujer. Pero ella también envejece.

—Bueno, es un caso extremo. Es como lo de la familia pintoresca. Esto es un caso extremo. Pero también pasa. En este caso, él dice que le gustaba su mujer antes cuando su piel era tersa y sus vestidos tenían arrugas. Ahora sus vestidos están perfectamente planchados, pero su piel tiene arrugas, y entonces ya no le gusta. Es un caos un poco extremo, pero es verdad que la guerra doméstica entre hombres y mujeres está presente en mis novelas, pero porque también está presente en las familias, al menos en las que yo conozco. Hay como una especie de lucha de poder dentro del hogar entre el hombre y la mujer. Y eso es lo que yo reflejo también en mis novelas.

—Los hijos también aparecen en sus libros. ¿Es más fácil comunicarse con los hijos por WhatsApp que hablar con ellos directamente?

—(Ríe). Sin duda. Lo que hay que hacer es mandarles un whatsap. Exacto. Tú ves a tu hijo adolescente que está en el sofá de al lado viendo el mismo programa que tú y tu única opción de comunicarte con él es mandarle un whatsapp, que se integre junto con los whatsapp que está recibiendo de sus amigos, así por lo menos te va a hacer caso. Si le hablas, es inútil, porque él está conectado a su matrix particular.

—A su protagonista la prejubilación, en el estado del bienestar, le produce malestar. ¿Se contagia de la realidad?

—Lo que le pasa a mi personaje es que se prejubila porque le obligan a prejubilarse y a todos nos han contado que la prejubilación es el estado ideal de la vida pero a mi personaje no le parece así porque es un luchador. Él dice que el que no tiene nada por lo que luchar no está vivo, no se siente vivo. Y si a él lo prejubilan, no tendrá nada por lo que luchar, tendrá todo, se lo darán todo el estado del bienestar. Y esa situación, de encontrárselo todo hecho, le producirá un profundo malestar personal.

—Una productora española ha comprado los derechos cinematográficos de Vive como puedas. ¿Sabemos algo más?

—Vive como puedas es una novela que puede ser llevada al cine para ser una película muy sabrosa, y los productores y nosotros hemos estado hablando de una feel good movie, como se dice ahora en inglés, que es una película que cuando el espectador salga de ver el cine se va a sentir muy bien. O sea, mis lectores, que han leído Vive como puedas, me han informado y escrito para decirme lo bien que se han sentido después de terminar la novela. Pues los productores querían trasladar esa misma euforia al cine, que la gente cuando salga de ver la película pueda sentirse feliz. Yo creo que es una novela muy cinematográfica.

—¿Por dónde va a seguir ahora después de Un estado del malestar?

—Tengo dos proyectos que son, casi te diría, diametralmente opuestos. Uno es escribir una novela muy, muy gamberra, con muchísima guasa y sin darle tregua a la emotividad. Venderme al humor por el humor. Ese es uno de los proyectos. Y el otro es hacer una novela un poquito más seria e incluso profundizar un poco más. Y luego me reinventaré nuevamente.

Publicado en el diario Córdoba el 1 de diciembre de 2012
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