miércoles, 10 de julio de 2013

Fernando García de Cortázar: “Intento ser Julio Verne y Salgari con todos los niños”

El historiador Fernando García de Cortázar publica Pequeña historia de los exploradores, un libro para niños de 9 a 99 años, en el que se adentra en el mundo de la ficción sin abandonar la historia. Ilustrado por Jvlivs, el autor cuenta cómo gracias a sus hazañas hemos ido rellenando los vacíos del mapa. En la obra, Sergio, un chaval apasionado por los libros de aventuras, recibe una noche la visita de Julio Verne. A partir de ahí, el lector conocerá los grandes viajes de los exploradores de nuestra historia.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

—Ha escrito un libro sencillo y con sentido del humor para lectores de 9 a 99 años. ¿Le gustan los retos?

—Siempre me han gustado y, de mis 60 libros, cada uno ha sido un reto respecto al objetivo, respecto a la edad, pero quizás este es de los mayores de mi vida.

—El lenguaje del libro es claro y ameno, y además al final contiene un minidiccionario. ¿Tan mal se expresan los alumnos?

—Sí. El léxico era muy corto, muy breve, y entendí que había que prolongarlo. Porque este libro yo lo he hecho en contacto con los posibles lectores. Me metieron en un colegio de jesuitas de Madrid y lo hice en contacto con ellos. Y al ver que había palabras que no conocían, yo entendí que debían pertenecer cuanto antes a su léxico.

—Los niños ya no leen a Julio Verne ni a Salgari. ¿Pretende usted ocupar su lugar?

—Sí. Sería mi objetivo. Y este es el segundo libro e inmediatamente va a venir un tercero. O sea que intento serlo también, no solo lo que hecho con la Breve historia de España, sino con todos los niños.

—¿La historia del mundo sería hoy otra sin las hazañas de los exploradores españoles?

—El mundo sería distinto sin sus hazañas y también sin el pensamiento de los españoles que da origen a las hazañas. Las hazañas tienen después una reflexión entre los teólogos y los filósofos, y son los creadores del derecho internacional.

—Ha logrado condensar en un relato 4.000 años de Historia. ¿No se ha olvidado de nadie?

—Escribir es rehusar. Escribir es rechazar. Yo creo que los historiadores tenemos que ejercitarnos en el difícil arte de la síntesis.

—“Hace falta una gran revolución en la transmisión de conocimientos históricos”. ¿Quiere usted decir que no conocemos bien nuestra Historia?

—Esa es una llamada de atención a los historiadores. Creo que la Historia la transmitimos mal y no la transmitimos como la crónica de la humanidad, la crónica de una gran aventura, sino que a veces es esa imagen de algo pesado, algo prolijo, y por eso creo que hay que hacer una revolución, para que nunca se considere así la Historia. Es la crónica más apasionante, puesto que es la crónica de la vida del hombre.

—Algunas autonomías han llenado el temario de Historia con “hechos diferenciados”. ¿Eso ayuda a fomentar una entidad propia o a que nos extraviemos?

—Ayuda a que nos extraviemos. Y el drama de la historia en España es precisamente esa fragmentación y esa obsesiva búsqueda de esos hechos diferenciados, cuando en España nos diferenciamos muy poco y, a veces, las diferencias son puramente gastronómicas o son puramente folklóricas.

—Reconoce que es más fácil escribir sobre la historia remota. ¿No le gusta levantar ampollas?

—A mí no me gusta, pero las he levantado y abundantemente, puesto que el historiador debe comprometerse con el presente. A mí el presente me ha comprometido tanto que he llevado doca años escolta policial.

—¿Qué tres exploradores nunca debemos olvidar y por qué?

—Tenemos que elegir a Marco Polo, porque nos ayuda fundamentalmente a conocer China, Japón y, sobre todo, trata de unir Oriente con Occidente. Yo elegiría también al escritor Bernardo Díaz del Castillo, que nos da la gran epopeya española. Y elegiría también a James Cook, en el siglo XVIII, quien circunnavega el mundo dos veces. Ya lo había hecho antes Elcano y tiene grandes exploraciones de carácter científico.

—Usted es jesuita y el Papa también lo es. ¿Se siente como en casa?

—Bueno, también me sentía como en casa con la intelectualidad de Benedicto XVI. Este es un papa jesuita con una proyección bastante franciscana y por ahí probablemente van a venir las grandes novedades, por su franciscanismo.

—Este libro es el preludio de su primera novela, ambientada en la Primera Guerra Mundial.

—Sí. Así es. Entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda República. En este libro introduzco ficción y diálogo, y la propia editorial me dijo: “Si hay ficción y diálogo estás ya en la novela. ¿Por qué no te lanzas?”. El próximo reto, y me tiemblan las piernas, es ese.

—¿La literatura le ofrece posibilidades que no encuentra en la Historia?

—Sí. Enormes. Y lo he visto al redactar esta novela. Me obliga a hacer análisis de la mente humana, del corazón, del pensamiento humano, de ciertos comportamientos que, como autor de Historia y de ensayo, no me podría permitir.

Publicado en el diario Córdoba el 17 de junio de 2013

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martes, 9 de julio de 2013

La buena suerte

Se quedó mirando el paisaje yermo, los árboles rotos, la tierra cuarteada por la calima. Los lagartos, únicos habitantes de un estío largo y duro, se escurrían por los terrones resecos y, bajo alguna cepa, anidaban unos polluelos abandonados. Es un tiempo sin aristas, plano como esta tierra sedienta de agua, un tiempo hondo y cobrizo, parado en mitad del silencio, sin abismos posibles. A lo lejos, no hay nada, solo la tierra vacía e inhóspita. Este hombre mira, con alguna migaja de esperanza, un cielo azul y blanco, piensa también que sin color, sin pájaros ni nubes, sin estrellas, sin aviones programados que crucen de punta a punta la faz de un universo de medidas desproporcionadas a sus ojos.

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Se ha quedado solo mirando la vida de hoy, triste y huidiza, que ni siquiera algunas canciones edulcoradas le cambian el sabor agrio del desánimo. Hay una voluntad herida de cambiarlo todo que no está a su alcance, espasmos de un dolor ajeno que no puede sofocar, hay en el entorno frases acabadas, cuentas que no salen, sospechas apagadas como velas que ya no arden ni iluminan esta habitación.

Este hombre, que no sabe qué pasará con él mañana, vive cada día como si fuera el último, anda siempre los mismos caminos, porque en ellos se siente protegido de las alimañas, y de vez en cuando rellena unas quinielas para intentar trastocar el azar que le es adverso hasta el momento. Lo hace cada semana y conserva durante siete días el resguardo sellado con la esperanza infundada de que la suerte, alguna vez, vagará sin rumbo por este lugar. Y ahí estará él, acechante, insobornable al abandono y a la duda, consciente de que la buena suerte, a veces, anida, como aquellos polluelos abandonados, en cualquier rincón de nosotros mismos.

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lunes, 8 de julio de 2013

Mª Ángeles López de Celis: “Las carencias personales de Aznar las suple Ana Botella”

Durante 32 años ha trabajado en la Secretaría de la Presidencia del Gobierno y ahora publica Las damas de la Moncloa, un retrato íntimo de las seis mujeres de los presidentes de nuestra democracia. En el año 2010, María Ángeles López de Celis se asomó a la dimensión más íntima de todos ellos en su libro Los presidentes en zapatillas. Y en 2011 publicó también El síndrome de Alí Babá, una reflexión sobre la corrupción. Está en posesión de la Cruz de la Orden del Mérito Civil (2006).

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

—Ha trabajado, durante 32 años, en la Secretaría de la Presidencia del Gobierno. ¿Algún secreto de Estado del que no nos podamos enterar?

—Algunos me llevaré a la tumba, porque ya no los voy a contar. Sobre todo, más que secretos oficiales, secretos personales. 32 años de profesión dan para mucho.

—Es la única persona en toda España que ha colaborado con los cinco primeros presidentes de la democracia. Díganos cómo se sobrevive a una experiencia como esa.

—Pues a veces yo misma me lo pregunto y mi hijo también, y me dice que aquello me ha debido dejar un poco tocada.

—En su libro no hay chismes, secretos de Estado ni ánimo de ofender. ¿Seguro que no se arrepentirá de publicar un libro así en España?

—Yo creo que no, porque yo soy una persona seria y me gusta que el trabajo sea serio. Pero nunca se sabe si puedo contar lo mismo pero de otra forma más divertida.

—Para elaborar su libro pidió entrevistas personales a las damas de la Moncloa, pero ninguna se la concedió. Salvo Pilar Ibáñez, viuda de Calvo Sotelo. ¿Tan discretas son estas señoras?

—Yo no lo calificaría de discreción. Yo lo calificaría de miedo.

—Me da la impresión de que no le gusta Ana Botella. Es polémica, pasional, lista. Todo lo que su marido no es, dice usted, un hombre con muchas carencias.

—Exacto. Es un hombre muy bien preparado, un buen político, pero tiene carencias personales que las suple Ana Botella. Pero ella está en las antípodas de lo que soy yo.

—Carmen Romero le recuerda a las mujeres de Julio Romero. Independiente, culta, feminista ponderada. Y transgresora. ¿No me diga que sacaba los pies del tiesto?

—Sí que los sacó, porque era una luchadora y defendía su espacio propio ante un marido arrollador como el que tenía.

—Sonsoles Espinosa, esposa de Zapatero, pasará a la Historia por ser la consorte más esquiva de todas y la más reacia a representar el papel de primera dama. O sea, la más arisca y huraña.

—Sí. Yo creo sinceramente que era bipolar, porque cara a cara era agradable, cálida y simpática, y de cara a los medios era absolutamente muy esquiva, fundamentalista ya con la intimidad. Rayaba la fobia social.

—Los trabajadores de la Moncloa comentaban que Sonsoles y Zapatero “eran un poco aburridos”. Es decir, ni trasnochaban ni se echaban los trastos a la cabeza.

—Es que eran demasiado políticamente correctos. Para un matrimonio joven, pues que les gustara un poco salir más y tener una vida un poco más flexible, hubiera sido más normal. Nosotros decíamos que eran aburridos. Exactamente.

—De Elvira Fernández, mujer de Rajoy, dice que “mira el dinero con lupa”. Ya que sabe tanto de dinero, ¿por qué no le pregunta el juez sobre los sobresueldos de Bárcenas?

—Pues yo creo que ella, de lo de preguntar, poquito. Ella se coge sus papeles y sus facturas y se lo organiza ella solita. No sería mala ministra de Hacienda.

—Carmen Romero, eclipsada por el carisma de Felipe. Ana Botella, encantada de manejar el cotarro. ¿No me diga que no había ninguna pareja equilibrada?

—Si. Equilibrados, equilibrados, Leopoldo Calvo Sotelo y Pilar Ibáñez. Además, vivieron un matrimonio muy feliz y con mucho cariño y mucho romanticismo.

—Amparo Illana era depresiva y melancólica. ¿Condicionó su actitud y su enfermedad la trayectoria política de Adolfo Suárez?

—Sí. A él le preocupaba mucho su mujer. Y como ella se deprimía mucho, pues su marido estaba preocupado. Para Adolfo Suárez no había más que dos cosas en la vida: la política y su mujer. Cuando se acabaron esas dos cosas, pues ahí le tenemos como le tenemos.

—Rompa matrimonios y reordénelos hasta conformar la que hubiera sido la mejor y peor pareja de la Moncloa.

—(Ríe). Esto no me lo han preguntado nunca. Imagínate una Ana Botella con un Felipe González. Esa acaba como el rosario de la aurora. Y los que pegan más dentro de los que no son pareja, Rajoy con Pilar Ibáñez, cuando ella hubiera sido más joven, lógicamente.

—De estas seis mujeres, ¿cuál hubiera sido una buena presidenta?

—Yo, sinceramente, me inclino por Carmen Romero. Creo que, por su trayectoria, su experiencia, hubiera hecho un buen papel.

—Oteando el panorama político actual, dígame qué mujer podría alcanzar la Moncloa para hacerlo con dignidad.

—España está muy preparada para asumir la presidencia de una mujer y tenemos candidatas muy preparadas. Por ejemplo, Esperanza Aguirre, una mujer con una gran trayectoria. Por ejemplo, Carme Chacón, una mujer muy preparada. Y a mí me gusta mucho personalmente Soraya Sáenz de Santamaría.

Publicado en el diario Córdoba el 11 de junio de 2013

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domingo, 7 de julio de 2013

Reencuentro

Anoche volví a reencontrarte. Eras la misma que perdí meses atrás por alguna razón que no entiendo. Pero anoche te recuperé. Redescubrí tus ojos fijos y negros, tus labios sinuosos, tu piel esperándome. Acaso siempre estuviste esperándome, igual que yo a ti. Y ahora que nos hemos vuelto a encontrar, parece que el tiempo nunca estuvo contra nosotros o en mitad de ninguna parte, solo era una pátina de aire que dividía el mundo en dos mitades desiguales, dos imágenes reales e inventadas proyectadas en el espejo. Ahora nada está roto cuando miro tus manos que me esperan o cuando me insinúas en pocas palabras un idioma que no es patrimonio de las palabras sino del cuerpo, ese lugar donde todos los sentidos se aúnan en un lenguaje con tantos registros que compartimos y queremos.

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Ahora que te he vuelto a encontrar, dejaré la ventana de par en par para escuchar los pájaros al amanecer, para evitar las tormentas que delatan una soledad inevitable que ya esquivo sin esfuerzo, para sentir que el mundo está allá abajo donde lo encontramos antes de subir acá para amarnos sin demora y sin recato, agotados de una necesidad que no calmaba ningún sueño placentero y ningún otro encuentro donde tú no estuvieras. Ahora estoy aquí, esperando que me llames, que vuelvas, que me digas que fue inútil el tiempo perdido y que vuelves para tirar afuera todo objeto innecesario, para quedarte desnuda delante de mí, poniendo fin a toda espera demorada y a cualquier otro sueño que no dibuje tu cuerpo de hembra enamorada.

Ahí me quiero quedar cuando la noche borre los días largos del estío y el cansancio o la duda improvisen la posibilidad nula de tu ausencia. Ahora tiéndete a mi lado y devuélveme los días que nos son propios, deshazte del corazón confuso que me alejó de ti, y agótame hasta la extenuación cuando la luz del día me devuelva tu mirada y el sueño que necesitaré a tu lado. Después, el tiempo venidero, del que tanto queda, también será nuestro. Afuera, el mundo anda equivocado y confuso, y el viento, apenas una brisa, asevera que el verano se queda de momento.

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sábado, 6 de julio de 2013

Eran otros tiempos

La última vez que la vio, no la reconoció al primer golpe de vista. Fue ella quien advirtió su presencia y su descuido. Le pidió perdón por no haberla reconocido antes. Ella lo disculpó. El tiempo no pasa en balde, ni nosotros tampoco, le dijo. Era cierto. La veía con una belleza distinta, apagado ya el brillo de los ojos y la tersura de la piel, pero seguía conservando ese aire de mujer diferente que a él tanto le gustó. Habían pasado los años de golpe, pesó él. Pero no. Sobre todo, cuando ella marchó, las horas no avanzaban, y el tiempo congelado que compartieron en tan pocas noches, se había quedado metido en algún lugar de la memoria de donde es imposible extraerlo sin dañarlo.

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Ella le dijo que había pensado mucho en él y que, desde que su familia se trasladó de ciudad y dejaron de verse, había pensado en llamarlo en muchas ocasiones, pero que tampoco sabía si era conveniente remover los recuerdos. Así que se afincó en el olvido como pura terapia, desoyendo las palpitaciones del corazón. Se había casado con un empresario de la construcción y habían sido felices hasta que la crisis financiera y económica los dejó sin patrimonio en mitad del camino. Fueron años de lujo y alegría, de inconsciencia también, le dijo ella. Incluso en aquellos días de bienestar se acordó de él alguna vez.

El, sin embargo, había vivido después tal como ella lo había conocido antes. Comprometido con la política, viajero incansable, lector empedernido, Casanova irredento. Tampoco él había logrado olvidarla. Pero ahora que la veía supo que los recuerdos pertenecían a un tiempo clausurado que solo vivían en él. Lo mismo pensó ella, aunque le hubiese gustado quedar alguna tarde, beber juntos como entonces, besarse sin más intenciones que romper tanta cordura innecesaria. Nos veremos algún día, le dijo ella. Claro que nos veremos, acertó a decir él. Todavía repetía las mismas palabras en su cabeza cuando cruzaba la esquina de ninguna parte y el vacío ocupaba ahora el espacio reservado a otro tiempo en la memoria.

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jueves, 4 de julio de 2013

Muchas sensaciones se pierden

Cuando le dijo adiós, todavía tardó en colgar el teléfono de mesa. Miró los papeles emborronados con apuntes inútiles, el vaso de lápices y bolígrafos, el reloj, varios libros. Después escribió un número, tal vez el de un móvil, y una dirección, probablemente la de ella. El papel lo guardó en el bolsillo de la camisa. Amontonó libros de ayer, fotografías, objetos diversos. Los metió en una bolsa de basura. O mejor, en varias bolsas de basura. Bajó al contenedor y tiró las bolsas. Sacó del bolsillo de la camisa el papel con las anotaciones últimas y también se deshizo de él en el interior del contenedor.

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Se acercó al bar más próximo. Allí le conocían. Pidió una cerveza. Raro en él. Y después un whisky. De pie y apoyado en la barra entendió que su vida había estado sembrada de errores fortuitos y equivocaciones buscadas. No se reprochó sus desaciertos. Tampoco a ella. Pero entendió al fin que al destino se lo puede doblegar sin maquinaciones y sin dobleces.

Cuando volvió a la casa, el teléfono sonaba. Era ella de nuevo. Le recordó el número de móvil y la dirección. Eres muy despistado, le dijo, siempre se te olvida o la pierdes. Esta vez no fue así. Volvió a anotar dirección y teléfono. Cogió el papel, lo dobló y lo guardó en el mismo bolsillo de la camisa. Como había hecho antes. Preparó la bolsa de viaje, liviana y exigente al mismo tiempo. Bajó al parking, arrancó el coche y emprendió el viaje que había demorado durante siete años.

Pensaba qué le diría al saludarla, si abrazarla o besarla o sencillamente decirle estoy aquí. Tampoco pensó en su reacción. Si lo recibiría con añoranza o con despecho, si le exigiría explicaciones o calor. Había pasado tanto tiempo. Solo pensaba que quería encontrarla, y verla y decirle el tiempo en vano que había corrido sin sentido en todas direcciones. Bajó el cristal de la ventanilla y sintió el aire fresco y próximo, y la sensación de que lo tenía que haber sentido mucho antes. Pero cuando uno va restando kilómetros, muchas sensaciones se pierden. Y eso le aliviaba, no sabía bien por qué.

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lunes, 1 de julio de 2013

Fernanda Kubbs: “No he llegado a la perfección del cuento dentro del cuento”

Cristina Fernández Cubas, ahora con un falso seudónimo tras el que no esconde su identidad, Fernanda Kubbs, publica la novela La puerta entreabierta, un libro que se adentra en el mismo mundo maravilloso pero visto con otra mirada; un libro, también, en el que ya no busca un equilibrio entre lo cotidiano y lo desconocido, sino en el que abre de par en par esa puerta entreabierta hasta ahora en su obra anterior.

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FOTO: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

La autora, sin embargo, no abandona su línea anterior, sino que crea otra paralela; es decir, Cristina y Fernanda buscarán lectores comunes y otros propios. De hecho, no sabe si su próximo título será novela o serán cuentos. Solo sabe que, por primera vez en su vida, tiene un doble plan y una vida paralela. Eso sí, sin abandonar la literatura.

—Cristina Fernández Cubas ahora es Fernanda Kubbs, un falso seudónimo que no encubre su personalidad. ¿Qué nos aporta Fernanda que no tenía Cristina?

—En realidad, Fernanda y Cristina, y perdón que hable en tercera persona, que me parece horroroso, es el mismo mundo, y por eso decidí llamarme Fernanda Kubbs, para no despistar a mis lectores. Es el mismo mundo pero lo que es distinto es la mirada y el registro.

Es decir, hasta ahora, firmando con mi verdadero nombre, Cristina Fernández Cubas, siempre yo buscaba un equilibrio entre el mundo de la cotidianeidad y lo desconocido, que se filtraba a través de una grieta. Pero ahora es que ya he decidido, por lo menos en esta línea paralela que me he inventado, atravesar esta puerta entreabierta, o sea, abrirla del todo. Por eso he querido llamarme Fernanda Kubbs, que es muy parecido.

—Tomó esta decisión cuando atravesaba un mal momento y “escribir le inducía a la tristeza”. ¿Es terapéutica esta decisión de desdoblarse?

—Pues, bueno, yo no lo hice con idea de terapia, ni mucho menos, pero en el fondo lo ha sido. Es decir, de alguna manera, de repente encontré un tema y una historia que me devolvían las ganas de escribir. Pues entonces, ateniéndonos a los resultados, pues sí, ha resultado terapéutico, pero no era mi idea curarme por la escritura, ni mucho menos.

—Con esta novela se lo ha pasado en grande y además contiene registros muy distintos a sus obras anteriores.

—Digamos que el mundo se parece, pero se da este salto entre lo cotidiano y lo desconocido de alguna manera como sucede en los sueños, que de repente estamos en un lugar en que todo es distinto pero seguimos reaccionando con nuestra lógica. Pues es un poco lo que ocurre aquí. En efecto, tienes toda la razón, me lo he pasado en grande. No sé si se nota. Espero que sí.

—Este mundo de sueños que describe en su novela lo califica como una escritura mucho “más fresca y más adolescente”. Incluso recupera canciones e historias de la niñez.

—Sí. Vamos a ver. Desde ya un estado adulto, no me hago niña, pero sí recupero lo que tenían de maravilloso aquellas leyendas, aquellos juegos de corros, de ruedas, aquellos cantos tan misteriosos, que muchos de ellos parecían como fórmulas mágicas, o sea, aquellas canciones de corro que no querían decir nada pero que rimaban. Pues sí, todo esto, ese extraño mundo desde el estado adulto, intento recuperar o lo he recuperado. Y me lo he pasado bien. Repitámoslo.

—¿No ha temido que en algún momento un lector despistado piense o diga: “¿Qué le ha pasado a esta mujer?”.

—Bueno, pues que se ha reinventado, y que además no abandono mi línea anterior, hago una línea paralela. Los lectores pueden decir lo que quieran. El lector es libre. Esto para empezar. Yo creo que Fernanda Kubbs puede ganarse sus lectores. Y también me gustaría que los míos de toda la vida probasen la aventura de Fernanda Kubbs. Que coincidan o no, el lector ya es libre para pensar.

—El título La puerta entreabierta se remonta a una conferencia sobre literatura fantástica de hace unos años, cuyo contenido se lo ha saltado ahora.

—No. Porque, claro, La puerta entreabierta fue la inauguración de unos cursos de un seminario sobre literatura fantástica que a mí se me encargó inaugurarlo, digamos. Entonces, yo hablaba de lo que consideraba que era literatura fantástica o de incursiones en lo fantástico, y la titulé La puerta entreabierta, pero realmente yo hablaba de lo que había escrito entonces, ese estado fronterizo entre lo cotidiano y lo extraordinario y lo que desconocemos.

Y aquí me he saltado todas las reglas a la torera. Bueno, no eran reglas, pero todo lo que dije a la torera, me sigue pareciendo que es la puerta entreabierta. Y sigo hablando de fronteras, aunque las fronteras aquí tienen un significado más profundo.

—Crucigramista aficionada, a mitad del relato fue inventando una falsa sopa de letras. Las palabras son vitales en su novela.

—Claro. La palabra es, en el fondo, la protagonista de mi novela. La palabra en el justo centro de la novela gracias a la novela, gracias a este enigma contenido en una falsa sopa de letras, son las abracadabra que obran el prodigio, digamos. Hay un cuento que se llama El dueño de las palabras, que también lo explica. Están los anagramas. Mi amor a la palabra y la importancia que le doy a las palabras creo que queda clarísima en este libro, pero no quiero decir más. Tampoco quiero que el lector ya lo sepa todo.

—El juego de palabras y el traspasar a otra realidad paralela nos remite directamente a Lewis Carroll. ¿Es algo buscado?

—Francamente, yo no lo pensaba para nada. Y si hay alguien en el que yo pensaba, que además queda clarísimo porque queda citado ahí, es el flautista de Hamelín, cuando hago un Hamelín en vez de ratas con palabras, pero no.

De todas maneras, siempre lo digo, todos estos cuentos, aunque forman parte de nuestro bagaje cultural, era un poco la idea de recuperar ese mundo, pero yo no pensé de una forma explícita en Carroll ni muchísimo menos. Que esté o no esté, también puedo decir que pude haber pensado en Pulgarcito, por ejemplo, o en Gulliver.

—El libro es también una novela llena de cuentos, en clara referencia a Las mil y una noches y Manuscrito encontrado en Zaragoza.

—Me encantan.

—Pero no lo son exactamente. Estos son como cajas chinas. Su libro es diferente.

—Es diferente. No he llegado a esa perfección del cuento dentro del cuento. Ni tampoco lo he pretendido. Aunque es una historia en la que sí hay un hilo y el hilo de esta historia, los personajes, que son todos muy habladores, pues van contando historias reales y otras que no tienen que ver con lo que ahí se trata.

No son historias que no vengan a cuento. Tienen que ver. Sin ser esta especie de caja china. No lo es. Van contando historias que quizás enriquezcan o interrumpan la trama principal, pero no están dentro. Ni era esa mi intención.

—A la protagonista, Isa, la volveremos a encontrar en otra aventura. Tiene pensado escribir una serie, sabe dónde ocurrirá, pero poco más.

—Tengo la idea de que quiero volver a ella y tengo el escenario de donde creo que va a suceder, pero no solamente ella. Hay algunos personajes de esta novela que me han caído muy bien, y de convivir con ellos les tengo cariño y los quiero rescatar también.

—Su próximo libro, sin embargo, no será novela, sino cuentos. Vuelve Cristina Fernández Cubas.

—Eso es lo que dije, pero no estoy segura. En estos momentos, no estoy nada segura. Será en todo caso una línea paralela. Y además no lo sé. Ya se verá. Pero sí que, por primera vez en mi vida, tengo un plan doble, digamos.

—Le gusta el libro como objeto. Nunca se ha bajado nada en internet y no comparte la filosofía del todo gratis. ¿Fernanda aquí sí opina igual que Cristina?

—Bueno, Fernanda es una recién nacida. No sabemos mucho de Fernanda. Pero yo supongo que sí. En el fondo, las dos son muy parecidas y simplemente se parecen tanto, y me molesta hablar en tercera persona, pero es una línea. Todo es para no despistar al lector y no despistarme a mí misma, que yo cuando me he puesto a escribir La puerta entreabierta, yo sabía que dejaría volar mi imaginación.

Publicado en el diario Córdoba el 15 de junio de 2013

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