
Después de apagar sus fuegos interiores, como quien hace el amor por primera vez, se quedaba mirándolo con una admiración que no disimuló nunca, sin decir palabra y sin pedir nada, como si necesitara tiempo para restituirse a la vida de ahora. Después se acercaba a la cocina y le preparaba un gin tonic como a él le gustaba a esas horas: con mucha ginebra y media rodaja de pomelo.
Venía prácticamente cada...